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11S: 20 años después


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Es difícil saber si el mundo sería hoy el mismo de no haber ocurrido hace 20 años los ataques terroristas contra EE. UU.; las ramificaciones de los atentados perpetrados por Al Qaeda han sido tantas, y tan variadas, que resulta imposible realizar un recuento de todas las cosas que han cambiado a consecuencia de estos. Entre todas las consecuencias negativas que ese ataque trajo consigo, una de las más importantes, cuyos efectos persisten hasta este día, es la súbita pérdida de confianza en instituciones, usos y costumbres que nos habían facilitado la vida hasta ese entonces. La confianza juega un papel crítico en el adecuado funcionamiento de cualquier sociedad: facilita la interrelación entre extraños, permite el diálogo y la búsqueda de consensos, promueve el comercio y fomenta la paz y la solidaridad. Económicamente hablando, la desconfianza consume importantes cantidades de recursos en actividades de protección, las cuales no tienen mayor valor en sí mismas, salvo evitar comportamientos indeseables por parte de otros. Jurídicamente hablando, no hay sistema que pueda funcionar adecuadamente sin un mínimo de confianza entre los actores que confluyen en él.

Esta pérdida generalizada en la confianza prevaleciente en el mundo trajo consigo un aumento en los controles y regulaciones sobre la vida diaria de miles de millones de personas alrededor del globo. Estas medidas, a pesar de ser justificables desde la perspectiva de la seguridad, han sido usadas, o pueden usarse, con fines distintos a los originales: reducción de las libertades civiles, limitaciones al comercio y a los derechos políticos. Por más que para las nuevas generaciones, que vinieron al mundo después de este penoso incidente, este tipo de intromisiones del Estado puedan parecer perfectamente normales, la realidad es que el mundo no siempre fue así. Es difícil imaginar qué tipo de sociedad seríamos si en lugar de guiarnos por la confianza tuviésemos que estar siempre a la defensiva, evitando ser engañados, abusados o robados. De esa cuenta, por más normal que parezca ahora la intromisión del Estado en muchas dimensiones de nuestras vidas, no podemos olvidar que el desarrollo del mundo se ha logrado gracias a principios que anteponen la dignidad y la libertad individual ante otro tipo de objetivos, por más urgentes e importantes que estos pudieran parecer. 

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