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Domingo

Reflexiones sobre la Independencia de Guatemala


Jorge Mario Rodríguez Martínez

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La celebración del 15 de septiembre suele despertar en la ciudadanía reflexiva un sentimiento complejo en el que confluye la inconformidad con respecto a la manera en que se construyeron los cimientos del país y el amor patrio que se quiere convertir en compromiso. Esta contradicción se agudiza cuando se tiene la certeza de que los cambios requeridos siempre son interrumpidos por grupos que, incapaces de pensar en el bien común, siempre terminan por imponer sus intereses.

La respuesta debe empezar por reconocer que nuestro proceso independentista se configura como una maniobra de elites motivada por el más duro oportunismo político. No se intentó remover los cimientos del orden colonial, sino acomodarlos a los tiempos que venían. Ralph Lee Woodward Jr. hace ver, por ejemplo, cómo la mano férrea del Capitán General Bustamante y Guerra mantuvo aislada a la región centroamericana de la turbulenta década independentista en México. La emancipación guatemalteca fue casi inevitable luego de que el país del norte se liberara del yugo español. La anexión al México monárquico se acomodaba a las perspectivas de las elites criollas guatemaltecas.

Ahora bien, el oportunismo político no puede equipararse con las preguntas cruciales a las que se vieron sometidas otras sociedades de la región. No se trata de lamentar la carencia de violencia independentista en un país que ha aceptado la más ignominiosa violencia contra sus miembros más vulnerables. Sin embargo, se puede reparar en el hecho que la falta de una amplia participación social impidió la generación de referentes políticos de largo plazo. Esta falla de origen no puede desvincularse del destino de una nación excluyente.

De este modo, la falta de proyectos históricos no es casual. Karl Mannheim hizo ver la incapacidad del pensamiento reaccionario cuando se trata de proyectar un conjunto positivo de ideas; estos sectores solo “reaccionan” ante el peligro que supone la pérdida de sus privilegios. El reaccionario configura su estructura ideológica con los lineamientos, así sean irracionales, de la realidad de la que ellos se han beneficiado con el paso del tiempo. La inercia de las instituciones ilegítimas se presta para esa tarea.

En esta dirección, la pregunta por el continuo fracaso de nuestros movimientos emancipadores se relaciona con la forma en que las imposiciones conservadoras distorsionan el sentido histórico del conjunto de la sociedad. Una buena explicación de este fenómeno se da cuando el filósofo español Manuel Cruz invita a ver la historia como una “temporalidad intersubjetiva en la que todos estamos inmersos”. La pregunta es obvia: ¿cómo se puede generar una intersubjetividad histórica cuando se le ha negado la categoría de sujeto a importantes sectores de nuestra población, especialmente los pueblos originarios? La visión disminuida del indígena en la época colonial fue seguida por el violento despojo del que fue objeto durante la época liberal. ¿En dónde, pues, está la historia compartida –la temporalidad intersubjetiva– en un país que ha visto a los miembros de los pueblos mayas como seres de segundo orden, despojados de sus tierras, sometidos a prácticas genocidas y múltiples vejaciones de todo orden?

Somos seres históricos y, como tales, tendemos a comprender el futuro con base en el pasado. La historia es construida y nos configura como seres conscientes de sus derechos o como seres incapaces de concebir el bien común. ¿Cómo podemos los ciudadanos, en la actual coyuntura, construir un presente inclusivo cuando hemos vivido una historia en la que los procesos emancipadores son torpedeados por sectores sin visión a largo plazo? En este contexto, concebir un futuro viable para nuestro país demanda una actitud crítica ante una historia mutilada que dificulta identificar los caminos de una sociedad orientada al bien común.

Desafortunadamente, la situación se complica por las dinámicas perversas de la globalización. Nada afecta más la posibilidad de cambio que la apoliticidad de la ciudadanía aislada en sí misma, desconfiada, asqueada de la política, escandalizada de una corrupción estructural que, por su naturaleza, crece en las interacciones sociales en las que participamos todos.

En estos momentos, la ciudadanía debe comprender que la misión es recuperar el Estado para promover el bien común. Esta tarea debe ser motivada por la conciencia de nuestros males y no por la adicción al escándalo. La conciencia ciudadana debe respirar a través de cada instancia organizada de cambio político: pactos entre las corrientes profundas de nuestra sociedad, agendas comunes de los sectores vulnerables, propuestas partidarias que transmitan demandas ciudadanas. Vivir bien está al alcance de un pueblo capaz de generar proyectos verdaderamente incluyentes.

Parece evidente que, si el Gobierno no cambia sus lineamentos de acción, se avecina una nueva crisis de gobernabilidad. Fieles a la historia, los sectores más conservadores volverán a canalizar el descontento ciudadano a través de estructuras políticas inservibles. De no mediar una constructiva presión ciudadana, mejor si impulsada por la apropiación democrática de las instituciones, el impulso colectivo por mejorar las condiciones de vida se disiparón ante las maniobras legalistas de los sectores ultraconservadores. Entonces, en unos pocos años, seguiremos preguntándonos por qué una sociedad de dos siglos aún no puede alcanzar un nivel digno de autonomía.

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