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Nacionales

Aguateca: la ciudad protegida, dinastía y misterio


Tristemente encontramos el centro de visitantes y la infraestructura totalmente abandonada y destruida. La selva no perdona y la falta de mantenimiento no colabora.

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Arrancamos muy temprano en el Gringo Perdido, en una mañana fresca, con esa bruma de la época sobre el lago Petén Itzá, mientras el sol se asomaba tímidamente por detrás del cerro de El Remate como si no quisiera amanecer.

Una hora y media después, atravesando varios pueblos, fincas y llanuras, llegamos al Embarcadero La Gaviota en Sayaxché, en la parte sur de Petén. Allí, con su mascarilla que escondía su grata sonrisa y tremendo bigote, nos esperaba Walther, nuestro lanchero por el día, con todo listo y organizado para navegar por el Río La Pasión en dirección a Aguateca, una ciudad maya pequeña del periodo clásico tardío, pero de gran valor arqueológico y riquísima diversidad por su privilegiada ubicación.

Navegamos por casi dos horas sobre este majestuoso río, uno de los cuatro ríos más importantes de Guatemala, sobretodo por su navegabilidad. Cruzamos el Lago Petexbatún, sorprendidos por su fauna y flora rebosante, una selva prácticamente intacta y virgen de un lado, contrastada con la otra orilla totalmente deforestada y convertida en fincas de ganado poco aprovechadas y áridas. Triste realidad.

En el otro extremo del lago, nos desviamos por un riachuelo muy rico en vegetación, con árboles cuyas ramas casi impiden nuestro paso, flores veraniegas coloridas, agua cristalina y el aire freso y limpio que solo se percibe previo a entrar a un pequeño pulmón de la cuenca del Usumacinta.

La bienvenida que nos dio Aguateca fue imponente e impresionante. Como nos explicó Walther, nuestro lanchero y empresario (resultó que es propietario de varias lanchas y del embarcadero), los mayas de Aguateca aprovecharon un muro natural totalmente vertical de piedra caliza, la cual impera en todo Petén, de aproximadamente 90 mts de altura por unos 400 a 500 metros de longitud, como una defensa natural de su ciudad. Me hizo recordar la famosa Pared (The Wall) de la serie Juego de Tronos (Games of Thrones) en versión maya.

Atracamos al pie de dicho muro en un pedacito de tierra que solo tenía espacio para nuestra embarcación, que consistía en una tiburonera, y un cayuco que nunca conocimos a su propietario. Allí nos esperaba un ascenso en una vereda con piedras y raíces de aproximadamente 300 metros. Ya con eso, los mayas de Aguateca nos mandaban un mensaje claro de que no sería fácil conquistar su ciudad.

Al llegar al primer nivel donde está la entrada a la ciudad, Walther, lanchero, empresario y ahora guía, nos explicó que había sido construida en tres niveles. El primero, que bordeaba todo el muro de piedra caliza, el segundo, que se elevaba sutilmente por dicho borde hasta llegar a las dos fallas naturales que marcaba el extremo contrario de donde nos encontrábamos, y el tercer nivel, el más alto, donde construyeron su ciudad y un muro perimetral adicional. Con todas estas defensas, tanto naturales como construidas, se nos hizo evidente el constante y violento acecho bajo el cual vivía Aguateca.

Tristemente encontramos el centro de visitantes y la infraestructura totalmente abandonada y destruida. La selva no perdona y la falta de mantenimiento no colabora. No obstante, esto nos dio la sensación de estar en un lugar aún más natural, salvaje, en la selva petenera profunda.

