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Domingo

Para un pequeño refugiado lanzado por el mar a la arena


Jorge Mario Rodríguez Martínez

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La imagen del pequeño Aylan Kurdi, cuyo cuerpo sin vida yace en la arena después de un intento fallido de escape de la guerra siria, el cual engulló también la vida de su madre y su hermano, ha excavado un doloroso nicho en la sensibilidad moral de muchas personas alrededor del mundo. La indignación que embargó a aquellos que nunca se sintieron ajenos a la tragedia, corrobora lo dicho por Frei Betto: el final del capitalismo no se producirá a partir de sus contradicciones económicas internas, sino “como resultado de la saturación de la voluntad humana ante la miseria, la desigualdad, la opresión”.

Para el filósofo español Reyes Mate, la experiencia del sufrimiento nos traslada del ámbito de la moral abstracta a la ética concreta. La ética misma no puede darse sin la responsabilidad ante la singularidad del Otro. La imagen del policía que se muestra incapaz de contemplar el rostro de Aylan quizás verifique esta verdad. La humanidad ha adquirido una deuda impagable con esta criatura, de quien ya no puede recibir ningún perdón. Por eso, se hace evidente que con la muerte de Aylan Kurdi algo ha muerto en nosotros.

La experiencia de la vulnerabilidad del Otro alcanza un nivel eminente en la figura del refugiado. Hannah Arendt se lamentaba de que el refugiado es un ser humano que carece del derecho a tener derechos; su comunidad de nacimiento no le brinda ninguna garantía para estos y, por otra parte, las sociedades que pueden recibirlo nunca se muestran dispuestas a acogerlos según las obligaciones que comporta la dignidad humana. El refugiado sigue siendo un ser humano, pero uno sin comunidad, y por lo tanto, uno que no puede ser tratado como un semejante. Con su muerte, en la más absoluta inocencia, Aylan Kurdi sufrió su “expulsión de la humanidad”.

Sin embargo, algo ha cambiado desde el tiempo en que escribió Hannah Arendt. El poder de las redes sociales, haciéndose presencia en las calles, ha expresado un descontento ciudadano que ha roto la demonización del refugiado. Actitud que, cual cáncer, se ha ido desarrollando no solo en una Europa desintegrada por el poder de sus mercados financieros, sino también en países que, como Canadá, han ido abandonando una noble tradición de asilo.

Al margen de la indignación global en sí misma, se pueden aducir al menos dos razones para explicar tal cambio de actitud ciudadana. En primer lugar, la tragedia de Aylan constituye otra categórica refutación para una época que llegó a creer que las bondades de la democracia liberal y el libre mercado constituían la panacea contra el sufrimiento humano. La democracia liberal, en este sentido, se ha ido constituyendo como una cubierta política cuyos fines discursivos son desmentidos por el poder arrollador de mercados, cuyos operadores algún día tendrán que enfrentar su propio Nuremberg.

En segundo lugar, la imagen de Aylan confirma una de las amenazas estructurales de la época: la negación del futuro para la mayoría de los pequeños que han venido al planeta en estos tiempos de crisis. Esta es una experiencia verificable ahora en cualquier nación, incluso en los “países desarrollados”.

En efecto, no puede negarse que la globalización depredadora que aprisiona nuestro mundo, creará más tragedias de refugiados. ¿No provocará el cambio climático contingentes de refugiados ambientales que clamarán por un espacio cuando sus tierras se vean afectadas por los múltiples desastres asociados con este flagelo? ¿No está generando la desigualdad obscena un grado de violencia y precariedad tal que muchas personas se verán forzados a jugarse la vida en la búsqueda de una sociedad que los condenará al más indignante trato? Si se derrochan, se privatizan o se concesionan los bienes comunes de la humanidad se planteará siempre la necesidad de dejar la propia tierra para buscar “oportunidades” cada vez más escasas. La pregunta cae de suyo: ¿cómo podemos quedarnos tranquilos ante la certeza de que el mundo será inhabitable para que nuestros pequeños y sus hijos tengan la oportunidad de vivir?

Afortunadamente, no son pocos los que confían en que, como lo decía el escritor Ernesto Sábato, el género humano “encuentra en las mismas crisis la fuerza para su superación”. Estas fuerzas, sin embargo, solo pueden surgir cuando la indignación se convierte en praxis ciudadana que trata de desmantelar el sistema que nos asfixia progresivamente con estructuras sociales cada vez más indignantes.

Ante el fracaso de la globalización neoliberal, patente en la multitud de protestas y calamidades que vive la comunidad de nuestra época, se debe luchar por lograr una sociedad global regida por la ética. Dicha tarea implica adoptar como misión política erradicar el sufrimiento socialmente causado que existe a nuestro derredor. La ética nos obliga, aquí y ahora, a solidarizarnos con aquellos que viven alrededor nuestro para ejercer la política que se encamina al bien común. Situados en nuestro país, esto significa que se debe luchar por el cambio de estructuras sociales y no por cambios cosméticos de dirigentes que muchas veces solo siguen la ortodoxia neoliberal impuesta desde los centros de poder.

*Jorge Mario Rodríguez Martínez es Doctor en Filosofía por la York University, y Profesor de Posgrado en la Usac.

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