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Domingo

El Ejército de la guerra y el Ejército de la paz


Edelberto Torres-Rivas

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En los debates de los años ochenta, cuando Alain Rouquie analizó la ola de dictaduras en América Latina, señalaba que “todo lo que va contra la autonomización de las Fuerzas Armadas es bueno para la democracia”.

La sociedad guatemalteca, no el país, está dividido, de muchas maneras. Se habla de una heterogeneidad estructural, uno de cuyos componentes, el más importante, es la desigualdad socioeconómica, que es la distancia que separa las clases, los estratos, los peldaños en el interior del cuerpo social. Padecemos de otras hendiduras sociales (étnicas, rural-urbanos, etcétera) que no vamos a mencionar, pues los lugares comunes no se olvidan. Pero hay un hiato fatal que pocas sociedades mantienen. Esta, a la que nos referimos, es la rasgadura atroz entre civiles y militares. Se mantiene por mucho tiempo, pero la guerra civil de las décadas de los setenta y ochenta hirió tan hondamente el rostro de la sociedad guatemalteca, que vuelve difícil cualquier política unitaria de desarrollo social, político y cultural. Las hendiduras políticas donde hay sangre y dolor tienen larga vida. Animan el odio. El ambiente democrático postcrisis 2015, ha permitido entrar a la caverna oscura donde se enredan mercaderes y políticos militares y civiles buscando la riqueza. Habrá que hablar de eso.

Quienes conocen o se interesan por las modalidades de la vida política, se preguntan cuáles fueron los mecanismos causales que explican la barbarización de las tropas del Ejército durante el segundo ciclo de la guerra de contrainsurgencia (1975-85)1, que fue el momento en que ocurrió el drama de las aldeas arrasadas y del genocidio. Merece una reflexión detenida saber cómo se movió el régimen político; el Ejército guatemalteco no enfrentó ninguna guerra internacional en el siglo XX y constitucionalmente su función y su armamento estaban destinados para una eventual defensa de la soberanía territorial en el confín del Estado.

En la guerra moderna es mucho más probable que los combatientes hieran más a sus enemigos en vez de matarlos2. Así no fue aquí. En los ochenta el Ejército tiró a matar. Se movió con otra lógica, la del Ejército que gana mientras más civiles desarmados aniquila. Se contabilizan más de 100 mil muertos para esas fechas. Hoy día, los pistoleros del narcotráfico que están siempre a la ofensiva resisten una estructura militar de un poder civil en bajada; el uso de armas letales como método de represión política siempre fue. El conflicto tuvo diversos momentos de exacerbación y dureza, pero probablemente no tan salvaje como la ofensiva militar de finales del 81 hasta comienzos del 83. El Ejército, una institución modernizada, eficiente, decidió prepararse más para la guerra social. Primero fue un grupo de elite que “se presentaban como lo peor y lo más cruel, para quienes cometer la atrocidad más feroz contra seres humanos debía ser algo cotidiano y normal”. La capacidad de devorar carne de seres vivos con los dientes, de torturar, de cumplir las órdenes de matar civiles indefensos, soportar varios días sin dormir, terminó por hacer de los kaibiles un modelo para pelear.

 


 

1. M. Vela, “Los pelotones de la muerte, la construcción de los perpetradores del genocidio guatemalteco”, El Colegio de México, DF, 2014,

2. las Fuerzas Armadas de México son asesinos excepcionalmente eficientes. A. Ahmed y E Schmitt, “Ejército de México” en “The New York Times”, International Weekly, 12/VI/2016, p1

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