Bordeamos el imponente muro de piedra caliza caminando a su costado. Realmente es asombroso, al punto que te hace sentir una gran humildad por su majestuosidad y profunda gratitud por estar allí, frente a esa defensa natural que los mayas aguatecas supieron aprovechar muy bien para su seguridad ante la constante amenaza de ciudades rivales como Dos Pilas, aliada acérrima de la todopoderosa y tragalotodo Tikal, la urbe más imponente en aquella época precolombina. Fue justo en este lugar, en un momento donde apropósito me quedé un poco atrás del grupo para disfrutar del silencio de la selva, sentir el viento cálido que acariciaba las copas de los árboles, los olores a palo de pimienta, vainilla, corozo y tierra, y la grandeza de este espacio, donde Walther me dijo que le recordaba a un personaje que salía en la TV. Yo, que debí ser más cauto y esperar unos segundos para ver a quién se refería, impulsivamente le dije “¿Será Indiana Jones?”. Él, con esa sonrisa cálida tan distintiva de los peteneros, me dijo, “no chito, con ese su bigotío y sombrero, puro Chalío”. Continuamos nuestro recorrido.

Al terminar el muro, hicimos un cruce a la izquierda de casi 180 grados y Walther nos informó que bajaríamos a un microclima, lo cual me sorprendió, y admito, consideré hasta exagerado. Típico de los guías con sus efectos especiales, pensé. ¡Pero que razón tenía! Era la entrada a la primera falla de 30 mts de profundidad por 100 mts de longitud, la cual nos recibió con un viento que la atravesaba y hacía descender entre 4 a 5 grados la temperatura. Claro, entre tanto follaje, naturaleza y la profundidad de la falla, prácticamente nunca entran los rayos del sol ni el calor de la selva. Caminar por la falla es mágico, místico y asombroso, todo a la vez. Walther, lanchero, empresario, guía, compañero de comida, y ahora, amigo, nos explicó como Aguateca fue atacada por sus enemigos en este lugar usando árboles por puentes, aprovechando el único punto débil de su fortaleza, el cual estaba poco vigilado. Así fue como el reino de Aguateca finalmente sucumbió, además de ser quemado y saqueado.

Al salir de la primera falla, encontramos la segunda falla, esplendorosa, aún más impactante que la anterior, con 80 mts de profundidad por 800 mts de longitud, según datos de Walther. Y para comprobarlo, nos hizo pararnos muy cerca de la orilla de la falla, a la cual no se puede bajar por razones de seguridad, y lanzó una pequeña piedra, la cual, luego de 4 rebotes dispersos, tocó fondo como 6 segundos más tarde. ¡Sí que es profunda! exclamamos todos asombrados.

Esa segunda falla, que era la última línea de defensa de la ciudad que nos aguardaba para visitarla, es la antesala a un complejo maya pequeño pero muy particular y distinto a los otros que he visitado. El Palacio de las Diez Puertas, el Palacio Real, los nichos en sus templos (poco usuales en las construcciones mayas) para oración y auto-sacrificios, las únicas dos columnas redondas encontradas hasta la fecha en una ciudad maya, su muro defensivo perimetral de hasta 3 mts de altura construido en el tercer nivel y su puente de piedra que aún se sostiene, hacen de Aguateca un lugar único y muy especial.

Todo el viaje fue un espectáculo, al grado que nos hizo sentir mucha humildad y agradecimiento por visitar esta fantástica ciudad maya, un tesoro de la humanidad y de nuestra historia.

Con esta emoción y una sensación de mucha energía que emana de Aguateca y la selva petenera, y envueltos en todo su misterio, nos despedimos de esta ciudad que albergó una dinastía real por más de 800 años, descendiendo por la misma vereda que nos había traído desde el río, para abordar la tiburonera que nos llevaría de vuelta al embarcadero. En el trayecto de regreso, meditando y asimilando lo que habíamos atestiguado, como si no hubiese sido suficiente, Aguateca nos sorprendió una vez más con un gran cocodrilo, el famoso crocodylus moreletii nombrado en honor a su descubridor, repostado en la orilla a escasos metros de nuestra lancha, como advirtiendo ser uno de los últimos defensores de esta bellísima ciudad.

Finalmente, con vivencias que perdurarán para el resto de nuestras vidas, con una sensación de condescendencia y agradecimiento con la vida y nuestra historia ancestral, pero llenos de energía, magia, cánticos, y sobretodo, una conexión íntima y especial entre los que emprendimos este viaje, manejamos hacia Flores para despedirnos de una magnífica aventura petenera, donde nos esperaba la última sorpresa del día.

Como dice la canción de Alux Nahual ¡ESTAMOS VIVOS!

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