Martes 20 DE Noviembre DE 2018
Nación

Arzú, a la distancia

Por: Jose Rubén Zamora

Fecha de publicación: 23-10-17
Por: Jose Rubén Zamora
Más noticias que te pueden interesar

Una vez más, Álvaro Arzú se retrata como lo que es: un hombre de doble moral, berrinchudo, arbitrario, que a sus más de siete décadas y no obstante haber superado un cáncer delicado, no termina de madurar ni de mostrar consistencia frente a la ley y las instituciones.

Nadie puede analizar sus ejecutorias, sin dejar de reconocer sus grandes realizaciones concretas: consiguió la firma de la Paz. Es cierto, la apabullante victoria militar sobre la guerrilla tuvo lugar en 1982 y, con el Serranazo de 1992, las fuerzas insurgentes perdieron su capital político internacional, cuando Estados Unidos y Europa se percataron de que en Guatemala existía dentro del Ejército una corriente reformista, cuya cabeza visible era Otto Pérez Molina, que en aquellos días defendía la institucionalidad y la Constitución. Sin embargo, la guerra se mantenía de manera ficticia y servía de cortina de humo para que militares, en posiciones clave y estratégicas de poder, abusaran de los guatemaltecos, con absoluta impunidad.

Durante su gestión de gobierno, Arzú impulsó y desarrolló infraestructura de soporte a la producción, sin precedentes desde finales de la década de los setenta. No obstante, tuvo lugar en un contexto de ausencia de transparencia, arreglos, nepotismo y amiguismo y sobreprecios arbitrarios.

A lo largo de poco más de tres años de su administración, las políticas fiscales, monetarias, cambiarias y crediticias guardaron integralidad, consistencia, coherencia y eficacia. Las estrategias y la ejecución de políticas públicas en los campos de la educación y la salud rompieron con la inercia del pasado y empezaron a responder con impacto a las exigencias y demandas de la realidad del país.

Pero tampoco se puede tapar el sol con un dedo y excluir de su legado que, durante su mandato presidencial, el Estado de Derecho y la carabina de Ambrosio eran prácticamente lo mismo: no tuvo empacho en privatizar Guatel –pisoteando la Constitución– y de entregársela al mexicano Carlos Slim, uno de los empresarios más corruptos del planeta. De colofón, dejó de accionistas a muchos de sus funcionarios clave y, lo largo del proceso de privatización, favoreció que sus allegados de confianza se transformaran en millonarios emergentes.

Apañó, sin inmutarse, asesinatos extrajudiciales y operaciones clandestinas de grupos paramilitares; negoció con los jefes de la Red Moreno, los militares Ortega y Jacobo Salán, a quienes por cierto condecoró, en lugar de darles de baja con deshonor del Ejército y abrirles causa criminal. Es decir, concedió impunidad a cambio de una mayor participación de sus allegados en los florecientes negocios del crimen organizado.

Exoneró de fiscalización el presupuesto del último año de su antecesor Ramiro de León, como agradecimiento al financiamiento electoral ilícito que este le consiguió de Taiwán, que junto a J.I. Cohen, Ángel González y, en menor medida, Sigma Constructores, fueron sus mayores financistas electorales.

Las millonarias donaciones recibidas, explica la luna de miel con Taiwán (que más tarde se prolongó por las mismas razones con el gobierno de Alfonso Portillo), así como la regularización del usufructo vitalicio gratuito de las frecuencias de televisión abierta para Ángel González (quien a su vez ha beneficiado a Arzú con propaganda oficiosa diaria, desde 1990 hasta la fecha, en los noticieros del obsceno monopolio televisivo); la consolidación del imperio de medicamentos de Cohen; y la regularización y extensión sin límites de contratos abusivos y no competitivos, que han superado los Q30 millardos, para Sigma, en la construcción de carreteras.

Durante su mandato, Arzú se burló de la Ley de Compras y Contrataciones, de la transparencia y de la fiscalización, con el uso intenso de fideicomisos (que multiplicó como hongos en la administración central del Estado), oenegés y organizaciones inmorales, como la Organización Internacional de Migraciones, que se convirtieron en mecanismos por medio de los cuales se hizo cualquier cantidad de corruptelas. Un ejemplo, la utilización de recursos destinados a los refugiados, para que su sobrino Enrique Godoy remodelara e hiciera de las suyas en el Campo Marte, seguramente sin la respectiva licencia municipal.

Para curarse en salud, Arzú eliminó de nuestras leyes el delito de enriquecimiento ilícito, con lo cual también protegió a muchos de sus hoy millonarios funcionarios. Tristemente, los atajos perversos que encontró para canalizar los recursos del Estado y la eliminación del delito de enriquecimiento ilícito, sirvieron de sombrilla blindada para que Portillo, Ríos Montt y su gavilla, Sandra Torres, Roxana Baldetti y Otto Pérez y sus huestes de colección, asaltaran sin misericordia las arcas estatales.

Álvaro Arzú mantuvo el Ministerio Público, además de la famosa Oficinita (una especie de CICIG pero del mal) del Tío Güicho Mendizábal, en manos militares –particularmente de su protector/protegido, amigo/chantajista, el general Espinoza y de inteligencia militar– para controlar y desviar a conveniencia las investigaciones criminales: siguen impunes el salvaje asesinato de Edgar Ordóñez Porta y el de monseñor Gerardi.

Sin arrugarse y sin entender, como Canciller de Jorge Serrano Elías, contravino la Constitución y, junto a Said Mussa, terminó por convertirse en prócer de la independencia de Belice. Cuando el Congreso de turno quiso interpelarlo, renunció, saliendo con sigilo por la puerta de atrás.

