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Nacionales

Entre aplausos y lágrimas sepultan a Humberto Ak’abal en su natal Momostenango


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Totonicapán • En casa de mamá Fermina Ixcamparij viuda de Ak’abal se escuchaba el canto de los pájaros de siempre, los mismos que el poeta maya, Humberto Ak’abal, inmortalizó  en varios de sus poemas.

En ese pequeño cuarto de la casa materna, en el barrio Santa Isabel, Momostenango, Totonicapán, los árboles de pino y fruta danzaban con el viento que se colaba por las pequeñas ventanas. Mientras tanto, adentro, en el patio, un maestro de ceremonias agradecía a la madre tierra por haber prestado estos años al poeta indígena.  

En la casa de mamá Fermina estaban sus demás hijos, sus nietos y sus amigos. Daban la bienvenida a amigos, conocidos, vecinos, políticos y literatos.

Frente a la propiedad, rodeada del azul cielo y el marrón de la tierra que cosechan año con año, estaba la casa de “Betío”, como le llamaban sus más cercanos.

Allí, Rigoberto Itzep, el Aj Q’ij del pueblo, hacía sonar el caracol que invoca al corazón del viento. Así salió el féretro de la casa materna. Así subió las gradas de su casa e ingresó a la sala por última vez.

Un pequeño rótulo recuerda su libro “Guardián de la caída de agua”, nombre con el que bautizó su casa, en donde muchas veces se inspiró para escribir sus versos.

Afuera, abajo de ese letrero, con una foto de su tío, Yamileth Pérez Ak’abal, lloraba la partida. El caracol seguía sonando. El incienso penetraba en los ojos de los presentes.

Su hijo, Nakil Ak’abal Bieri, de 22 años, guatemalteco-suizo, daba las instrucciones para bajar con cautela la caja de su padre y así comenzar el recorrido  y enfilarse hacia la calle que lo llevó al frontispicio de la Municipalidad. Allí hubo actos especiales. declamaron poemas, recordaron su infancia, su pobreza y su lucha contra el racismo sistemático que le restó oportunidades. Allí recordaron su legado, sus poemas, su creación traducida a más de 20 idiomas.

Enfrente de la Municipalidad los pájaros rondaban, lo seguían, cantaban, y veían el ataúd del poeta maya que encima tenía una bandera blanca, roja, negra y amarilla, la que enarboló en defensa de la diversidad de los pueblos de Guatemala.

“Adiós Betío» decían los que le conocían desde muy joven. Los más chicos declamaban sus poemas, sus pequeñas frases que él mismo tradujo del kiche’ al español.

Su féretro café recorrió en hombros de amigos de infancia, de compañeros de estudios, de hermanos, de primos y de vecinos que le admiraron y quisieron.

Humberto Ak’abal se despidió del mundo entre aplausos de quienes le siguieron desde siempre con sus versos de amor, de ternura, de reivindicación, de revolución y de exigencia para que los pueblos indígenas tuvieran un lugar en la sociedad.

Ak’abal viajó del parque central al cementerio general en el barrio Patzité. Allí, una valla de alumnos de un instituto público le aplaudió a su paso hacia el camposanto. Su mamá Fermina, sus hermanas, su hijo, su pareja Mayuli Bieri, no se despegaron de él. Lo llevaron hasta su última morada.

Parados frente al nicho, su mamá Fermina, acompañada de nietos e hijas, miraba fijamente el ataúd. Le dijo adiós. «Me vas a hacer falta», murmuró.

 

Su hijo, Nakil, recordó que había sido un padre ejemplar, que siempre lo hizo reír. Su pareja, Mayuli Bieri, leyó por primera vez el poema “Ánimo” que Humberto Ak’abal le escribió a su hijo.

«Mi hijo ha quedado huérfano a la misma edad que Humberto perdió a su padre. Esto es duro, pero estoy satisfecha porque él siempre luchó por todo, por nosotros, por las causas justas», sollozó Bieri.

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