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Nacionales

Cinco horas de tu tiempo a cambio de un “sticker”


Estaba a unos metros de la puerta principal de Migración, pero no podía entrar.

 

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Las noticias de la radio reportaban que los vuelos estaban suspendidos por la niebla que cubría el valle de la ciudad. Imaginé una copa gigante llena de hielo seco. El locutor hablaba de decenas de pasajeros varados en el Aeropuerto y otros que tuvieron que aterrizar en El Salvador. “No se sabe en cuánto tiempo se disipará este fenómeno meteorológico”, explicaba el entrevistado.

Las fotografías de los medios electrónicos parecían atravesar con dificultad la densidad de la nebulosa. Los aviones asomaban apenas sus rotores entre aquella atmósfera bastante más parecida a un sueño. Densidad, aviones que no podían despegar. Se asomaba un presagio: aunque quisiera, no podría salir del país porque mi pasaporte está vencido y precisamente, iba a renovarlo.

A las 7:45 horas llegué a la sede de la Dirección General de Migración, en la zona 4. Me recibió un enjambre de tramitadores. “¿Para qué vas a hacer esa gran cola?”, me cuestionaban. Excéptico –y resignado– me abrí paso entre ellos.

Me recibió un escenario caótico, también parecido a un sueño. Una masa de gente que parecía flotar sobre un mar de gritos. Era imposible saber dónde empezaba y dónde terminaba la fila.

Caminé entre las personas para saber dónde debía formarme. Los tramitadores me seguían de cerca. “La cola va allá por la entrada”, me explicó un señor que sostenía, casi celosamente, un periódico.

La fila era como una inmensa escolopendra humana que zigzagueaba sobre sí misma y recorría todo el edificio en forma de “ele”. Eran las 8:15 y Migración seguía cerrada. Pensé que era el último de la fila y lamenté no llegar más temprano, pero detrás de mí ya había unas veinte personas más y seguían llegando.

“¿Esta cola es para renovar, para primer pasaporte o para el banco?”, oía preguntar más de una vez. La respuesta que más se acercaba a una certeza era: “es una fila para todo”. Lo único evidente era el caos.

A las 8:25 salieron los primeros trabajadores de Migración y empezaron a revisar los documentos. La gente se sintió aliviada. Me acerqué a uno de ellos para preguntarle si esa absurda y colosal fila era para cualquier tipo de trámite. Me ignoró. Un agente de la Policía Nacional Civil lanzó un “sí” indiferente. Volví a la fila. La escolopendra se alargaba. Los tramitadores persuadían a sus potenciales víctimas.

Estafas a plena luz

En la cola había de todo, desde niños que alquilan bancos plásticos por Q1 hasta estafadores que te cobran Q400 por tramitarte el pasaporte. “No haga cola joven, tengo unos puestos más adelante, cincuenta le cobro”, era otro de los servicios.

Detrás de mí, una mujer que acompañaba a su madre de 60 años pagó Q375 por un “número”. Los tramitadores le dijeron que había llegado tarde y que ya no podría renovar su pasaporte esa mañana, así que le prometieron “un número”, que no era para pasar más rápido, sino para entrar. La mujer aceptó. El hombre detrás de ella le dijo que todos pasaríamos tarde o temprano, pero ella le explicó que venía de muy lejos y que a su mamá le costaba mucho caminar.

El tramitador, alto, de tez morena y con una chaqueta deportiva en la que se leía “USA”, volvió con un recibo de pago. Le aseguró que solo tenía que esperar… “¿Y mi número?”, preguntó la mujer. “Ese se lo van a venir a dar después los de Migración”. “Pero… usted me dijo que me iba a dar uno”. “No madre, yo solo le dije le iba a ahorrar la cola del banco”. “Pero…”. Ella reclamaba. Él no la dejaba hablar y le pedía que le pagara lo acordado. “Déjeme para mi taxi aunque sea”, negociaba la mujer. “Va, deme tres setentaicinco pues…” Eran las 9:35.

Mal servicio y desinformación

Dos horas después de iniciada la cola llegué al extremo más corto de la ele, a la primera curva de la escolopendra. Un hombre buscaba que alguien le diera cola. Decía que fue al baño y perdió el número que un trabajador de Migración colocaba en los papeles. “Háblele, explíquele lo que le pasó”, le dijeron los jóvenes que estaban frente a mí en la fila. “Ya lo hice, pero me mandaron a hacer cola otra vez”, dijo desesperado.

El famoso “número” era, en efecto, un número correlativo que un trabajador de Migración ponía a cada persona después de revisar sus documentos.

“Yo solo vengo a solicitar el sticker, ¿igual debo hacer esta fila?”, le pregunté cuando manoseó mis documentos. “No es un sticker, es una extensión”, me dijo mientras garabateba un número de tres cifras en mis fotocopias. Se fue sin responder a mi pregunta.

Más adelante, otro trabajador colocó un código de barras en la primera página de mis hojas. Han pasado más de tres horas y media desde que llegué, calculo media hora más y empiezo a sentir un leve dolor en las piernas.

A pocos pasos de la entrada, otro trabajador de Migración vio a una señora mayor en la fila y le preguntó la edad. “Pase primero señora, usted tiene prioridad”, le dice después de cuatro horas en la fila. La señora camina, parsimoniosa, del brazo de su hija. “Tuvo suerte”, murmura alguien.

Una hora más

A mediodía llegué al lugar donde empecé. La única diferencia es que estaba en el umbral de la puerta. Un joven me entregó un papel con mi turno: “A364”, leí. Oí una voz robótica que recitaba: “Turno A, 252, pase a puesto 6”. El salón estaba hacinado y más de cien personas esperaban turno antes que yo. Al menos ya no me quema el sol, me resigné.

La máquina pasaba los turnos. La voz robótica dijo el mío. “Su dirección… ponga su índice derecho aquí… péguese a la pared para la foto…”. Salí en menos de diez minutos y me dirigí a otro salón, donde me entregaron una hoja con mi foto y me pidieron pasar a otra ventanilla, donde una joven se ahogó con su café y se levantó justo cuando iba a entregarle mis documentos. Se disculpó y retomó su trabajo. “Siéntese y cuando escuche su nombre pasa a esa ventanilla”, dijo mientras señalaba con el dedo un mostrador vacío.

Había unas treinta personas en ese salón. Hablaban y no me dejaban oir. Después de unos minutos me entregaron mi pasaporte viejo con la “extensión” (sticker). Revisé los datos con detenimiento. Salí de Migración con un sentimiento que no terminaba de definirse como victoria o resignación. Afuera, el cielo ya está despejado.

 

US$30

 

es el costo de la cartilla nueva del pasaporte. El pago debe efectuarse en cualquier agencia de Banrural.  El sticker, válido por un año y medio no tiene costo.

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