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Domingo

¿Será la hora de abandonar el PIB?


Edoardo Campanella

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MILÁN – En un año de descontento populista en todo el Occidente y de reducción de las perspectivas para las principales economías emergentes, el futuro podría terminar siendo moldeado en un entorno poco probable: las oficinas de estadística del mundo. En la gente común y en los especialistas, parece haber un sentimiento cada vez más fuerte de insatisfacción, no solo por el ritmo del crecimiento económico, sino por la forma cómo se define y se mide ese crecimiento.

Existen dos razones para esto. En primer lugar, el crecimiento económico del mundo desarrollado ha traído poco o ningún beneficio a la gran mayoría de los ciudadanos en las últimas décadas –tendencia que ha sido particularmente mencionada en el contexto de la crisis financiera mundial de 2008. Como nos recuerda el ganador del Premio Nobel Joseph Stiglitz, “en la recuperación del 2009-2010, el uno por ciento de los que ganan más en los Estados Unidos obtuvo el 93 por ciento del aumento de los ingresos”.

Sin embargo, en segundo lugar, y sin duda más importante, definir el bienestar únicamente en términos de lo que puede ser medido por los mercados pierde gran parte de lo que contribuye –o le resta valor– al bienestar humano. En 1968, Robert Kennedy, en su campaña por la presidencia de los EE. UU., lamentó que este enfoque “midiera todo, excepto lo que hace que la vida valga la pena”. No menciona nada, por ejemplo, sobre la calidad del medio ambiente, la cohesión de las comunidades o la estabilidad de la identidad individual y de grupos –todo lo que influye realmente en el bienestar.

Dichas deficiencias no solo levantan sospechas en los “expertos” quienes piensan que deberíamos ser más felices de lo que somos; también impiden que los propios expertos tomen en cuenta los efectos del bienestar que implica el dinamismo económico y la innovación. Como indica Barry Eichengreen, de la Universidad de California en Berkeley, la reciente desaceleración en los Estados Unidos del crecimiento de la productividad se atribuye al “estancamiento de la tecnología”. Pero esto parece “increíble” dice, debido a los avances tecnológicos en robótica, inteligencia artificial, biotecnología y diseño de materiales que están a nuestro alrededor.

No es sorprendente que tales consideraciones hayan invitado a un mayor escrutinio conceptual del producto interno bruto, que en menos de un siglo ha surgido como el rey del mundo de los indicadores de bienestar. De hecho, el PIB es mucho más que un indicador de crecimiento económico, progreso material y bienestar humano. Determina el estatus de los países y el acceso a clubes exclusivos, desde la OCDE hasta el G8 y el G20, afectando de esa forma el equilibrio del poder mundial. Dirige los flujos de capital internacionales, indica los cambios en los niveles de vida en los países y decide el destino de los líderes políticos.

Por supuesto, ningún indicador de bienestar podrá captar todas las dimensiones de la vida, ni mucho de lo que tiene valor para la gente podrá ser algún día cuantificable. Sin embargo, muchos algunos comentaristas de Project Syndicate (una organización internacional sin ánimo de lucro del sindicato de editores, prensa y asociación de periódicos) tienen un argumento convincente de que el PIB está maduro para ser redefinido, si no reemplazado.

El nacimiento de un indicador

Para Philipp Lepenies, de la Universidad Libre de Berlín, el PIB “es la métrica más poderosa de la historia” y recuerda con positivismo la descripción del Departamento de Comercio de los Estados Unidos como “una de las mayores invenciones del siglo XX”. Hoy en día, es un invento que la mayoría de la gente da por sentado; pero, tal como señala Lepenies, hasta en la Gran Depresión, los ingresos fiscales representaban la única medición estadística completa de la economía. No fue sino hasta en la década de 1930, cuando los EE. UU. y otros países sufrieron el desempleo masivo y una pobreza generalizada, que se hizo evidente la necesidad de construir más indicadores sofisticados de la riqueza nacional. Este imperativo coincidió con la llegada de la teoría keynesiana y su énfasis en la gestión macroeconómica, impulsada por un número creciente de economistas y políticos.

En 1932, el Congreso de los Estados Unidos llamó a Simon Kuznets, futuro ganador del Premio Nobel, para desarrollar una estimación del ingreso nacional. Por definición, los ingresos obtenidos por los trabajadores, gerentes, propietarios y accionistas equivalen al valor de la producción total. Dada la miseria de la época, Kuznets estaba más preocupado por el lado izquierdo de la ecuación: los ingresos, o la cantidad de dinero que la gente tenía en sus bolsillos. Sin embargo, cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, la atención de las autoridades políticas cambió hacia la derecha: la producción o capacidad industrial necesaria para apoyar el esfuerzo militar.

Pero el final de la Segunda Guerra Mundial no trajo ningún cambio de perspectiva. Los políticos estadounidenses seguían preocupándose más por el tamaño del pastel económico que por cómo se distribuía. Mientras tanto, la definición y medición de la economía en términos del PIB comenzó a extenderse por todo el mundo. La ayuda de la posguerra en el marco del plan Marshall estaba condicionada a la estimación de la producción del PIB, y la membresía de las Naciones Unidas conllevaba estándares contables nacionales comunes.

Con el tiempo, el PIB terminó siendo la métrica clave para guiar y manejar el crecimiento económico de los países. Pero, como señala Kevin Noone de la Universidad de Estocolmo, el propio Kuznets reconoció que el PIB era un indicador muy imperfecto que debía utilizarse “solo con algunas calificaciones”. O, como lo afirmaron Zakri Abdul Hamid y Anantha Duraiappah de Naciones Unidas, según Kuznets, “el bienestar de una nación apenas puede interpretarse como una medida del ingreso nacional”.

Los límites del PIB

El escepticismo de Kuznets estaba justificado. Como medida monetaria del valor de mercado de todos los bienes y servicios finales producidos en un año, el PIB “sonaba como un buen indicador de la riqueza”, decía Bjørn Lomborg, director del Centro de Consenso de Copenhague, pero “incluye elementos que no nos hacen más ricos y deja fuera otros elementos que sí nos hacen”. El PIB disminuye si los productos de bajo consumo energético reducen el consumo de electricidad, por ejemplo, pero aumentan con las actividades contaminantes que agotan las existencias de recursos naturales. Y, si invertimos en campañas contra el tabaquismo o la lucha contra el terrorismo, el PIB aumenta, sin crear riqueza.

Para decirlo de otra manera, el PIB se fija en “más”, no en “mejor”. Mide el flujo de bienes producidos, sin lograr cambios en su calidad. Desde una perspectiva contable nacional, un carro con aire acondicionado, un sistema de sonido ultramoderno y un GPS puede ser el mismo que uno sin adornos tecnológicos, independientemente de las diferencias en la experiencia de los usuarios. Stiglitz utiliza un ejemplo de la industria de la salud: “Cómo podemos evaluar con precisión el hecho de que, debido a los avances en la medicina, es más probable que la cirugía de corazón tenga más éxito ahora que en el pasado, lo cual conduce a un aumento significativo en la esperanza de vida y de calidad de vida”.

Además, el PIB desecha todas las actividades que surgen de la economía sin ningún precio. Esto incluye, entre lo más importante, el tema del cual se deriva el término “economía”: mantenimiento del hogar. El famoso Premio Nobel Paul Samuelson bromeaba que el PIB baja cuando un hombre se casa con su empleada. De la misma forma, en la medida en que la participación de la fuerza laboral femenina empuje a los hogares a subcontratar en el mercado las actividades del hogar –por ejemplo, limpieza, cocina y cuidado de los niños y padres ancianos– que previamente eran brindados dentro de la familia, el PIB se recupera de forma ficticia.

Edward Jung, fundador y director de Tecnología de Intellectual Ventures, señala que el surgimiento de la economía digital hace que el problema sea aún más grave. Las cuentas nacionales ignoran la mayoría de servicios valiosos que ofrecen gratuitamente los gigantes tecnológicos como Wikipedia, Facebook, Twitter o Google. Y eso es cierto para las nuevas ideas y nuevos modelos de negocio en general. “La innovación más perturbadora del mañana”, argumenta Jung, “puede no tener ningún efecto sobre [la inversión extranjera directa] ni sobre el PIB actual”.

Pero la innovación no es necesariamente neutra en términos del PIB, y mucho menos, como dice Eichengreen, es “un presagio de mejores tiempos”.

La innovación puede conducir a una disminución del PIB, incluso cuando aumente el bienestar de la sociedad, dice Charles Bean de la Escuela de Economía de Londres (London School of Economics). Reservar un vuelo o un hotel en línea es más barato y más rápido de lo que era hace 20 años cuando los clientes tenían que depender de un agente de viajes. Si todo continúa igual, las estadísticas del PIB reflejarían una caída en el valor creado por la industria de la reservación. Del mismo modo, el precio de un teléfono inteligente es menor a la suma de los precios de sus componentes, tal como el GPS, la cámara o reproductor MP3, que solían venderse por separado. Eso también implica una caída en el PIB. Sin embargo, en ambos casos, los consumidores están mejor.

