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Nacionales

La de las mujeres jirafa


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Pasando unos días de relax en Chiang Mai, Tailandia, uno de los turistas que se hospedaban en el mismo hotel que yo, me sugirió lanzarme a la villa de las “mujeres Karen o mujeres jirafa”.

Como lo que me sobraba era tiempo, contraté un guía y tomamos carretera hacia la frontera de Tailandia y Myanmar hacia Karen Padagung, donde viven refugiadas un grupo de estas famosas “Mujeres Jirafas”. Esta comunidad huyó debido a la guerra civil, entre las décadas de los 80 y 90, hacia el norte de Tailandia. No se les reconoce como ciudadanos birmanos ni tampoco tailandeses.

Al llegar a la comunidad, hay una taquilla antes de entrar al caserío, el turismo es su única fuente de ingreso. Las Mujeres Jirafa llevan alrededor del cuello unos anillos de metal que pueden llegar a pesar entre 8 y 11 libras. Estos anillos de latón se van incrementando cada año desde los 5 hasta los 12 años de edad y después se añaden otros, hasta que el cuello llegue a su tope. Se cree que el origen de esta tradición era ponerse estos anillos como símbolo de belleza, mientras más largo el cuello es mayor el atractivo que despierta a los hombres de la etnia. Existen otras versiones que dicen que se utilizan para proteger el cuello del ataque de los tigres o que los collares evitaban el ser esclavizadas por los birmanos, ya que el gran peso de sus adornos les impedía realizar tareas pesadas, lo que reduce su valor como esclavas. Al caminar por su comunidad, vi decenas de mujeres y niñas, unas tejían en el porche de su casa, otras te perseguían para venderte algún recuerdo mientras otras atendían sus rústicos puestos en un mercadito de artesanías.

Hoy en día gran parte de ellas, prefieren esta forma incómoda y esclavizante de decorar su cuello, por un tema económico, mas que por seguir una tradición. Saben que deformando sus cuellos van a atraer al turismo y esta forma de vida les resulta mucho mas rentable. Muchas madres obligan a sus hijas a “seguir la tradición”, no por creencia, sino por asegurarles un futuro económico, volviéndose un “atractivo turístico” para los miles de visitantes que llegan a la aldea de Karen Padaung. Salí de ahí con muchos sentimientos encontrados, por un momento me vi caminando por un zoológico humano, donde persisten los malos tratos que reciben los Kayan, la violación continua de una serie de derechos humanos fundamentales y la vulnerabilidad que sufren como refugiados de guerra. Así es como se han convertido en una mercancía más de la industria turística tailandesa. Intrigante, bello y triste.

 

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