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Domingo

Muerte en el campamento de Parc Cadeau


Las condiciones de vida de los refugiados y migrantes son un tema global. Actualmente la crisis de migración que se está experimentando en Europa recibe mucha atención. En cambio la situación de los migrantes haitianos –y dominicanos de ascendencia haitiana– en el área fronteriza entre Haití y la República Dominicana está siendo ignorada por la comunidad internacional y las administraciones locales.

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Andreas Boueke

ANDREASBOU@aol.com

bouekeandreas@gmail.com

“Observé a niños muriendo de hambre”, dice Eliezer Catraballo. El hombre robusto está en sus cuarenta. Vive en el pueblo Pedernales al extremo sur de la República Dominicana. De vez en cuando pasa la frontera hacia el país vecino Haití para llevar víveres a uno de los campamentos de migrantes. No es mucho. Él mismo apenas gana lo suficiente para alimentar a su familia. “Yo estoy viendo cómo la gente se enferma del cólera y después de algún tiempo se muere”.

Hace medio año muchas de las personas que ahora viven en los campamentos han huido de la República Dominicana por una creciente agresividad hacia la gente de ascendencia haitiana. Otras fueron deportadas por las autoridades dominicanas.

“Todo eso es terrible”, continúa Eliezer. “Pero lo que me entristece más es verles desenterrar las raíces de los árboles. Es como un símbolo de que para ellos ya no existe la esperanza”.

La camiseta de Eliezer está sudada y empolvada. Él está parado en un pedazo de tierra donde anteriormente crecieron árboles. Unas viejas raíces que salen del suelo son testigo de esto. Ahora unos hombres hambrientos con cuerpos débiles y brazos flacos jalan estas raíces del suelo. Producen carbón para vender a intermediarios que lo llevan en un largo viaje a los mercados de la capital haitiana, Puerto Príncipe, en camiones desvencijados.

Organizaciones ecológicas estiman que 98 por ciento del bosque original de Haití ha sido destruido. Los hombres de rostros cubiertos de hollín saben que su trabajo le da otro golpe mortal al ecosistema maltratado. “Pero ¿qué podemos hacer?”, pregunta François, un hombre que no es tan viejo como parece. Pero su expectativa de vida probablemente es más corta que la de un anciano. “Tenemos hambre. Aquí no existen fuentes de ingreso. Con el carbón ganamos no más que el precio de unas libras de arroz. Si no hiciéramos este trabajo ni siquiera podríamos comer arroz”.

A la par de los innumerables hoyos en el suelo hay unos cactus. El campamento de Parc Cadeau empieza a unos cien metros en un suelo igual de polvoriento. Parc Cadeau es uno de cuatro campamentos informales en el sur de Haití en los que unos miles de migrantes viven y mueren. Nadie los ha contado.

A principios de diciembre la administración sanitaria en el lado dominicano ha declarado una emergencia de salud. La epidemia del cólera en el área fronteriza ha llegado a dimensiones que ya no son controlables. Se iba a cerrar el paso fronterizo para proteger a la población en el lado dominicano, pero no se ha cumplido con esta instrucción. Los puestos migratorios de ambos lados de la frontera siguen abiertos. En realidad no tendría sentido cerrarlos, ya que es muy fácil cruzar de manera irregular.

Pierre-Fils Lamartine es el representante del Ministerio de Salud haitiano en la región y el director del hospital del pueblo fronterizo Anse-á-Pitres. Él asegura en francés, la lengua oficial de Haití, estar consciente de la emergencia. Dice haber iniciado todas las medidas necesarias. “Nos estamos ocupando de todos los enfermos que necesitan nuestra ayuda”. Esta declaración no concuerda con la situación real, ya que las personas que visitan el hospital público tienen que pagar antes de recibir tratamiento.

Emmelie, una muchacha de 14 años en el campamento Parc Cadeau, cuenta como acompañó a su padre enfermo a la emergencia en busca de ayuda: “Nosotros no tenemos dinero. Nada. Los médicos nos dieron una botella de agua y dos pastillas. Para que mi padre recibiera tratamiento hubiéramos tenido que pagar 1,600 pesos dominicanos, casi US$40. ¿Dónde vamos a conseguir tanto dinero?”.

Emmelie habla kreyol, la otra lengua oficial de Haití. Dos días después de la visita al hospital su padre murió en Parc Cadeau. Durante varios días su cadáver se quedó en el calor sofocante. “Nadie nos ayudó con la caja. No hay madera. Finalmente lo enterramos así de así en la tierra, allá arriba en aquel monte”. La niña apunta hacia una elevación sin sombra en la que se encuentran algunas cruces de alambre. En unas están colgadas figuritas de barro que se acostumbra a usar en rituales espirituales de vudú. La mayoría de haitianos confía en las fuerzas sanadoras de sus familiares muertos.

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Desde el monte se puede ver lejos hacia el norte del país. Para allá va una pista de polvo por la que conducen unos camiones de carga. Casi nunca pasa algún carro privado que se haya perdido en esta área, pero varias veces al día se mira vehículos de las Naciones Unidas o de la Cruz Roja, cuyos conductores iniciaron su viaje en Anse-á-Pitres. Al parecer las organizaciones internacionales que han estado trabajando desde hace muchos años en Haití no se sienten responsables de lidiar con la miseria en la que vive la gente del campamento Parc Cadeau.

Uno de los pocos trabajadores de apoyo nutricional que pasan regularmente a los campamentos es el estadounidense Arion Terrill de la organización Soylent. Él provee a las personas en los campamentos con bolsas blancas llenas de un polvo muy nutritivo. La distribución a veces resulta en peleas y caos entre hombres hambrientos, ya que algunos sienten que no se les está tomando en cuenta. A pesar de todos los problemas, Arion se siente muy satisfecho con su trabajo. “Ofrecemos una alternativa a los nutrientes comunes”, dice el joven experto en ayuda en situaciones de crisis. En su cuello tiene una cadena con una cruz de madera que frota constantemente entre sus dedos. “En una situación como esta, nuestro producto salva vidas”.

Cuando se le pregunta por su propio estado de ánimo el hombre rubio no encuentra respuesta. Se queda parado con su cruz entre los dedos y mantiene silencio. Al parecer él mismo necesita apoyo psicológico. “Podría ser cierto”, confirma. “Últimamente han muerto dos personas con las que había iniciado una amistad. Y ahora sus hijos están muriendo de hambre. Observar esto te hace pensar muchas cosas”. Pero Arion no quiere tomar unas vacaciones. “Todavía hay mucho que hacer. La población en estos campamentos está aumentando. Cada día que falte la ayuda alimenticia puede costar más vidas”.

Eliezer ha iniciado su propio pequeño programa de ayuda. El dominicano distribuye galletas de dos cajas a unas docenas de niños. Algunos adultos demacrados lo observan con una amigable sonrisa. Ellos no creen que sus familiares han muerto del cólera u otras enfermedades. “Nos estamos muriendo de hambre”, asegura Danilo, un hombre todavía algo fuerte que carga un bote lleno de agua encima de sus hombros. Después de caminar media hora consiguió el agua en la salida de un tubo de PVC. Eliezer no está muy contento con este tubo. “La Unión Europea lo ha conectado hace unos dos años”, explica. “El proyecto costó cientos de miles de Euros. Lleva agua a Anse-á-Pitres desde un río que pasa más arriba del campamento. Yo pregunté a uno de los ingenieros cuál tratamiento le están dando a esta agua. Me contestó que las instituciones locales son las responsables del monitoreo de la calidad. Pero aquí no existen tales instituciones”.

Aún así Danilo camina día tras día hacia el lugar donde un poco de agua sale del tubo. Él vive junto a su esposa y sus seis hijos pequeños en una covacha hecha de cartón, trapos viejos y basura. “Espero que el agua aquí esté un poco mejor que el agua del río en el que lavamos nuestra ropa y nos bañamos. La gente que vive en las comunidades de más arriba hace lo mismo. Ellos vacían su basura, sus excrementos y no sé qué más en el río”.

Danilo habla español. No entiende mucho kreyol y menos francés. Nació en la República Dominicana, al igual que su padre. Fue su abuelo quien hace décadas se mudó desde Haití hacia el país vecino para trabajar en las plantaciones de caña de azúcar. Danilo nunca antes había estado en Haití. No conoce ni entiende la cultura de esta nación. Los rituales del vudú le dan miedo. No tiene documentos haitianos y no cree ser bienvenido en el país. Pero tampoco se atreve a regresar a la República Dominicana. “Queríamos quedarnos allí, pero de repente nuestros vecinos empezaron a maltratarnos, llamándonos haitianos sucios. Algunas de estas personas fueron hijos de los patrones de mi abuelo. Ya no nos querían allí. No sé cómo vamos a seguir. Si las cosas no empiezan a cambiar pronto, todos vamos a morir. Pero, ¿a quién le importa esto?”.

El-campamento-Parc-Cadeau-cerca-de-la-frontera-entre-Haiti-y-la-República-Dominicana

Haití: La incertidumbre política

La cancelación el viernes 22 de enero por “razones de seguridad” de la segunda ronda de las elecciones presidenciales en Haití, que estaban programadas para el siguiente domingo, vuelve a sumir al país más pobre de las Américas en la incertidumbre política.

Pierre-Louis Opont, presidente del Consejo Electoral Provisorio (CEP), encargado de organizar las elecciones, hizo el anuncio 48 horas antes de la apertura de las urnas, ante el “conjunto de incidentes y actos violentos en toda la infraestructura del consejo”.

Opont no dio nueva fecha para la celebración de los comicios, en medio de protestas callejeras de la oposición y denuncias de fraude electoral.

La segunda vuelta de las elecciones presidenciales y legislativas estaba prevista para el domingo 25 de enero, pero la oposición organizó varias manifestaciones para denunciar “un golpe de Estado electoral”, alegando que los comicios estarían arreglados de antemano para favorecer al candidato oficialista, Jovenel Moise.

En la primera vuelta de la elección presidencial del 24 de octubre, el Moise recibió 32.7 por ciento de los votos, contra 25.29 por ciento para el opositor Jude Celestin.

En los últimos días, turbas enfurecidas se congregaron en la capital Puerto Príncipe contra las elecciones, en protestas que incluyeron quemas de neumáticos y carros, choques con la Policía y amenazas de recurrir a la violencia para evitar la votación.

La Organización de Estados Americanos (OEA) aprobó el miércoles 27 por mayoría el envío de una misión especial a Haití para ayudar en la búsqueda de una salida a la crisis política.

El pedido de envío de una misión había sido formulado ante el Consejo Permanente de la OEA por el embajador de Haití, Bocchit Edmond, quien insistió en que se trataba de una demanda del propio presidente haitiano, Michel Martelly. El secretario general de la OEA, Luis Almagro, dijo en la sesión que “el mandato y los límites de la misión serán dados por el Gobierno de Haití”. “En caso contrario, sería una injerencia que Haití no desea y nosotros tampoco”, agregó. –AFP

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Entrevista: Bridget Wooding

La académica inglesa Bridget Wooding es la directora del Centro para la Observación Migratoria y el Desarrollo Social del Caribe (OBMICA). Su oficina está ubicada cerca de la Zona Colonial de Santo Domingo, la capital de la República Dominicana.

Haití y la República Dominicana son dos países diferentes en una sola isla caribeña. ¿Cómo describiría Usted la relación entre las dos sociedades?

– La coexistencia siempre ha sido complicada. Hoy en día Haití es el país más pobre del continente americano, mientras que la República Dominicana puede ser considerado un país emergente en el que los habitantes gozan de un nivel de vida relativamente más alto. Por eso muchos haitianos cruzan una porosa frontera en busca de mejores oportunidades de vida.

Las dos culturas son muy distintas. La gente habla idiomas diferentes. Aun así, existe mucha migración. ¿Desde cuándo?

– Desde hace cien años. La historia de la migración inició antes de los años veinte y treinta del siglo pasado. En estas décadas los Estados Unidos ocuparon los dos países y motivaron a muchos haitianos pobres a migrar a la República Dominicana para trabajar en las grandes plantaciones de caña de azúcar. Aun con la industria azucarera en declive en los años ochenta, la migración desde Haití siguió. Cuando los acuerdos interestatales caducaron al final de la dictadura de Baby Doc en el año 1986, los haitianos encontraron lugares de empleo en cada nicho de la economía dominicana. Se debería haber implementado un plan de regularización antes de la entrada en vigor de la Ley de Migración de 2004, pero no se llevó a cabo. Finalmente, en el año 2014, la administración dominicana inició con un programa de regularización de 18 meses. Después de una fase de preparación, los migrantes irregulares, mayormente haitianos, tuvieron un año para regular su estatus. Para mucha gente este proceso resultó caro y complicado. Pocas personas lograron completar su expediente y conseguir su permiso de residencia. La fase de regularización terminó en junio de 2015. En julio y agosto las autoridades dominicanas requirieron que las personas que no habían regularizado su situación salieran del país. Esto fortaleció un serio incremento en las tensiones interétnicas. Muchas personas temieron por represalias contra ellas y algunas decidieron cruzar la frontera hacia Haití.

¿Es esa la razón por la que miles de personas ahora viven en campamentos informales en la cercanía de la frontera?

– Estas personas, en algunos casos, ya no conocen familiares en Haití. En algunos casos son dominicanos de ascendencia haitiana que fueron deportados por error, pero muchos no tienen papeles para probarlo.

¿Cómo va a seguir esta situación?

– Las autoridades dominicanas argumentan que están implementando deportaciones desde agosto que cumplen con los estándares de derechos humanos. Pero la situación en los campamentos demuestra que la realidad es otra. Ni las autoridades dominicanas ni las haitianas están responsabilizándose por la situación de estas personas. Silenciosamente se ha ido desarrollando una crisis humanitaria a la que la comunidad internacional tampoco le ha puesto la atención que merece.

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