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Domingo

La “necesaria” guerra mundial


César A. García E.

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La semana pasada abordé un tema espinoso y debo reconocer que –puede ser– algo confuso para muchos… así me lo comentó un amigo muy querido, de modo que amerita –creo– discurrir un poco más. También recibí algunos cuestionamientos sobre la posibilidad que plantee de que Donald Trump, fuese el presidente que “EE. UU. necesitaría”. Algunos adversaron esto diciéndome “él no va a quedar”, lo cual yo nunca sugerí, sino lo que indiqué es que –como están las cosas– la gran nación del norte, requiere un personaje megalómano, para liderar una –previsiblemente– inevitable guerra mundial, idea que a ningún ser sensato, sobre la tierra debiera llamarle la atención… pero tristemente la cordura y la decencia, en cuanto a toma de decisiones planetarias, han estado casi invariablemente ausentes y –en efecto– no son las personas más juiciosas y pulcras, las que dirigen los derroteros de este depredado planeta, donde los chapines, no solamente no contamos, sino demostramos total insensibilidad con la miseria y una afición crónica a la depredación, todo ello fruto de la ignorancia de nuestro pueblo que a pocos les importa y que da a luz, a otros males, todos relacionados con la descomposición social, manifestada en: crimen, prostitución, juego ilegal, lavado de activos, corrupción y cinismo de quienes –invariablemente– ejercen función pública y sus “socios”… con muy contadas excepciones.

El mundo afrontará pronto una guerra y a riesgo de sonar fatalista o loco, considero mi deber trasladar mis impresiones, por ser la tranquilidad de conciencia, el único lucro que recibo por escribir estas líneas, con lo cual me doy por bien pagado, porque considero que la libertad de expresión, empieza por la libertad económica y si no me cree, observe a todos los presos de la corrupción, que han facilitado –desde los medios de comunicación– el saqueo del erario público, complaciendo –vergonzosamente– a los empoderados de todos los tiempos, algunos –poquísimos– hoy en aprietos, porque los involucrados son, obviamente, muchos.

Las razones –sin razón– de las guerras he dicho antes, serán invariablemente las mismas que llevaron a mayúsculos conflictos contemporáneos: 1- La codicia, 2- La inmoralidad y 3- La displicencia en el manejo de la cosa pública que luego lleva a los países al caos económico que deben “pagar” otros, por medio de la “conquista”, el abuso, la usurpación, la invasión y el descaro. Las guerras necesitan solo tres elementos: 1- Desesperación de una nación poderosa, 2- La falta de alternativas expeditas no bélicas para solucionar los problemas y 3- Un(a) megalómano(a) que se atreva a armar un caos, del que prevé, su nación saldrá victoriosa y él (o ella) resultará –como mínimo– glorificado(a).

El mundo se mantuvo unipolar, a partir de la terminación de la guerra fría, mérito del cerebro de la Perestroika, Mikhail Gorbachev –proceso en el que muchos de nosotros crecimos y cuyo ambiente respiramos– pareció desaparecer la vetusta reyerta, entre la extinta Unión Soviética y los EE. UU., potencias que propiciaron variopintas guerras, aportando ideologías ajenas a los territorios en combate y armas fabricadas en sus tierras, mientras muchos países menesterosos aportábamos los muertos, es decir, lo más cruel de la guerra fría es que jamás fue frente a frente y las víctimas, casi siempre fueron ajenas al conflicto y –en muchos casos– al idioma de los “peleados”. Hoy en día, el mundo está dejando –rápidamente– de ser unipolar, para ostentar –cada día más– una bipolaridad que se exacerbará por la salida del Reino Unido, de la Unión Europea… ya empezaron a ocurrir cosas malas –a nivel económico– como la caída de la Libra Esterlina, los tropezones abruptos de importantes bolsas, etcétera… y ahora se han iniciado hostilidades ya al interno de la Unión Europea, existiendo países que apresuran al RU, para abandonar el conglomerado… las cosas se ven feas y se pondrán peor.

