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Domingo

Ese minuto de vida


Alejandro Maldonado Aguirre

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La metafísica de la persona humana indaga sobre las causas del ser y de su devenir. Esta interminable exploración pertenece a todas las ciencias que sea posible inventar para saber de tales principios. Bien lo dijo el filósofo con las mismas palabras que lo pudo pronunciar un poeta: nada de lo humano me es ajeno. De ahí que la ciencia jurídica tiene como meta su propio punto de partida: el hombre (mencionado obviamente en el sentido natural de entender en el sustantivo ambos géneros) desde antes de nacer y aún después de morir.

¿Cuándo surgió en el planeta Tierra la vida humana? Pregunta bien sea erudita o  acaso pueril, pues, a fin de cuentas, aunque sea importante, e inclusive crucial  para la Antropología Política, tampoco importa mucho saber los miles de miles de años que el hombre ha transitado compartiendo su esquema biológico con su estructura sensorial. El primero, como condición de sus necesidades vitales e instintivas (nutrición, abrigo y procreación) y la segunda, como formadora  de sus percepciones de su propio ser. Lo cierto es que toda ciencia y toda reflexión –y ello incluye la meditación del jurista– tiene como eje central al individuo humano.

Cuestión a resolver:  ¿Cómo de un ser biológico, que tiene una individualidad dentro de un complejo infinito de posibilidades que le proporcionan, por una parte, su genio y, por la otra, su entorno, puede surgir un conjunto de reglas de conducta que tienden a reducir su naturaleza a espacios artificiales? Asunto complejo porque, según se anota: “De hecho, aunque cada ser vivo está formado por las mismas partículas y los mismos elementos, desde que se instaló la reproducción sexual no hay dos seres vivos iguales en el universo ni los ha habido a través de toda la historia.”(Ruy Pérez Tamayo, Plural 269, México) El milagroso metabolismo de un ser humano no ha sido abarcado ni agotado por las ciencias y mucho menos la magnitud de sus alcances espirituales. De ahí que cualquier escuela ideológica siempre ha de chocar con la imposibilidad de encontrar esa convergencia puntual del ser y el todo, título inverso al inventado por Sartre.

¿Quién es ese sujeto que, por ahora, tiene la pretensión de dominio de todo su entorno, sin imponerse límites de ninguna naturaleza, pues regula los fondos marinos y el subsuelo terrestre como también la atmósfera y, si puede, la estratosfera, y se arroga experimentos acerca del genoma que le permitan ampliar sus años de vivir? Además explora el universo y se propone conquistar otros mundos, quizás presintiendo que el suyo puede ser devastado por su incontrolable expansión y su desmedido consumo. Esta  aptitud es portentosa, si debe compararse su volumen individual frente a su galaxia, pues en términos relativos es muchísimo menos que el de un mosquito. Se diferencia del insecto porque no lo guía su instinto sino su inteligencia.

Esta reflexión entiende cuán frágiles somos como criaturas de un universo infinito y de un tiempo inextinguible. Vivimos cual partículas transitorias en la inmensidad y solamente duramos el instante que debe durar. Pero somos eternos, porque, encima del determinismo del tiempo y del espacio, tenemos conciencia de un alma imperecedera que se proyecta misteriosamente en lo que fuimos, hicimos, pensamos y creímos. En esa memoria estará siempre la singularidad de la especie humana.

Si bien para explicarse rudimentariamente la esencia de su ser lo precedió la magia y luego la invocación a una divinidad, como respuestas espontáneas al enigma de su existencia y de su procreación; para responder a su devenir, en especial a su impulso asociativo, hubo necesidad de inventarse la normatividad, ya sea la impuesta originariamente por el fenómeno de la fuerza y luego la evolucionada por el milagro de la inteligencia. Lo cierto es que, sin saberlo y, tal vez, tampoco intuirlo, el hombre de las cavernas, sentado en una piedra, tuvo que ponerse a pensar.

La criatura humana, en tanto individuo, es el eje central del cual ha surgido la elipsis de sus circunstancias, desde las más simples y elementales de su cuna y su inanidad hasta aquellas tan complejas y universales de su entorno. La partícula humana es la  única que, en su microbiana dimensión y en su instantáneo ciclo vital, tiene vocación de trascendencia histórica. Es biología integrada en biografía. Si el individuo acabara con su último suspiro, la humanidad no tendría sentido. El ser renace en la unidad social que el pensamiento (en sus incalculables formas) se hará cargo de perpetuar.

