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Domingo

Sobrevivientes. Otra historia de los estudiantes del 89*


Manolo E. Vela Castañeda

manolo.vela@ibero.mx

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Aquella tarde de sábado Jorge Antonio alcanzó a agarrar lo que le cupo en la funda de una almohada. A falta de maleta nada mejor que la funda de la almohada. Afuera de su casa, en uno de los barrios populares de la zona 7 de la ciudad de Guatemala, lo esperaba, encendido, el Datsun 120Y negro que le iba a llevar a la frontera con México. Adentro estaban sus amigos; que ya habían pasado a hacer lo mismo a las casas de cada uno de ellos. Al llegar a la frontera se despidieron del conductor, un amigo que creía que el viaje no se terminaba allí sino en el puerto, en un fin de semana de juerga y diversión. Cruzaron la frontera en grupos de dos, diciéndoles a los guardias de migración que allí nada más iban, a Tapachula, a cualquier cosa, a comprar unas medicinas; lo único importante en ese momento era salir, escapar. Las pertenencias que cupieron en la  funda de la almohada, y Q100: eso era todo; pero tenían la vida, y eso –en aquel momento– ya era mucho. Cuando de Guatemala se salía en esas circunstancias, nadie sabía si iba a volver a ver el verde de las montañas de su país.

Días antes –del 21 al 23 de agosto, y luego, los días 8, 9 y 10 de septiembre– de nuevo, los escuadrones de la muerte habían salido a hacer su trabajo a las calles de la Ciudad de Guatemala: cazar gente, secuestrarla, interrogarla, torturarla, recopilar información, para continuar, cazando, matando y desapareciendo. En el contexto de la guerra urbana, los escuadrones de la muerte fueron una especie de bajo mundo, perfectamente engarzado a las cadenas de mando de la estructura del Ejército de Guatemala. Esta vez, las víctimas fueron 11 estudiantes de la Universidad de San Carlos: Iván Ernesto GONZÁLEZ FUENTES (secuestrado el 21 de agosto), Carlos Ernesto CONTRERAS  CONDE (el 22 de agosto), Hugo Leonel GRAMAJO (el 22 de agosto), Silvia María AZURDIA UTRERA (el 23 de agosto), Víctor Hugo RODRÍGUEZ JARAMILLO (el 23 de agosto), Aaron Ubaldo OCHOA (el 23 de agosto) y Mario Arturo DE LEÓN (el 23 de agosto), y Carlos Leonel CHUTÁ CAMEY (el 8 de septiembre), y Carlos Humberto CABRERA RIVERA (el 9 de septiembre), Eduardo Antonio LÓPEZ PALENCIA (el 10 se septiembre); y Marco Tulio MONTENEGRO (cuyo cadáver apareció el 18 de diciembre de 1989).

Durante más de una década, desde el asesinato de Oliverio Castañeda de León (en octubre de 1978), el Ejército de Guatemala se encargó de diezmar –a cada tanto– a las organizaciones de los estudiantes universitarios. Esa era la política –de terror– del régimen, con o sin las elecciones de 1985. El alto mando del Ejército siempre lo tuvo muy claro: los estudiantes eran seres peligrosos, molestos, porque pensaban, discutían, se organizaban, decían cosas, protestaban.

Pero con el tiempo, los que se fueron iban a regresar. En la Guatemala de 1990 esa decisión, imagino, era una verdadera locura. Los secuestros y los asesinatos de 1989 estaban todavía muy recientes, el fin de la guerra se miraba lejano y los mecanismos de protección de derechos humanos –que después iban a instalarse en el país– tardarían en llegar. Son esos extraños momentos en lo que nada explica la disposición de unos de seguir, de volver, de decir: aquí estamos.

La diferencia, ahora, es que entraban al país clandestinos, como parte de una de las organizaciones insurgentes. Esto quiere decir que debían de tomar ciertas medidas de seguridad para cuidar su vida y la de quienes trabajaban con ellos. Ello implicaba evitar ciertos lugares: el centro de la Ciudad, la Universidad, sus alrededores y las rutas por donde pasaban las camionetas que iban a la universidad; las relaciones familiares desaparecían; y debían hacer chequeos (verificar si a uno lo están siguiendo pues) a la hora de salir y entrar a sus casas, y de acercarse y de retirarse de un punto de contacto, donde tendrían una reunión. Los “responsables”, como eran llamados, “atendían” unidades académicas; esto es: tenían reuniones donde planificaban el trabajo organizativo.

Para dar inicio a este proceso los cuadros clandestinos se aparecían por las casas de los miembros de las organizaciones estudiantiles (los de antes de los eventos de 1989), y les hacían el planteamiento de regresar. En el caso de la Facultad de Medicina, se pasó de reclutar a una estudiante y ella les llevó a la fiesta que, año con año, celebraba la Asociación de Estudiantes en el Colegio de Ingenieros, en la zona 8 de la Ciudad de Guatemala. De saco y corbata, en el atrio de la Iglesia del Guarda Viejo, los cuadros clandestinos atalayaron a un par de dirigentes del grupo estudiantil, para, allí mismo, hacerles el planteamiento, organizarlos.

Así fue como empezó, estos fueron los primeros pasos, del paciente trabajo por entretejer –de nuevo– la red organizativa que iba a dar forma, a vertebrar, al movimiento estudiantil de los años noventa. Se trataba de construir organización, reclutar nuevos militantes, hacer células, sumar estudiantes, formar grupos, y en definitiva participar –en elecciones– por las asociaciones. Como siempre ocurría, la gente volvía a sumarse, a decir, aquí estamos. Qué problema debió haber significado esto para los estrategas militares que miraban como, de lo que quedaba, las organizaciones estudiantiles –una y otra vez– volvían a hacerse.

Claro, hubo otros que después de los secuestros se quedaron y coadyuvaron a mantener la vida organizativa; y otros más, que ya no quisieron saber nada del movimiento; y otros, que decidieron alzarse, hacerse guerrilla; pero esas son otras historias, que también están a la espera de ser contadas.

Este es un homenaje, muy pequeño, a Ustedes, que cuando unos dijeron nos vamos, Ustedes dijeron no, nosotros volvemos, para continuar lo que dejaron inconcluso los que desaparecieron, los que mataron, nuestros compañeros, nuestros amigos. Gracias a Ustedes, muchá, por su valentía, por su terquedad, por su empeño en hacer organización en aquellas difíciles circunstancias de 1990. Por desafiar a la muerte y –esta vez, por fin– vencerla.

***

En Los muertos se llevan en la sonrisa, un artículo en dos partes, que publiqué en septiembre de 2014 en este medio, abordaba este mismo tema pero desde la perspectiva de los victimarios. Los artículos pueden consultarlos aquí: http://bit.ly/2ckX6Ey; http://bit.ly/2bHVdlp

 

* El nombre Jorge Antonio es, en realidad, un pseudónimo.

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