Uno puede predecir que –seguramente– que del lado del Reino Unido, en el momento de un conflicto, se pararán –irrestrictamente– los EE. UU., Canadá y Australia… el resto de los miembros de antiguas alianzas, me parece, no darán un paso –definitivo ni rápido– de apoyo a ese polo ya de por sí, muy poderoso. Del otro lado del conflicto, se puede presumir estarán Rusia y China, con aliados menos importantes, pero no despreciables como Corea del Norte y Siria… el resto del escenario es imposible advertirlo, principalmente porque vemos a una Europa herida y conmocionada, con motivo del desplante inglés que ha resultado –paradójicamente– impopular, pero, al final, democrático. Estas fisuras en la relación del otrora –sólido– bloque occidental, será –sin duda– hábilmente aprovechadas por Rusia y China, para fortalecer su polo.

Pero el lío ahora, no es ideológico, ya no se trata de defensa de “derechas” e “izquierdas” por las que al interno de los países bananeros –como el nuestro– aún subyacen –junto a la sangre de miles de inocentes muertos en guerras inútiles– las ridículas y anticuadas jaranas. El mundo de hecho, invariablemente, nos guste o no, va girando a la izquierda –por si usted no lo ha notado– y pleito global, esta vez, va más orientado a lo económico y se origina desde lo económico. Vea usted –estimado lector– como está la situación de los países dominantes de occidente, en términos de deuda pública per cápita (por habitante). Quise expresarlo en porcentajes de deuda sobre el producto interno bruto, aclarando que las cifras son aproximadas a la realidad, porque no existen cifras uniformes fiables y actualizadas, ni en el Banco Mundial ni en el Fondo Monetario Internacional… pero muestran –definitivamente– una situación bastante realista.

Así las cosas, cada estadounidense hoy nace debiendo un 73% de lo que producen sus coterráneos, cada inglés un 95%, y así respectivamente, cada alemán 73%, cada francés 92%, cada italiano 110%, cada canadiense 100% y cada japonés 258%. Este grupo se conoce como el G-7; se trata de las naciones más industrializadas del mundo… las que “parten el queso” en temas económicos y fueron –por ejemplo– los impulsores de la “Globalización” que diezmó la industria de los países emergentes, perteneciendo hoy la mayoría de la industria a corporaciones globales, “casualmente” de las referidas nacionalidades; estas naciones –se estima– absorben más del 60% de la riqueza mundial. A este selecto grupo también perteneció –antes de ser purgada– Rusia (entonces se llamó G-8), nación hostil al occidente que junto a China, muestran una alianza cada vez más fuerte, y relaciones mucho más afables, en términos de endeudamiento. En efecto, la deuda rusa per cápita es del 6% en relación su PIB y la china cercana al 9%. ¿Siente usted curiosidad sobre cómo estará nuestra pobre Guatemala?, pues bien hemos superado ya el 15%, lo cual es bastante malo, para una nación pobre y con enormes rezagos humanos. En este orden de ideas, hay dos temas que es necesario dejar claro: 1- La riqueza real de un individuo, empresa o nación, necesariamente debe considerar el nivel de endeudamiento para precisarse y
2- No es lo mismo un pobre endeudado que un rico endeudado.

Lo cierto del caso es que las tensiones que genera la deuda del occidente, tienen otros efectos no menos despreciables. Está en entredicho –desde hace mucho– la hegemonía del USdólar, porque nadie conoce su valor real; EE. UU. es el único país en el mundo que puede imprimir papel a granel y comprar con éste, sin tener efectos inflacionarios internos ¿Por qué? Porque todo el mundo apetece los USdólares, de modo que los efectos desastrosos, de una emisión inorgánica, se han “exportado” por decirlo de algún modo. Está también en entredicho la estabilidad del Euro y la libra esterlina ha caído en desgracia. Por otra parte, las economías orientales ya poderosas, como la China, tienen mucho que decir y exigir en este intríngulis, porque en bloque representan más de la tercera parte de la economía mundial, de manera que con o sin guerra, la cual será casi inevitable, de todo esto, surgirá, además de una nueva forma de gobernar al mundo y normas planetarias de aplicación general, una nueva moneda que estamos por ver nacer… créalo o no; el modelo actual es –simplemente– insostenible. ¡Piénselo!

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