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Domingo

El hospital que es un parque de rehabilitación


La unidad de Rehabilitación del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social se erige como un oasis en un sistema de salud que solo ve a sus pacientes morir. Bajo una filosofía de recuperación, sus instalaciones y personal ofrecen un servicio que difiere de cualquier otro hospital o periférica del IGSS. Esta es la crónica de un mes por sus módulos y salas.

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Cuando el agua tocó por primera vez los dedos de su pie recordó el accidente de hace varios meses. Tenía que llegar a las cuatro de la mañana a la estación para recoger el camión lleno de cilindros de gas y empezar el recorrido. A las tres de la madrugada no pasaban carros y la calle estaba en silencio. Poco sabía él que una noche cualquiera, cuando atravesara la zona 1, caería de la moto que lo llevaba al trabajo siempre.

Con el agua hasta la cintura siguió caminando hacia el centro de la piscina. Había cierto placer en haber hecho las cosas según las instrucciones de la terapista cuando fue referido a natación: calzoneta, gorro para la cabeza, una bolsa con zipper para guardar el jabón y el shampoo, nada de bolsas plásticas por favor recalcaba la doctora Rocío la primera vez que llegaba, un candado para el ‘locker’ y estar a las ocho menos cuarto porque si llega más tarde ya no puede entrar.

El procedimiento era simple. Hacía cola, dejaba el carné a uno de los doctores que aguardaba en la puerta, y el calor en el rostro formaba un umbral térmico interminable dejando fuera de la piscina el frío, el viento, la espera y el dolor de los miembros de todos los que estábamos ahí. Nos cambiábamos, íbamos a las duchas al fondo del pasillo a la derecha, pasando frente a las salas de jacuzzi y sauna. Regresábamos mojados de agua caliente con las chancletas, ni crocs ni zapatos de agua a menos que en la evaluación del primer día presentara hongos en los pies.

Para entrar a la piscina nos parábamos frente a las gradas, con un pie soltábamos la primera chancleta y lo bajábamos lentamente hacia el primer peldaño. Luego repetíamos con el otro pie. Tomábamos con las manos las chancletas y las dejábamos en la orilla, junto con bastones y muletas. La treintena de hombres nos repartíamos. Los que no sabían nadar se quedaban en el área de plataformas con agarraderas, los demás en la profundidad del metro sesenta.

“Pampam pampam pampam pampam pampam”, marcaba los movimientos con el tambor la fisiatra Rocío en su uniforme carmesí sin que se moviera la cola de pelo sobre su espalda. Nosotros hacíamos toda la coreografía entre el agua y el aire. Los brazos extendidos, el agua alborotada en todas partes, pelotas y flotadores de colores, filas de hombres rompiendo la tensión superficial con los músculos que les quedaban por algún accidente. Unos recién ingresados, otros con meses de estar ahí. La mayoría entre los 25 y 35 años. Un “paaam paaam” fuerte marcaba el fin del ejercicio. Ya eran las nueve de la mañana y el Hospital de Rehabilitación del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social ya estaba repleto de vida.

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Entre las principales causas de accidentes que registra el unidad del IGSS se encuentra el de tipo común y el derivado de la violencia social.

 

Miles de terapias a la vez

Sentados en el tercer jacuzzi, el menos profundo al final del pasillo destinado a los pacientes con problemas de ciática, sacro, coxis y miembros inferiores, siguió contándome su historia Humberto. Iba bajando sobre la 8a. calle y 3a. avenida de la zona 1, en silencio y de madrugada. Cuando llegó a la esquina, el semáforo titilaba en rojo, pero como no vio ninguna luz solo siguió. A su izquierda un taxi encendió sus faros y Humberto apretó la manecilla derecha y empujó el freno con el pie hasta el fondo. Perdió el control de la moto y cayó. El taxi, que esperaba a alguien, solo había encendido el motor. Lo llevaron al hospital, le arreglaron el brazo y de la pierna solo vieron los raspones.

Las burbujas que salen disparadas de los jets con un caballo de fuerza impactan en la pierna de Humberto relajándola. La caída de la moto le dejó una lesión pero siguió trabajando. Maneja tráileres para ganarse la vida. Hace unos meses, mientras conducía un camión de agua purificada, se detuvo para revisar el motor. Estaba sobre el chasis cuando la pierna se le venció y cayó. Desde entonces el dolor solo empeoró.

Luego de trámites interminables y exámenes por diversas unidades del Seguro Social, ambos terminamos sentados en un jacuzzi junto a otros cinco señores. Mi historia no se compara con la de esos hombres ni la de Humberto, quien ya lleva dos tarjetas de crédito topadas por estar suspendido mientras se recupera. Si no lo logra, habrá que operarlo. Yo solo me había lastimado la rótula por hacer mal un ejercicio en el gimnasio y que dejé se fuera agravando.

