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Heridas tiene la noche


Viaje al centro de los libros.

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La más reciente novela de Francisco Pérez de Antón se construye sobre una estructura perfectamente medida y calculada, como sobre un plano de ingeniería, donde cada elemento estaba previsto, porque la madeja del misterio de quien mató a Héctor Ayarza se va resolviendo a medida que la novela avanza, como en las clásicas novelas de suspenso de Agatha Christie. En una de las escenas, el policía chapín reúne a todos los sospechosos en una actividad social y los pone a enfrentarse y acusarse unos a los otros, al estilo de la autora inglesa. Pero a Pérez de Antón no le bastó el recurso, y da un salto más allá, y nos enreda más en un profundo misterio que no se aclara sino hasta en el último capítulo. 

La novela parte de un crimen ocurrido en 1968, que recuerda el protagonista en abril de 1998, mientras festeja el matrimonio de su hija menor. Está cansado en un hotel de carretera a El Salvador, con la respiración necia, con la molestia física. Aolisio Ayarza ha vivido toda su vida albergando un sentimiento de culpa, justificándose y castigándose, guardando silencio, y esa noche se le cruzan en la fiesta los fantasmas de 30 años atrás que despiertan la memoria, hasta descubrir al final la respuesta, al mismo tiempo que lo hacen los lectores.

Asumo que Pérez de Antón diagramó la historia completa antes de empezar la redacción, con todas sus complicaciones, porque a medida que se desarrolla los hilos se van tejiendo, van cazando, y la madeja se define con absoluta claridad.

En 1968 sucedió el crimen al mismo tiempo que transcurría el secuestro de Monseñor Casariego, con sus miedos y curiosidades, como la comidilla de lo que pedía el sacerdote reclamar a sus captores, para resistir el encierro. Con todo un despliegue de posibilidades, de hipótesis políticas y de autodeterminación. El hecho tiene escandalizada a la gente, los poderes ocultos afloran como demonios, la represión y las acciones de los judiciales generan temor. Treinta años más tarde, cuando se resuelve el misterio, se vive en Guatemala otro drama con un jerarca de la Iglesia, el crimen de Monseñor Gerardi.

En la obra de ficción se entrecruza un planteamiento de ideas sobre el sentido del conflicto armado, donde se enfrentaron unos pocos dejando el país entero en medio de los disparos. La memoria del antagonismo se resuelve con la aparición de los aprovechados, las organizaciones criminales de otros territorios que vinieron a sacar provecho con secuestros y crímenes que nadie investigaba porque se asumía que eran parte del conflicto político.

En la contraportada dice que la obra es civil, porque no aborda el enfoque militar, insurgente o eclesiástico, pero en realidad es un fresco sabroso y delirante de los tres rostros. La obra revuelve la memoria de la segunda mitad del Siglo XX, con la prosa característica del autor, que en la primera parte hace gala de su natural riqueza de vocabulario cervantino mezclado con chapinismos, que tanto gusta a sus fanáticos lectores, y en la segunda, una vez el autor se suelta y cede al giro de la acción, ya solo es verbo y emoción.

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