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Domingo

¡En Guatemala por fin está amaneciendo!


Botamos al gobierno con caminatas, banderas y vuvuzelas

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Sin una vitrina rota, sin un pinta en la pared, sin ningún acarreo, sin disparar un tiro, sin que hubiera un muerto, solo con concentraciones y caminatas (con sol y lluvia), banderas, pitos y vuvuzelas, y con el soporte de las redes sociales, botamos a un gobierno, lo cual es algo inédito en nuestra historia, y aun en el mundo de hoy, en el que la ira contra las autoridades y el statu quo conduce contagiosamente a la violencia social.

Guatemala, país que fue conocido en el mundo por la violencia, los regímenes autoritarios y la represión, ahora muestra un nuevo y aggiornato rostro de país (sin botox ni cirugías plásticas) al evidenciar que, en paz y con paciencia, y con el apoyo viral de las redes sociales, pudo hacer caer democráticamente a un presidente de la República, acusado de corrupción.

Propios y extraños admiran hoy la declaración de la fiscal de que había pedido al juzgado la orden de captura nada más ni nada menos que del propio Presidente Constitucional de la República, a quien en una votación histórica el Congreso ya le había retirado la inmunidad. También es de admirar el hecho increíble de que Otto Pérez entrara pacíficamente al juzgado como Presidente de la República, para sentarse en el banquillo de los acusados, y que saliera luego a prisión en el cuartel de Matamoros, en tanto el Congreso de la República conocía su renuncia y nombraba a un sucesor (Sic transit
gloria mundi
). ¡A Otto y Roxana les aplican ahora no la mano dura sino la ¡dura lex! (sed lex)

No cabe duda que el lapso de tiempo de un proceso de depuración iniciado en abril pasado, y que tendrá que culminar con la reforma de importantes leyes encaminadas a poner freno a los desmanes de los partidos políticos, y a un mejor control de los caudales públicos y de la administración gubernamental, pasará a los libros de historia patria como una gran epopeya, que será también consultada en el mundo de los estudiosos de la ciencias políticas porque la paz dio mejores dividendos que los que hubiera arrojado la violencia y el desborde social.

En la sociedad de hoy, en la que se recurre a la violencia como método expedito de protesta, no despierta mucho entusiasmo la consecución de los grandes ideales sociales por medios pacíficos, al punto que, en el mundo moderno, Gandhi, Luther King o Mandela (apóstoles de la paz) generan mucha admiración pero muy pocos seguidores, porque la urgencia de la protesta o la imposición fanática de las propias ideas espolea a los ciudadanos a la violencia, que se desboca igual en Ferguson (Estados Unidos) que en el Oriente Medio (como es el caso de la demencial guerra santa desamarrada por el Estado Islámico) y en los cuatro puntos cardinales, porque la paz no vende, en tanto que la violencia sí, como lo demuestran hasta las taquillas del cine. Pero nosotros, en cambio, mostramos que la paz sí da dividendos.

Dando crédito a todos los actores de lo que estamos viviendo, merece elogio (amor y aborrecimiento no quita conocimiento) la actitud del gobernante, un kaibil que rechazó la tentación de usar la manu militari para acallar a los opositores, como lo hace el gobierno de Venezuela (que encarceló a quienes organizaron las marchas de oposición) o de Cuba (en donde que persiguen hasta el día de hoy la protesta pequeña, pacífica e inofensiva de las Damas de Blanco), por citar solo dos casos latinoamericanos. Otto Pérez hizo honor al apelativo de General de la Paz, llamado así porque signó en nombre del Ejército los acuerdos que pusieron fin a la guerra civil guatemalteca.

Se conjugó, pues, la sensatez de ambas partes para que el andar social discurriera por un cauce de paz y no de tiros, bombas lacrimógenas, rotura de vitrinas y persecución y cárcel de los protestantes, porque de haber sido así, al final del túnel nada habría cambiado quedando solo el dolor del pueblo llorando a sus muertos.

Entre otros actores de primera línea figuran el Comisionado Iván Velásquez de la CICIG y Thelma Aldana, la fiscal de hierro, la mejor de la historia de Guatemala. Ambos, en algún sentido, son herederos legítimos de aquel Fiscal Antonio Di Pietro que investigó y desmanteló una red de corrupción en Italia que abarcaba a políticos y grupos empresariales e industriales, operación conocida mundialmente como de las “manos limpias” o tangentopoli (tangente quiere decir soborno en italiano). Y el juez Miguel Ángel Gálvez también es heredero del coraje y valentía del mundialmente famoso y respetado juez Giovanni Falcone, que tuvo el carácter de no amilanarse, sino de dar veredictos en justicia contra los capos de la cosa nostra, a los que inmisericordemente persiguió, encarceló y castigó.

También protagonizaron esta gesta, que aún no termina, diversas instituciones de la sociedad civil, así como la prensa independiente (elPeriódico, Prensa Libre, Contrapoder, Canal Antigua, Guatevisión, entre los más destacados) que informó, sin autocensura, minuto a minuto de esa catarata de sucesos diarios, encaminados a sentar ante los tribunales a los miembros de una extensa red mafiosa de defraudación aduanera.

El proceso de lucha contra la corrupción de Guatemala tiene su gemelo en Brasil, en donde ya también han ido a la cárcel diputados, políticos y funcionarios públicos, pero a cuyos fiscales aún les tiembla la mano para llegar hasta las últimas consecuencias, léase a la propia presidenta, y quizá hasta el expresidente Lula, porque, en apariencia, se asume que han sido parte beneficiada por la corrupción.

Un nuevo libreto se puede empezar a escribir en Latinoamérica sobre el combate a la corrupción, que ha agostado a la democracia en la región, y en donde los de derecha lo son porque roban con la mano derecha; y los de izquierda, porque lo hacen con la mano izquierda, porque las ideologías de antaño se transformaron tristemente en comercio.

Guatemaltecos y latinoamericanos, entendamos que hay una ruta de consecución pacífica de las más altas reivindicaciones sociales, que se puede andar hoy con el apoyo de las redes sociales (de la Primavera Árabe a la Primavera guatemalteca y latinoamericana), pero en la que, a la postre, debe evitarse el desvío del camino real, para que los procesos no caigan en los mismos errores que combatieron. Y volviendo al caso de nuestro país, creo que todos hoy decimos con orgullo: ¡en Guatemala, por fin está amaneciendo! ¡Abra la ventana y vea la salida del Sol! ¡Qué aire más fresco el que se siente!

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