Rocío pasaba apagando los jacuzzis en la sala con detalles romanos, prístina de limpieza. El tiempo se había terminado y Humberto iba a otra sala. Yo iba a potenciación. Otros a mecanoterapia. Y al gimnasio. Y a los diferentes módulos. Solo éramos un puñado de los 62 mil 689 pacientes que atendió el Hospital de Rehabilitación el año pasado entre adultos y niños.

El resto del día nos cruzábamos por todas partes con los amigos de la piscina. Por los pasillos caminaban decenas de personas. Unos hacia un lado, otros haciendo parte de su terapia. Moviéndose de lado como cangrejos, muy despacio. Atravesando una pista de obstáculos. Y por cada sala y módulo que pasaba se oía otro ritmo del tambor. “Pampampampam paaaaam”.

Decorado como turicentro, el Hospital de Rehabilitación funciona desde hace ocho años con un nuevo enfoque, una nueva filosofía. Por ello es que el lugar se plantea como un “parque” al que los pacientes asisten con sus familiares. Bajo la dirección del fisiatra Juan Carlos Lorenti, esta unidad del IGSS ofrece un enfoque multidisciplinar. Ahí están los fisiatras, neurólogos, nutriólogos, internistas, dermatólogos y enfermeras, todos capacitados para la atención integral.

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El Hospital de Rehabilitación también imparte talleres de higiene física para empresas cuyos trabajadores sufren más accidentes. (F: Jose Luis Pos)

 

Entre violencia social y accidentes comunes

Buenos días, pase adelante por favor. Tome asiento. Suba a la camilla. Despacio. ¿El dolor es en la rodilla? ¿Cuál? Es el área alrededor de la rótula. Ahora voy a pasar el cabezal con cristales de cuarzo durante cinco minutos. El ultrasonido son ondas mecánicas que a través del gel generan un calor profundo. No se preocupe. Usted no lo va a sentir. Tengo que moverlo constantemente para no generar quemaduras. Este calor le ayuda a desinflamar el músculo.

Durante diez días el tratamiento en la sala de ultrasonido era el mismo. Pero las pláticas variaban con la fisiatra. Parte de la terapia consistía en relajarse. No había porqué llegar con la idea de que sería todo un calvario por ser una unidad del IGSS. La diferencia entre una periférica o el Hospital de Accidentes con Rehabilitación se sentía abismal. Las secretarias con una sonrisa la mayoría de las veces, aunque siempre irritables ante cualquier atraso. Las enfermeras atentas y los médicos a la orden ante cualquier duda.

“Toda la experiencia es parte del proceso de recuperación”. Lorenti entra a salas y módulos donde pacientes y trabajadores lo reconocen. Ha realizado estudios en Asia y Suramérica que ha replicado en el hospital que dirige desde hace varios años. Por ello es que EE. UU. solicita a su unidad que rote a algunos de sus estudiantes de medicina por su departamento. Y aunque el centro que administra terminó el año pasado sin ninguna crisis económica, resiente la cantidad de población.

El “pam” de los tambores nos sigue desde las puertas. “Pampam pampam pampam”. “Ha crecido la demanda de atención muchísimo más, y eso es bueno porque significa que los afiliados se acercan con nosotros”. El costo promedio de una hora de terapia de rehabilitación en lo privado ronda los Q200, mientras un paciente del IGSS recibe un promedio de nueve horas de tratamiento a la semana. “El ahorro es significativo”.

Pero además de las máquinas y tecnología adecuada, el taller de prótesis y el área de pediatría, el Hospital de Rehabilitación también imparte cursos de prevención. La mayoría de los pacientes que se mueven al ritmo del tambor se dividen en dos categorías. La primera producto de la violencia social. Y la segunda de accidente común. Esta segunda categoría obedece a accidentes de tránsito y a accidentes laborales.

Lorenti promueve entonces más seguridad vial. De hecho el Departamento de Tránsito lo nombró “Embajador de la Seguridad Vial” por su trabajo en el tema. Y en cuanto a los accidentes laborales, también ofrecen capacitación a empresas, en particular a aquellas que reportan mayores accidentes en sus trabajadores. “Una buena higiene de la espalda por ejemplo previene accidentes, reduce los gastos a la empresa cuyo personal carga productos, y disminuye la carga al hospital”.

Levante por favor. “Pam”. Flexione. “Pam”. Empuje hacia arriba. “Pam”. Empuje hacia abajo. “Pam”. Con fuerza. “Pam”. Las manos de la doctora Mirna recrean arcos y semicírculos por el aire sosteniendo la pierna. Con esto concluimos su terapia. Ahora le toca replicar los ejercicios aprendidos. Tiene que fortalecer el músculo y bajar de peso. Su expediente se queda acá con nosotros. Un mes de rehabilitación y mi rodilla ya no duele, pero el “pampampam” regresa a mi cabeza de vez en cuando.

25-35 años
es el rango de edad de la mayoría de pacientes del Hospital de Rehabilitación.

200 quetzales
es el costo promedio de una hora de terapia en lo privado.

1.2 millones
de fisioterapias se dieron a afiliados al IGSS durante 2015.

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