Bill Gates, el fundador de Microsoft, ofrece otro ejemplo convincente. En la década de 1960, las enciclopedias eran caras, pero tenían un gran valor. Ahora, Internet hace que toda esa información esté disponible de forma gratuita. Se ha reducido realmente el bienestar humano en relación con los años sesenta, como lo sugiere el impacto en el PIB (de nuevo, si todo lo demás permanece igual).

Maquillando las cifras

Las oficinas nacionales de estadística realizan esfuerzos constantemente para actualizar sus metodologías y mantenerse al día con los principales cambios económicos y estructurales, revisando –a veces sustancialmente– sus estimaciones, incluso las de hace muchos años. En algunos casos, añaden nuevas actividades a la canasta de bienes y servicios, como recientemente lo hizo la Unión Europea cuando incluyó drogas, prostitución y otras actividades ilegales o informales en sus cálculos del PIB. O dan mayor peso a industrias prósperas, como la telefonía móvil y la producción cinematográfica en África.

Si bien estos avances técnicos mejoran la precisión de los datos del PIB, dificultan la comparación del valor de la canasta de bienes y servicios a lo largo del tiempo y pueden distorsionar la imagen incluso a corto plazo. Como indica Gates, en el 2010, después de actualizar su metodología de información de datos, Ghana anunció un aumento del 60 por ciento en las estimaciones del PIB. Pero esto “fue solo una anomalía estadística, no un cambio real en el nivel de vida de los ghaneses”. Y también ocurren aberraciones estadísticas de este tipo en el mundo avanzado. En julio de este año, las autoridades irlandesas informaron que el PIB del país había crecido más del 26 por ciento en el 2015 como resultado de los cambios en el domicilio fiscal de algunas multinacionales. Una vez más, nadie se sintió más rico.

La revisión del PIB es más rara en regímenes autoritarios. Pero esto no significa que sus cifras sean confiables. Por el contrario, las cifras infladas del PIB ayudan a preservar el orden nacional e impresionar a los competidores internacionales. Los soviéticos eran maestros en manipular sus estadísticas de crecimiento para mantenerse a la par de los estadounidenses. Hoy en día, tal como dice la economista Heleen Mees, China es conocida por todos (injustificadamente, según ella) por maquillar sus datos. “Los escépticos”, indica, “a menudo citan la discrepancia entre el crecimiento del PIB y la demanda de energía”, así como la famosa proclamación del 2007 de Li Keqiang de que las cifras del PIB de China son “fabricadas por el hombre únicamente”.

Ya sea que se maquillen o no, las cifras de crecimiento de China ejemplifican un problema típico al comparar el PIB entre los países. En el 2014, el Banco Mundial anunció que la economía de China era mayor que la de los Estados Unidos, medida según la paridad del poder adquisitivo. Parecía un hito mundial, con una enorme resonancia geopolítica. Pero, como señaló acertadamente en ese momento el señor Joseph Nye de Harvard, “aun si el PIB global de China sobrepasa el de los EE. UU.” según el tipo de cambio del dólar estadounidense y el renminbi chino, “ambas economías mantendrán estructuras y niveles de sofisticación muy diferentes”. Además, “el ingreso per cápita de China –una medida más precisa de la sofisticación económica– asciende a solo el 20 por ciento de los EE. UU., y tardará décadas, por lo menos, en ponerse al día (si es que lo hace).

Desarrollo descontento

A pesar de sus limitaciones conceptuales y técnicas, el PIB ha inspirado y sostenido una especie de fetichismo en las décadas transcurridas desde el final de la Segunda Guerra Mundial. La maximización de la producción medida a través de la innovación, la liberalización del comercio y la desregulación se convirtieron en un fin por sí mismos. Pero la creencia de que una creciente ola del PIB aumentaría el bienestar individual y la felicidad era un delirio. El expresidente de Harvard, Derek Bok, hace la cruda observación de que “la gente esencialmente no es más feliz hoy de lo que era hace 50 años, a pesar de duplicar o cuadruplicar el ingreso promedio per cápita”.

Esto no debería de sorprendernos. El PIB es un “agregador” (lector) de ingresos, no una medida de la distribución del ingreso. En consecuencia, dos países que son igualmente ricos en términos totales pueden diferir mucho en términos de bienestar individual y felicidad. Y, donde el avance tecnológico y la globalización han impulsado el tamaño de la economía, la elite ha sido recompensada de manera desproporcionada, en tanto que muchos han permanecido peor. Kemal Dervis, vicepresidente del Instituto Brookings, indica que en los Estados Unidos la participación de los ingresos del uno por ciento más alto se ha más que duplicado desde finales de la década de los setenta. Estas tendencias son similares en todo el Occidente.

