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Domingo

¿Una revolución, en Guatemala?


Edelberto Torres-Rivas

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Formulando una generalización con base universal, en la columna anterior se dijo que había terminado la época de las revoluciones que conducen a la sociedad socialista (comunista). O, en otras palabras, que estamos en un momento en el que se redefinen las luchas anticapitalistas, que en el final del siglo XX perdieron su destino histórico. ¿Por qué razones? Por varios motivos, siendo el más trascendental la descomposición del llamado campo socialista y/o del “socialismo realmente existente”, hacia la altura de 1980-941. La idea del “socialismo como fase superior del capitalismo” ya no tiene poder explicativo y, a partir de la actual configuración económico-social de los conglomerados, tampoco predictivo.

Las revoluciones han estado inextricablemente ligadas al devenir del capitalismo. En las llamadas revoluciones burguesas, que ocurrieron en la Europa sajona y protestante, la victoria de las clases emergentes, dueñas del capital fabril, implicó la expropiación de las capas terratenientes del campo. En estas revoluciones se formaban clases y conflictos sociales, de los cuales el más importante era el que se establecía entre el campo y las fuerzas modernizantes ubicadas en la ciudad. O, de manera más extensa, el conflicto entre la oligarquía agraria o la nobleza, frente a la riqueza urbana, la de los industriales y comerciantes.

En el siglo XX, se habló de la revolución proletaria, de las luchas sociales de clases (militares, políticas, económicas), que se proponían superar al capitalismo, cambiar la estructura económica conjuntamente con la superestructura política y alterar la hegemonía de la clase dominante. La profundidad de las luchas anticapitalistas condujo a diversos niveles de cambio socialista. Empero, toda revolución, por su carácter radical, emplea recursos incontrolables de violencia, con un costo humano insoportable y de incalculables pérdidas físicas y culturales. Guatemala ha necesitado perder varios intentos revolucionarios para comprobar la inutilidad de la violencia como medio de cambio.

Para la comprensión de las proposiciones anteriores es necesario dilucidar lo que se entiende por revolución. Se dice que revolución es el acto de derrocar a las autoridades políticas vigentes, casi siempre mediante el recurso de la violencia y la guerra civil, a fin de efectuar cambios profundos e irreversibles. Nuestra propuesta es que las luchas por el progreso social no necesitan necesariamente una revolución en su sentido clásico.

La meta de las fuerzas políticas de izquierda en Guatemala, por de pronto, debe ser construir un Estado democrático. Una revolución en los términos anteriores es un exceso. En su experiencia reciente lo prueba crudamente el terror estatal vivido entre 1982-1992. La disposición de ánimo general, en las fuerzas populares, partidarias del Estado democrático, es de que esas revoluciones no son necesarias ni deseables por sus réditos de muerte y enorme tristeza2.

Se hace referencia al concepto mencionado de revolución, término del cual se abusa, pues es un calificativo sancionado emocionalmente. Por supuesto que hace falta cambiar el Estado, radicalmente. Por ello y, a fortiori, somos
re f o r m i s t a s. Reformistas radicales. No entremos en el recreo de los disfraces, en el uso vicioso de la palabra. Empecemos por definir bien las cosas: no podemos ser revolucionarios porque no queremos destruir el Estado, queremos limpiarlo y transformarlo. También corregirlo; hacerlo un Estado plural, equitativo en pro del bien común. Por lo tanto, somos reformistas radicales, de izquierda. Si logramos erigir un Estado democrático habremos hecho –y no solamente dicho– una revolución.

San Pedro Las Huertas

 


 

1 .-Una extensa visión del fin del “socialismo real” en E. Hobsbawm “Historia del Siglo XX”, Crítica, Barcelona, 1997, pp. 473ss.

2.- En referencia al vocablo Q‘eqchi‘ que llama al período del enfrentamiento armado, período de “Gran Tristeza”.

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