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Domingo

Cambio de colores


Edelberto Torres-Rivas

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En Guatemala se están experimentando algunas novedades: un período histórico que parece una transición de régimen. Veamos los síntomas. El Estado no es suficientemente representativo de fuerzas sociales nuevas, en el sentido de intereses de fracciones burguesas que pugnan por tener vida política. No hay partido de gobierno y casi no hay ni partido ni gobierno: el FCN-Nación casi triplicó el número de diputados en el Congreso, pero con ello no ganó estructura ni fuerza como partido dirigente. No tiene programa político ni es el partido del Presidente, que tampoco tiene algún conocido proyecto programático para dirigir el país. Los resultados electorales alteraron el escenario político: el FCN-Nación y Jimmy ganaron por no tener color político, que en el tradicional despegue del año se traduce como el gris conservador, de una derecha que no entiende qué país está manejando. Las elecciones rompieron a los dos partidos de derecha (PP y Lider), multicolores, que hubiesen ganado y le restó votos a un tercer eventual triunfador, la UNE, descolorido. Con esta visión de desconcierto las que ganan más son las fuerzas ya organizadas o en el poder; ellas no pugnan por cambiar sino por mantener el statu quo. Por eso no vimos en el vacío que se produjo que surgieran fuerzas burguesas nuevas, que están allí.

El pueblo está una vez más a la espera. Sin precisar por qué, el nuevo régimen y el Presidente despertaron una confianza relativa inicial, el Gobierno era legal con una legitimidad de origen. Esa legitimidad es alta cuando el (o los) partidos de gobierno tienen un fuerte respaldo ciudadano o son el resultado de una fuerte alianza entre partidos igualmente organizados. Pero el prestigio político tarda poco en Guatemala, especialmente la legitimidad inicial. Pero los males del Gobierno no tuvieron necesidad de adelantarse despertando de nuevo la desconfianza y la inseguridad. La inseguridad subjetiva produce la sensación de estar cerca del peligro, cualquiera que ello sea. También las amenazas de las autoridades; sobre todo los ataques contra los dirigentes u organizaciones de los derechos humanos que amenazan con repetir los años ochenta.

Pero el clima que se vive es suelto y para más de la mitad de los ciudadanos desconocidamente libres. Lo interesante es que junto a este ambiente que busca repetir lo autoritario, hay fuerzas políticas que creen en las posibilidades democráticas. A lo sucedido en abril-agosto de 2015, le llamaron “revolución” de colores los que así quieren verla o imaginarla. El 2016 es un año distinto, se mantiene el entusiasmo que dejaron los movimientos sociales, la confianza en una masa de ciudadanos que no votó por la derecha, la fuerza cívica y política de la juventud. Hay movimiento y acción desde la izquierda, hay debate ideológico y esperanza en el futuro. Varias encuestas revelan menos desesperanza que antes. Decenas de grupos juveniles de militancia y debate animan el ambiente. Este momento es una soberana oportunidad para las fuerzas de izquierda, es mejor decir, de las izquierdas, para reunirse, re/organizarse y si fuera posible, unificarse. Hemos estado esperando una coyuntura como esta, marcada por algunas novedades: hay mucha gente joven y nueva, mucha voluntad de ganar el gobierno, y la capacidad de definición política, como un acto de valor.

Durante años, la izquierda luchó más por los principios que por el triunfo electoral. Como estoy llegando al final del camino puedo asegurar que nunca supe qué principios se oponen a la lucha por la democracia burguesa. No hay otra. Dicen que cambié de color. Fui comunista en mi juventud, sin embargo, experimenté durante medio siglo una atroz represión; dicen que ahora soy rosado. No sé qué color tengo, pero como comprenderán nunca me importó. Hoy día continúo peleando por la democracia. Estamos sembrando la semilla del Estado democrático. Hago un doble llamado, unirnos por la democracia y no tomar nunca vino rosé.

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