Además, el PIB no solo confunde los costos y beneficios totales e individuales; sino también omite factores –como las relaciones, el altruismo, el compromiso cívico y la salud mental– que contribuyen con la satisfacción de la vida, pero que no tienen nada que ver con la generación de ingresos. Gus O’Donnell, presidente de Frontier Economics y ex jefe del servicio civil británico, indica que la desconexión entre el PIB y el bienestar puede aumentar en la medida en que los países se hacen más ricos y la gente se preocupa menos por acumular bienes materiales y más por su tiempo libre, desarrollo personal y enriquecimiento intelectual.

Más allá del PIB

Los desafíos de la hegemonía del PIB no son nuevos. En 1980, la ONU dio a conocer su Índice de Desarrollo Humano, y en 1995 el tanque de pensamiento Redefiniendo el Progreso creó el Indicador de Progreso Genuino. Ahora, la innovación negativa, la profundización de la desigualdad material y el cambio climático ponen aún más presión sobre los políticos para que replanteen la forma en que se mide el bienestar humano. En el 2008, el entonces presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, convocó a la Comisión de Medición del Desempeño Económico y Progreso Social. La CMDE adoptó un panel de indicadores para su Índice de una Vida Mejor y en el 2011, la ONU adoptó la resolución “Felicidad: hacia un enfoque holístico de desarrollo”.

La inspiración de este esquema vino del Reino del Himalaya de Bhután, que durante más de 40 años ha maximizado la Felicidad Nacional Bruta (FNB) más que el PIB. Como explica Jeffrey Sachs de la Universidad de Columbia, el FBN gira alrededor de cuatro pilares: desarrollo sostenible, preservación y promoción de valores culturales, conservación del medio ambiente natural y buen gobierno. El FBN está logrando el apoyo en todo el mundo, y los Emiratos Árabes Unidos incluso nombraron un ministro de la Felicidad, Ohood Al Roumi. “La pregunta que hacemos”, dice, “no es si estamos brindando servicios adecuados y políticas económicas sólidas a nuestra gente, sino si los estamos haciendo felices”, los cual significa “un estado más allá de la satisfacción, una felicidad floreciente y jubilosa”.

Sin embargo hay peligros con estas métricas alternativas. El PIB, por defectuoso que sea, logra una dimensión objetiva del crecimiento, mientras que las medidas alternativas están sesgadas hacia rasgos más subjetivos del desarrollo. Peter Singer de Princeton dice que es difícil encontrar una definición ampliamente aceptada de la felicidad. No todos somos felices de la misma manera. Algunas personas podrán poner más énfasis en la vida material, y otras en factores espirituales, lo que dificulta las comparaciones entre países. Por otro lado, los dictadores podrían manipular fácilmente los indicadores relacionados con la felicidad, cuando no logren impulsar sus economías.

En lugar de rechazar el PIB, sería más sabio redefinirlo y combinar la información que ya tiene con otros indicadores socioeconómicos, incluyendo el FBN. Las estadísticas deberían enfocarse en asignarle un valor monetario al agotamiento del medio ambiente y los servicios digitales gratuitos, recopilando mejores datos del ingreso disponible de los hogares, dando más peso a los cambios de calidad y construyendo las llamadas cuentas satelitales para medir actividades no mercantiles. Y, como Tara M. Sinclair de la Universidad George Washington ha enfatizado, los gobiernos deben confiar más en los “Grandes Datos” para seguir el desempeño de la economía en tiempo real y limitar las revisiones.

Al igual que muchos grandes inventos, el PIB se ha utilizado de la forma que sus creadores nunca pensaron y podrían no aprobar. Ahora es el momento de reconocer las limitaciones del PIB, así como sus fortalezas. Según Klaus Schwab y Richard Samans, del Foro Económico Mundial, los países deberían enfocarse en “mejoras generales de los niveles de vida, en lugar de simplemente continuar usando el crecimiento del PIB como la medida fundamental del desempeño económico nacional”.

Eso parecería ser el enfoque correcto. El PIB no puede medir mucho de lo que la mayoría de la gente consideraría crucial para una “buena” vida –por ejemplo, dignidad, sentido de seguridad holística o “felicidad ambiental”. Pero es difícil imaginar que cualquiera de esas cualidades podrían maximizarse sin los conocimientos económicos y las herramientas políticas que el PIB ha hecho posible.

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