Debido a su egolatría, forzó al Banguat, al Ministerio de Finanzas Públicas y al INE a que “torturaran” las estadísticas del país, ignorando que al manipular artificialmente las cifras, sobre todo deteniendo el censo en 8 millones de habitantes (con el propósito ridículo de mostrar al mundo que había incrementando el ingreso per cápita, como uno de sus grandes logros), privaría a nuestros compatriotas de beneficios migratorios y, al país, del acceso a importantes programas sociales y de desarrollo y cooperación bilateral y multilateral, tal el caso de la FAO.

Durante su gestión, la clase media perdió Q2.2 millardos en ahorros, en financieras reguladas, cuyos dueños huyeron con los bolsillos llenos, en medio del silencio cómplice del gobierno, que por razones de “imagen” apachó el asalto. Para cubrir las espaldas de los estafadores, no le importó comprometer la solvencia del Crédito Hipotecario Nacional, que utilizó como una especie de banca central para asistirlos, en lugar de pensar en los ahorrantes.

Como la ignorancia es insolente, más aún cuando es enciclopédica, como la supo reconocer con facilidad y absoluto tino el respetado erudito Jorge Skinner Klée, cuando Álvaro Arzú trató de explicar su absurdo y dañino rechazo del TPS para los migrantes que tuvo al alcance de su mano –como El Salvador y Honduras lo han tenido hasta la fecha–, luego del huracán Mitch, dijo orgulloso: “No necesitamos ayuda”. Lo mismo le dice la mosca ociosa al buey desde su lomo mientras descansa: “vamos arando”.

De regreso como Alcalde de la Ciudad, ha manejado el 97 por ciento de los recursos municipales vía oscuros fideicomisos. Transformó la Municipalidad en un Edén para el nepotismo y los amigos incondicionales.

En Oakland, zona 10, de manera ilegal, permitió la construcción de un edificio de siete pisos, cuando las leyes y reglamentos municipales permitían solo cinco. Lo hizo sencillamente porque se le daba la gana beneficiar a sus amigos, y por un buen tiempo se pasó por el arco del triunfo, la sentencia judicial que ordenaba que se detuviese la obra.

No obstante la prohibición expresa de la Constitución en el Artículo 257, recibió ilegalmente más de Q800 millones de Finanzas Públicas, supuestamente destinados para el transporte público, como pago de su apoyo incondicional y el de su bancada en el Congreso de la República  y su defensa oficiosa de Sandra Torres y Álvaro Colom.

En el diferendo territorial con el alcalde de Santa Catarina Pinula, llegó a extremos que solo tienen cabida en el realismo mágico de García Márquez: caprichosamente y en franca venganza, retiró el transporte público, la seguridad y puso a funcionar, por días, semáforos esta vez sin sincronización, aunque parezca locura, para entorpecer el tráfico.

En su periodo prolongado, cual alcalde de pueblón bananero, nadie –excepto parientes y amigos– han logrado una licencia de construcción sin pasar besando al rey con coimas en efectivo o en especie, muchas trianguladas por medio de proveedores serviles.

No cabe duda de que Arzú terminará sus días con sus síndromes de niño mimado y caprichoso, de insolente administrador, creyendo que solo tiene derechos y ninguna obligación.

A los señoritos como Arzú, cuando alguien les pone límites, con o sin razón, solo pueden responder con chantajes –como él lo hizo en tiempos de Berger con el aeropuerto La Aurora–, infamias y calumnias. No tienen escrúpulos, y están acostumbrados a acudir a sus esbirros para que les hagan, sus “trabajitos” de alcantarilla. Al igual que Porfirio Díaz, en México, y Manuel Estrada Cabrera, en Guatemala, los especímenes políticos semejantes consideran que sus amigos e incondicionales tienen derecho a lo que quieran, mientras que a sus adversarios y enemigos les corresponde la aplicación arbitraria de la Ley.

Como buenos niños mimados, jamás les pusieron límites en casa: todo les era permitido y tolerado y quedaba en la impunidad. Cuando salían fuera de casa, se conducían como si estuviesen en sus territorios propios. Es obvio que una criatura sin régimen no tiene conciencia de sus límites. Solo ellos existen y exigen de los demás absoluta subordinación. Nunca quieren dar razones ni quieren tener razón, simplemente están resueltos a imponer sus caprichos.

Álvaro Arzú es de los pocos seres humanos que se siente orgulloso y presume, ante niños y niñas de las escuelas y colegios que visitan la Muni, de su ignorancia, de su falta de educación y cultura y les sugiere evadir los estudios y la academia. Les suele decir que jamás estudió y aun así, alcanzó la Presidencia. En lugar de reflexionar que, de haber estudiado, su gobierno hubiera podido tener más significado para Guatemala.

Es momento de que a Arzú se le abra esa extraña mezcla de caja negra y caja de Pandora, en que ha convertido los fideicomisos municipales, diseñados con perversidad para su beneficio y el de su gavilla voraz, que en conjunto han devorado incesantemente los recursos de Tu Muni y han envilecido el sistema político del país. Al menos, a Álvaro Arzú, no se le puede negar la paternidad de la corrupción de la era democrática.

Publicar esta columna me desagrada: estimo y respeto a hijos, hijos políticos, primos y sobrinos políticos y consuegros de Álvaro Arzú y entiendo los golpea. Sin embargo, es mi obligación y responsabilidad, aunque inevitablemente mis afectos, amistades y mi muy erosionada popularidad (que jamás me ha preocupado), experimenten daños severos y difíciles de reparar.

Etiquetas: