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Nacionales

Juez advierte a ministro Degenhart sobre seguridad de colaboradores


Los operativos del MP-CICIG que se manejaban con recelo, ahora deben informarse al Viceministro de Seguridad, por disposición del Mingob.

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¿A cuántas personas les interesa conocer el paradero del colaborador eficaz Juan Carlos Monzón Rojas? El ministro de Gobernación, Enrique Degenhart, de acuerdo con fuentes del sector justicia, tendría inquietud sobre la ubicación del hombre que maneja el hilo narrativo de varios casos de corrupción que están por ir a juicio.

Los datos sobre la ubicación de Monzón Rojas son tan sensibles que sobran dedos de una mano para contar a las personas que los conocen, aseguran fuentes informadas. Ni la Fiscal General lo sabe, afirman.

Ayer por la mañana, fueron encontrados los cadáveres de cuatro reclusos con una nota que hacía suponer que colaboraban con el Ministerio Público (MP), lo cual fue desmentido por la institución.

En la tarde, se conoció que Miguel Ángel Gálvez, juez de Mayor Riesgo, apercibió al ministro de Gobernación, Enrique Degenhart, sobre la protección que debe asegurarle a Monzón Rojas, Jorge Guillén Sagastume y Miguel Ángel Martínez Solís, colaboradores en los casos Cooptación del Estado y La Línea.

El jefe de la Fiscalía Especial Contra la Impunidad (FECI), Juan Francisco Sandoval, manifestó que se acudió a la judicatura ante el cambio de autoridades, pues es importante que conozca el compromiso adquirido por Gobernación en el marco de los convenios de colaboración eficaz. Sandoval no descartó seguir la misma ruta en otros juzgados, para resguardar a otros testigos.

En la nota enviada a Degenhart, Gálvez le recuerda que se deben tomar las medidas necesarias para el resguardo de la vida de los colaboradores; que es terminantemente prohibido el traslado de los sujetos a otro centro sin autorización judicial; y, que debe guardar prudencia respecto del lugar donde se encuentran, pues dicha información es en “ESTRICTO CARÁCTER DE RESERVADA” (sic).

“Se le conmina a remitir la presente providencia en el sentido que giren sus instrucciones a donde corresponda a efecto de asegurar los puntos indicados al primer viceministro, segundo viceministro y director general del Sistema Penitenciario”, cita el oficio suscrito por Gálvez.

El Mingob es respetuoso de la ley y ningún privado de libertad o colaborador eficaz puede ser trasladado sin una orden judicial, indicó el vocero de la cartera, Fernando Lucero, al consultar sobre la opinión del Ministro.

Luego de reprogramaciones y recursos legales, se prevé que Monzón Rojas aporte su declaración en calidad de anticipo de prueba a finales de febrero.

 

elPeriódico le indicó al vocero del Mingob sobre la necesidad de plantearle preguntas directamente al ministro Degenhart –sobre su interés en conocer el paradero de Monzón y la coordinación interinstitucional con el Ministerio Público– pero únicamente se obtuvo la siguiente declaración:

“El Ministro espera la máxima coordinación posible y la absoluta subordinación al imperio de la ley”.

 

A oídos del Viceministro

La dinámica de trabajo entre el Ministerio de Gobernación y la Fiscalía Especial Contra la Impunidad (FECI) cambió tras la asunción de Enrique Degenhart y su equipo. Desde entonces, la coordinación para la ejecución de órdenes de captura o allanamientos debe coordinarse con el viceministro de Seguridad, Kamilo Rivera, y no con el mando operativo de la PNC.

Como norma para evitar fugas de información, hasta antes de la llegada de Degenhart, los policías que apoyaban los operativos del MP-CICIG –en su mayoría antinarcóticos por su nivel de especialización y filtros de confiabilidad– desconocían de qué tipo de caso se trataba.

Ahora, la FECI deberá comunicarse directamente con el viceministro Rivera, uno de los sujetos de la investigación que esa fiscalía dirigió en torno a las ejecuciones judiciales de reclusos en Pavón, en 2006, conocido como caso Pavo Real.

 

Rivera es un expolicía exmiembro del comando antisecuestros, dirigido por el asesor venezolano Víctor Rivera.

 

“El Ministro espera la máxima coordinación posible y la absoluta subordinación al imperio de la ley”.

Fernando Lucero vocero del Mingob.

 

 

En el oficio al ministro de Gobernación -emitido hoy- el juez Gálvez le recuerda que la información sobre el centro de reclusión de los colaboradores «es reservada» y le prohíbe efectuar traslados sin su autorización.

 

 

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noticia Tomado de Diario el Clarín
Última hora: ¡Muere Diego Armando Maradona!

Y un día ocurrió. Un día lo inevitable sucedió. Es un cachetazo emocional y nacional. Un golpe que retumba en todas las latitudes. Un impacto mundial. Una noticia que marca una bisagra en la historia. La sentencia que varias veces se escribió pero había sido gambeteada por el destino ahora es parte de la triste realidad: murió Diego Armando Maradona.

El campeón del mundo con la Selección Argentina​ se descompensó en la mañana de este miércoles en la casa del barrio San Andrés, en el partido bonaerense de Tigre, donde vivía desde hacía algunos días luego de haber sido operado de la cabeza. El 30 de octubre había cumplido 60 años. 

Villa Fiorito fue el punto de partida. Y desde allí, desde ese rincón postergado de la zona sur del Conurbano bonaerense se explican muchos de los condimentos que tuvo el combo con el que convivió Maradona. Una vida televisada desde aquel primer mensaje a cámara en un potrero en el que un nene decía soñar con jugar en la Selección. Un salto al vacío sin paracaídas. Una montaña rusa constante con subidas empinadas y caídas abruptas.

Nadie le dio a Diego las reglas del juego. Nadie le dio a su entorno (un concepto tan naturalizado como abstracto y cambiante a la lo largo de su vida) el manual de instrucciones. Nadie tuvo el joystick para poder manejar los destinos de un hombre que con los mismos pies que pisaba el barro alcanzó a tocar el cielo.

Quizá su mayor coherencia haya sido la de ser auténtico en sus contradicciones. La de no dejar de ser Maradona ni cuando ni siquiera él podía aguantarse. La de abrir su vida de par en par y en esa caja de sorpresas ir desnudando gran parte de la idiosincrasia argentina. Maradona es los dos espejos: aquel en el que resulta placentero mirarnos y el otro, el que nos avergüenza.

A diferencia del común de los mortales, Diego nunca pudo ocultar ninguno de los espejos

Una imagen icónica de Maradona.

Es el Cebollita que solo tenía un pantalón de corderoy y es el hombre de las camisas brillantes y la colección de relojes lujosos. Es el que le hace cuatro goles a un arquero que intenta desafiarlo y al mismo tiempo el entrenador que intenta chicanear a los alemanes y termina humillado. Es el que se va bañado de gloria del estadio Azteca y el que sale de la mano de una enfermera en Estados Unidos. Es el que arenga, el que agita, el que levanta, el que motiva.

El que tomaba un avión desde cualquier punto del mundo para venir a jugar con la camiseta de la Selección. El del mechón rubio y el que estaciona el camión Scania en un country. Es el gordo que pasa el tiempo jugando al golf en Cuba y el flaco de La Noche del Diez. El que vuelve de la muerte en Punta del Este. Es el novio de Claudia y es también el hombre acusado de violencia de género. Es el adicto en constante lucha. El que canta un tango y baila cumbia.

El que se planta ante la FIFA o le dice al Papa que venda el oro del Vaticano. El que fue reconociendo hijos como quien trata de emparchar agujeros de su vida. Un icono del neoliberalismo noventoso y el que se subió a un tren para ponerse cara a cara contra Bush y ser bandera del progresismo latinoamericano. Es cada tatuaje que tiene en su piel, el Che, Dalma, Gianinna, Fidel, Benja… Es el hombre que abraza a la Copa del Mundo, el que putea cuando los italianos insultan nuestro himno y el que le saca una sonrisa a los héroes de Malvinas con un partido digno de una ficción, una pieza de literatura, una obra de arte.

Porque si hubiera que elegir un solo partido sería ese. Porque no existió ni existirá un tramo de la vida más maradoneano que esos cuatro minutos que transcurrieron entre los dos goles que hizo el 22 de junio de 1986 contra los ingleses. El mejor resumen de su vida, de su estilo, de lo que fue capaz de crear. Pintó su obra cumbre en el mejor marco posible. Le dijo al mundo quién es Diego Armando Maradona. El tramposo y el mágico, el que es capaz de engañar a todos y sacar una mano pícara y el que enseguida se supera con la partitura de todos los tiempos.

Barrilete cósmico. Y la pelota no se mancha. Y las piernas cortadas. Y que la sigan chupando. Y la tortuga que se escapa. Y el jarrón en el departamento de Caballito, el rifle de aire comprimido contra la prensa, la Ferrari negra que descartó porque no tenía estéreo, la mafia napolitana y toda una ciudad que elige vivir en pausa, rendida a su Dios. Es el de las canciones, el los documentales a carne viva y las biografías siempre desactualizadas.

El que levanta el teléfono y llama cuando menos lo esperás y más lo necesitás. El que jugó partidos a beneficio sin que nadie se enterara. El que pasa del amor al odio con Cyterszpiler, con Coppola o con Morla. El que siempre vuelve a sus orígenes y le presta más atención a los que menos tienen.

Es el abuelo baboso y el papá inabordable.

Es antes que todo y por sobre todas las cosas el hijo de Doña Tota y de Don Diego.

Y Maradona es en presente pese a que de los que mueren haya que escribir en pasado. Es el que en Dubai se codeaba con jeques y contratos millonarios y el que en Culiacán y con 40 grados a la sombra pedía un guiso a domicilio. El que internaron en un neuropsiquiátrico. El que pudo dejar la cocaína. El que hizo jueguitos en Harvard. Es el que como entrenador de Gimnasia vivió un postergado homenaje del fútbol argentino. Aquel que había dirigido a Racing y a Mandiyú no era este último Diego de las rodillas chuecas, las palabras estiradas y las emociones brotando sin filtro.

Es también Maradona el hombre que se fue apagando. Se resquebrajó su cuerpo y empezó a sacar a la luz tantos años de castigo físico, de desbordes, de excesos, de patadas, de infiltraciones, de viajes, de adicciones, de subibajas con su peso, de andar por los extremos sin red de contención.

Y el alma se fue apagando al compás del cuerpo. En el último tiempo ya no quería ser Maradona y ya no podía ser un hombre normal. Ya nada lo motivaba. Ya no servía el paliativo de los antidepresivos ni las pastillas para dormir. Y la combinación con alcohol aceleraba la cinta. Cada vez menos cosas encendían su motor: ni el dinero, ni la fama, ni el trabajo, ni los amigos, ni la familia, ni las mujeres, ni el fútbol. Perdió su propio joystick. Y perdió el juego.

Lo llora Fiorito, escenografía inicial de esta historia de película y pieza fundacional para comprender al personaje. Lo lloran los Cebollitas donde se animó a soñar en grande. Lo llora Argentinos Juniors donde no solo es nombre del estadio sino el mejor ejemplar de un molde que genera orgullo. Lo llora Boca y toda la pasión que unió a un vínculo que fue mutando pero conservó el amor genuino. Lo llora Nápoles, su altar maravilloso en el que con una pelota cambió la vida de una ciudad para siempre. Lo lloran también Sevilla, Barcelona y Newell’s, que infla el pecho por haberlo cobijado.

Y lo llora la Selección porque nadie defendió los colores celeste y blanco como él. En definitiva, lo llora el país entero y el mundo.

Entre tantas cosas que hizo en su vida, Maradona hizo una particularmente exótica: se entrevistó a sí mismo. El Diego de saco le preguntó al de remera de qué se arrepentía. “De no haber disfrutado del crecimiento de las nenas, de haber faltado a fiestas de las nenas… Me arrepiento de haber hecho sufrir a mi vieja, mi viejo, mis hermanos, a los que me quieren. No haber podido dar el 100 por ciento en el fútbol porque yo con la cocaína daba ventajas. Yo no saqué ventaja, yo di ventaja”, se contestó en una sesión de terapia con 40 puntos de rating.

En ese mismo montaje realizado en 2005 en su programa “La noche del Diez”, el Diego de traje le propuso al de remera que deje unas palabras para cuando a Diego le llegue el día de su muerte. “Uhh, ¿qué le diría?”, piensa. Y define: “Gracias por haber jugado al fútbol, gracias por haber jugado al fútbol, porque es el deporte que me dio más alegría, más libertad, es como tocar el cielo con las manos. Gracias a la pelota. Sí, pondría una lápida que diga: gracias a la pelota”.

noticia Rosalinda Hernández Alarcón
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noticia AFP
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