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Domingo

Cuando un honesto es como una especie en extinción


Lesly Véliz
Sociedad de Plumas

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Una persona a quien admiro profundamente por su sentido de responsabilidad y honradez, llegó a trabajar a una dependencia del Estado. El puesto le permitía, entre otros beneficios, utilizar un vehículo oficial para sus gestiones laborales o personales y manejar una caja chica sin mayores controles.

Fue sorpresa para sus compañeros de unidad cuando pidió a sus superiores que le quitaran la caja chica. También fue visto cual bicho raro cuando salía en su propio carro, incluso a reuniones de trabajo. “¿Por qué no usás el carro de la dirección?”, le preguntaban con asombro. Él respondía que se sentía más cómodo en el suyo, sin dar más explicaciones.

Cuando me relató esta anécdota, cerró la conversación con esta frase: “Prefiero pagar los parqueos y la gasolina con mi dinero. No quiero tocar un solo centavo que no me pertenezca, porque no me siento bien; simplemente, creo que no es correcto”.

Hay dos aspectos de esta pequeña historia que creo importante destacar. El primero es el hecho de que un acto honesto de alguien se vea como algo propio de un extraterrestre, sobre todo si ese alguien es burócrata o funcionario público. Estamos tan acostumbrados a lo contrario, que gestos como el que comparto son, incluso, hasta motivo de burla. Dice el papa Francisco que la corrupción “se ha vuelto natural, al punto de llegar a constituir un estado personal y social ligado a la costumbre”.

El segundo, es lo significativo de la acción. Parece algo tan sencillo, o como se dice coloquialmente, “un grano de arena”; pero no lo es. Es mucho más grande de lo que cualquiera puede imaginarse. En principio, porque es predicar con el ejemplo. Si el jefe actúa con transparencia, será más difícil que el resto de colaboradores incurra en un ilícito; no imposible, pero al menos la piensan dos veces. Luego, porque con actos de esa naturaleza, de centavo en centavo se devuelven oportunidades de desarrollo a todo un país, y no solamente a una dependencia.

Quienes carecen de valores y usan recursos del Estado para su propio beneficio son tan egoístas que no se ponen a pensar en lo que arrebatan a los más desvalidos. Un galón de gasolina de ese vehículo de placas oficiales con el que hacen el supermercado los domingos, o los almuerzos familiares que corren a cuenta de la caja chica de la dependencia, son pequeñas formas de corrupción. Es más, no existe una mínima diferencia entre ellos y quienes hoy están en prisión por los robos millonarios a las arcas estatales.

Bien decía Montesquieu: “Una injusticia hecha al individuo, es una amenaza a toda la sociedad”. Cuando se habla de corrupción, el efecto es como el de las esquirlas de un artefacto explosivo. Y estas no destruyen solo en el momento, sino pueden causar sufrimiento por largos períodos, lo cual se agrava ante la falta de justicia.

La corrupción pasa una factura muy cara a Guatemala y quienes la pagan son los más inocentes. El pequeño Maikol David habría tenido una oportunidad de vivir con servicios dignos de salud; cientos de niños estarían realmente protegidos contra enfermedades, si el sistema de inmunización garantizara el abastecimiento de las vacunas necesarias; las familias caminarían tranquilas por las calles bajo la protección de fuerzas de seguridad eficientes…

Todos sabemos bien qué beneficios tendríamos si los recursos no se perdieran por la corrupción.

Ojalá haya cada vez más servidores públicos que pongan la dignidad antes que la ambición. Hoy vemos que ese pecado, que se gesta en la soberbia, es el detonador de esa bomba cuya onda expansiva deja dolor y resentimiento. Es la misma corrupción la que sigue alimentando un absurdo discurso de ricos y pobres, cuando la discusión debería ser cómo todos los actores sociales trabajan juntos por el rescate de la institucionalidad.

El mismo Pontífice habla de que sí es posible erradicar este flagelo cuando una sociedad actúa en conjunto y quiere mantener su dignidad. No es con polarización como se alcanza la victoria en este proceso, pues el corrupto hace suyo el lema de “divide y vencerás”.

Se preguntará qué pasó con el protagonista de la historia que motivó esta columna. Bueno, permaneció en el puesto tan solo unos meses. Lo que vio en esa dependencia, es motivo de otros 4 mil caracteres.

Sociedad de Plumas es una red de colaboradores comprometidos con promover en las páginas editoriales el balance, el contraste y la propuesta constructiva.

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