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Domingo

La democracia como construcción del futuro


Jorge Mario Rodríguez Martínez

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De manera paulatina la ciudadanía guatemalteca identifica en la coyuntura política local los signos inequívocos de las patologías políticas que ponen en riesgo el futuro global. Dicha conciencia se manifiesta en el general escepticismo que despiertan las salidas “institucionales” a la crisis, las cuales han satisfecho los intereses inmediatos de las elites empresariales e inconfesables intereses geopolíticos.

Desde esta perspectiva, pensar que algún género de “victoria” sobre la corrupción ha desactivado la protesta ciudadana es erróneo. Para comenzar, la corrupción estructural persiste y no ha sido desmantelada por el movimiento ciudadano. Este, sin embargo, cada vez gana mayor conciencia de la falencia sistémica de un orden que gotea víctimas sin cesar. Las preguntas respecto a la corrupción empresarial siguen sin respuesta y descorazona que la CICIG no haya respondido a los respectivos cuestionamientos. Al final, la corrupción más insidiosa es aquella que se articula cuando el interés particular usa al poder institucional para imponer sus agendas sobre el bien común.

Solo la ingenuidad o el wishful thinking explican que haya sectores de la ciudadanía que creen a las elites oligárquicas cuando estas dicen que la participación ciudadana en las elecciones fue una prueba del civismo de los guatemaltecos. Esta lectura rudimentaria y patriotera choca ante la evidencia que este evento electoral fue una expresión de la negatividad que –expresada “siempre en votar en contra de”– no puede ser una receta para disolver la corrupción profunda. La lógica del “menos peor” es una manifestación de la erosión de la confianza ciudadana en sus instituciones políticas.

En realidad, no se trata tan solo de que sigan desarrollándose las transformaciones negativas de la democracia (la persistencia de las oligarquías, el gobierno invisible de la corrupción…) señaladas por Norberto Bobbio en El futuro de la democracia. Se trataría más bien de que la ciudadanía global nota la futilidad de las promesas liberales (igualdad, libertad, aunque nunca fraternidad). Estas no se manifiestan en la vida social, como formas de convivencia enraizadas en la conciencia de los individuos y las colectividades, sino solo como promesas siempre traicionadas de la política electoral.

Resulta claro que el decurso global neoliberal arroja una precarización de formas de vida que solo pueden ser leídas desde la injusticia global. El descalabro multidimensional del neoliberalismo conjunta constelaciones amenazantes que amalgaman la violencia, la precariedad y el desastre ambiental. Con políticas que no respeten la dignidad humana un país como el nuestro caerá en una pendiente de precarización que tarde o temprano sucumbirá a la lógica de la violencia directa. La injusticia estructural, llevada a límites inimaginables, se trastocará en una caótica violencia pura.

Debe quedar claro a la conciencia ciudadana que la salida de esta crisis planetaria necesita nuevas formas de convivencia y, en consecuencia, nuevas formas de hacer política. No debiéramos ignorar que muchas sociedades están en esta lucha y no podemos perder la oportunidad de actuar de manera conjunta con ellas. En ese sentido, el sendero que se nos impone es la creación de instancias políticas que transformen en programas los anhelos y demandas de los movimientos sociales. Esta nueva manera de hacer política debe buscar alianza con movimientos regionales para alcanzar perspectivas más amplias: el objetivo final es el bien común planetario.

Desde luego, esas nuevas configuraciones serán atacadas con el rótulo de “populismo”. Es ilustrativo que en Guatemala dicho movimiento antipopulista se esfuerce en manufacturar un liderazgo latinoamericano. Este esfuerzo, energizado a partir de la mística de los financiamientos, solo muestran los patéticos intentos de encuadrar una realidad compleja en eslóganes con el más exiguo denominador común (“El populismo quiere tanto a los pobres que los multiplica”). Estos “movimientos” creados por elites empresariales no podrán desarticular las expresiones políticas de colectividades que buscan el reconocimiento de su dignidad a través del respeto mutuo de la dignidad humana y los derechos que emanan de ella.

Los recientes discursos del papa Francisco en los Estados Unidos de América y en la Organización de las Naciones Unidas revelan la creciente conciencia del camino peligroso de la contemporaneidad neoliberal: sacrificar al hombre en función de la ganancia a corto plazo. Es patente que el mundo no puede persistir en políticas basadas en la ceguera moral de sus dirigentes ni en la inducida apoliticidad de la ciudadanía. Esta es una situación que no puede ser revertida por la periódica lotería de las elecciones.

La tarea consiste en reformar el Estado de manera que este pueda convertirse en la palanca ciudadana que abra la puerta del futuro. En nuestro país, afortunadamente, las colectividades originarias han preservado modos de vida que cada vez muestran más su relevancia. Las distopías neoliberales deben ser disueltas a través de la conciencia de la necesidad de una nueva relación con el planeta y con nosotros mismos. Por esta razón, gran parte de la tarea de configurar un nuevo país le corresponde a los movimientos indígenas, los cuales pueden recrear un sentido de racionalidad integral que entiende que el futuro de la humanidad depende de alcanzar el buen vivir y la plenitud de la vida dentro del marco de la Naturaleza.

*Jorge Mario Rodríguez Martínez es Doctor en Filosofía por la York University, y Profesor de Posgrado en la Usac.

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