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Domingo

NO le deseo suerte, Presidente


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César A. García E.

Contrario a muchos, no le deseo “buena suerte” ni al Presidente ni a sus ministros, ni a los congresistas, ni a Guatemala. Deseo sí –y de todo corazón– que el nuevo gobierno tenga un éxito rotundo y que finalmente el “ungido” por el pueblo ponga los pies sobre la tierra y comprenda la dimensión del reto que tiene la bendición de ejercer. Deseo a los gobernantes: carácter, firmeza, esfuerzo, conciencia, compromiso, decisión, verdad, tolerancia con las ideas disonantes e intolerancia con la lisonja, respeto y atención a sus detractores sesudos y antipatía con los criminales; les deseo decencia y convicción. Sé que todos mis deseos parecen ilusorios, porque los prolegómenos de la toma de posición estuvieron marcados por faltas de palabra del electo, en cuanto al anuncio de “su gran equipo”, lo cual difirió de una fecha a otra, así como, el continuismo total de la misma roña en el Congreso de la República… de esa cuenta, las cosas pueden cambiar –si y solo si– el Presidente cambia y deja de ser escurridizo y ambivalente, confrontando los problemas con virilidad y firmeza. Le deseo lo mejor, pero jamás “buena suerte”. Recuerde que la elocuencia, marizar la voz y los buenos modos, no alcanzan para gobernar, ni sustituyen a la honradez y la diligencia.

Nunca he creído en la “suerte” porque esta está librada a lo fortuito. Los creyentes en la suerte, normalmente fracasan, porque esperan que algo –ajeno a ellos– ocurra puede cambiar su devenir, sin cambiar ellos. Quienes persiguen la suerte, hacen millonarios a los dueños de casinos, bingos y también mantienen –viviendo a sus anchas– a los augureros y comerciantes de la fe. No obstante “la suerte” está de moda, al extremo que se expresa incluso, dentro de distintas creencias religiosas que no solamente permiten amuletos y ritos de suerte, sino los promueven. Esto es extraño, porque la creencia en Dios es incompatible con el culto a la suerte, pero es parte de la manifestación sincretista sempiterna, parte del –destructivo– relativismo, pilar de la cosmovisión actual que nos lleva –como humanidad– a la decadencia y permite que malvivientes vivan a expensas de laboriosos y honrados. Creo sí, en la fe que me lleva a la convicción de saber que lo que siembro cosecho y que no puedo, ni debo cosechar, donde no he sembrado.

Construir una vida y construirse un nombre, no tiene que ver con “suerte” y no lograrlo es nuestra responsabilidad, no es cuestión de tener “mala suerte”. La suerte es para el haragán, el mediocre o el pusilánime… pero, para quien ejerce virtudes contrarias a estas carencias, la suerte, es tan solo una palabra, pero no un anhelo propio, ni un buen deseo para los demás. Desear “suerte” es una mera cortesía social que no significa nada, pero se interpreta como “que todo te salga bien” o cosas semejantes.

Veamos cómo define el DRAE, la suerte: “Encadenamiento de los sucesos, considerado como fortuito o casual. Circunstancia de ser, por mera casualidad, favorable o adverso a alguien o algo lo que ocurre o sucede.” El vocablo “suerte” viene del latín sortis que estaba vinculado a la división del trabajo de la tierra; cuando –en la antigüedad- se asignaban tareas o herencias se hacía un sorteo –del latín “sortes”- vinculado a “sorticula” o sortilegio… que describía a “un pequeño objeto para echar suertes”. Quienes confíen en la suerte, están poniendo sus esperanzas en eventos fuera de su control, ajenos a su responsabilidad e independientes de su manera de actuar… tales personas, pueden calificarse desde irresponsables hasta temerarias… pero nunca de “confiables”.

De momento, el equipo de Morales luce débil, reciclado y continuista, pero además emana –trágicamente– el clásico tufo del tráfico de influencias, intereses espurios y asemeja una tramoya, donde todo ha cambiado… para que nada cambie. ¡Lástima! Porque tuvo ocasión –el Presidente– de convocar a los más brillantes cerebros y a los más honrados guatemaltecos independientes de intereses que entorpecen el desarrollo y atan al país en un statu quo de miseria y muerte; ¡lástima! porque escuchó los mismos cantos de sirena que llevaron –a jugar con Leviatán– a las profundidades de un oscuro mar, a sus antecesores; ¡lástima! porque ganando la Presidencia “sin compromisos”, hoy luce visiblemente comprometido, al extremo que pareciera estuviésemos viviendo un dejá vu del gobierno insípido de Berger. Espero –sinceramente– el Presidente escuche con atención la radicalidad emanada de los principios, valor y valores de gente como Cayo Castillo y que –como consecuencia– el nuevo personaje del Presidente, no sea el de un patético Conejo Morales.

Pronto se aclarará el panorama; si escuchamos –de Presidente y Vicepresidente– discursos lastimeros, basados en “no podemos hacer milagros, “cuatro años no son suficientes”, “estamos trabajando en las matrices y los ejes”, y en fin, toda la perorata de los fallidos gobiernos anteriores… sabremos que vamos por mal camino, pues los diseñadores de esa trillada demagogia   han gobernado por dos décadas y siguen en pleno ejercicio del poder. Si por el contrario vemos radicalidad y confrontación al mal y a los malos, empezando por quienes lucran con la salud, educación, el sindicalismo y los cándidos, como Joviel, Barrios y Lara… sabremos que hay esperanza ¡Piénselo!

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