De ahí que el individuo es el referente directo de la vida y, si desde hace miles de años, fue entendido que solo puede manejarse en entornos de sus semejantes, tal asociación se explica por el simple utilitarismo de existir y de preservarse. De manera que para todo el complejo de la meditación el objetivo inacabable se llama persona individual, y sus instrumentos de acción son aquellas ciencias que tienden a su calidad o su valor.

Por ejemplo, para citar un avance en ese proceso de cualificación humana y su anhelo de prolongación de una existencia con el menor sufrimiento posible, ahí está la bioética apurando espacios que en ciertas épocas se estimaron vedados por querer corregir designios ajenos a la reflexión común. Miguel de Servet y Nicolás Copérnico pagaron caro esa osadía. Ahora no. El mundo admite, aprovecha y estimula cualquier hazaña intelectual que se atreva, a pesar de la finitud del hombre, a proyectar la grandeza de las ideas hacia una civilización universal. No es cuestión de hacerlas de profeta, aunque, por ahora, no se advierte que la humanidad olvide fácilmente los paralelos de su existencia: el odio y el amor.

Quién sabe cuándo el rústico y salvaje primer hombre se haya preguntado a sí mismo lo que él era y lo que podían ser los demás. Es indudable que desde tales tiempos de ese anthropos, posiblemente todavía sin lenguaje, habrá pensado sobre su naturaleza, sin imaginar que miles de años después ni la ciencia ni la filosofía han podido acertar sobre esa cuestión. Ni es probable que lo puedan lograr nunca, pues, como lo dijo José Mata Gavidia: “no es objeto apropiado para una definición (…) se va haciendo a través de su vida”. Es decir, no es producto final aunque sí lo sea finalista. Es por esa realidad inconmensurable que la filosofía y las ciencias acompañan al ser humano social en el desempeño de su existencia, aunque siempre con retrasos milenarios. La guerra, por ejemplo, es un fenómeno que no ha podido resolver.

Alexis Carrel, Premio Nobel de Medicina, en su libro La incógnita del hombre, advertía que la inteligencia del hombre no había sido suficiente para que comprendiera la vida. Este ser, que nace de una simple célula, y  que ha sido capaz de domeñar fuerzas gigantescas, se envuelve en una paradoja, como lo afirma el biólogo citado: lo ha creado todo y sigue siendo un extraño para sí mismo. Ese ser que Hamlet (Shakespeare, desde luego) lo tiene como una obra maestra, semejante a un dios, no ha podido encontrar la ruta segura de su salvación material, a pesar de los instrumentos geniales que ha inventado para lograrla.

Comentaba Miguel de Unamuno que no puede reconstruirse el universo con definiciones. La persona humana no debe ser objeto encerrado en el marco de las palabras que no alcanzan para dimensionarla, porque ella misma es generadora de los vocablos que son ilimitados y que tienden a cambiar. Definirla es tanto como dibujar primero el punto y luego trazar el círculo equilátero pretendiendo acertar. El humano no está hecho; se hace en el curso de la vida. Por ello el Derecho que brega con la persona, y solamente con la persona, tampoco puede pretender más que contar con una definición siempre provisional. Así resulta esencial saber que el humano no se agota en su ser somático, pues, como anota Julián Marías, pertenece al mundo y convive, doble expresión de vida de la que es consciente.

Entrar al mundo con el optimismo siempre joven de encontrar ahí los cauces de la felicidad, como la que suscita siempre el nacimiento de un chiquillo, a quien auguran las mayores gratificaciones morales y materiales. A una humanidad a la que con ironía Balzac llamaba comedia, en la realidad hay que asomarse con las cautelas de encontrar las pesadillas del dintel bajo el cual Dante fue guía: “Vosotros, los que entráis, dejad aquí toda esperanza.”. Hay que vivirla con la ilusión en la verdad y el coraje para tratar de hallarla. Así lo dice Victoriano García Martí: “La vida, que es pura apariencia, tiene esta enorme fuerza: un minuto de vida y una eternidad de muerte, y, sin embargo, ¡qué bríos pretende tener ese minuto de vida!

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