Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
Nación

“Ha sido un año muy duro, de llorar y llorar”, dice Samuel Morales, quien perdió a su esposa y tres hijos

La pesadilla no acaba doce meses después del deslave ocurrido en El Cambray II, y que causó la muerte de al menos 280 pobladores.

Fecha de publicación: 30-09-16
Por: Sonia Pérez / AP
Más noticias que te pueden interesar

Santa Catarina Pinula — Un año después del deslave que hoy hace un año mató al menos a 280 personas, El Cambray II es un pueblo fantasma al que algunos aún se aferran, porque no tienen a dónde ir.

Casas abandonadas o semienterradas, ropa, zapatos y juguetes son los testigos de lo que alguna vez fue un lugar activo en las afueras de la capital y que hoy es, literalmente, un cementerio.

Tras el alud del 1 de octubre del 2015, brigadas de socorro mantuvieron por dos semanas las labores de rescate y excavaciones antes de suspender la búsqueda de más víctimas.

El cálculo oficial es que al menos 70 personas quedaron desaparecidas, probablemente enterradas debajo de toneladas de tierra de la montaña que se vino sobre El Cambray II.

Las autoridades dijeron que el alud se debió a la erosión de la base de la montaña por el agua de las lluvias y un río que la bordeaba.

La Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres estima que en  Guatemala hay más de 8 mil puntos donde vive gente y que son vulnerables a inundaciones, derrumbes y otros desastres, aunque ninguna de esas comunidades ha sido reubicada en el último año.

De El Cambray II, unas 216 familias quedaron sin hogar. El gobierno presupuestó en 2015 alrededor de 2.6 millones de dólares para construir 181 casas a unos kilómetros de ahí. Sin embargo, a un año de la tragedia apenas si se han construido 30, aunque ninguna es habitable aún: están sin ventanas, puertas, ni luz.

En la zona del desastre no hay agua potable, ni luz, pero cuatro familias permanecen en las humildes viviendas que quedaron de pie a unos metros del deslave.

“No tenemos a dónde ir”, dice Sonia Ramos, quien vive al pie de una parte de la montaña que se derrumbó. Las autoridades le han pedido deshabitarla, pero ella se niega y no hay ley que la obligue a salirse. Su casa, que esa noche quedó en pie, se convirtió en el centro de operaciones de rescate de las víctimas y en la morgue provisional.

Carlos Cac Pedroza tenía 17 años el día de la tragedia y hoy está completamente solo. Toda la familia —su madre y siete hermanos— murió bajo las rocas y la tierra. “Yo soy de aquí, no me hallo si me voy, no sé vivir en otro lado”, dice el joven, a quien Ramos acogió en su casa.

Tiempo después del alud, Cac regresaba a donde una vez estuvo su casa y se echaba tierra encima diciendo que quería morirse, cuenta Ramos entre lágrimas. Parece querer llorar, pero no lo hace y solo tiembla al recordar que sobrevivió porque su mamá lo envió a comprar un huevo. “El destino me quitó a mi mamá, a toda mi familia”, dice, pero asegura que busca sobreponerse. “Ahí voy adelante”, añade.

La fiscalía responsabilizó al alcalde Víctor Alvarizaes y a su antecesor Antonio Coro por no haber previsto el riesgo que corría la población ni desarrollado medidas de prevención. Ambos están acusados de homicidio culposo, aunque quedaron libres bajo fianza y han negado responsabilidad en las muertes.

Alba Sen, de 33 años, vivía a menos de 100 metros de donde se desgajó la montaña y aún llora por la muerte de sus padres y cuatro hermanos, cuya casa quedó sepultada. Ella, su esposo e hijos salieron ilesos.

“Mi esperanza era ver la casa de mis papás, pero cuando llegue corriendo ya no había nada, solo había una gran piedra y un árbol atravesado, ahí se acabó mi esperanza”, recuerda Sen, quien recuperó los cuerpos de sus progenitores y tres de sus hermanos. A ellos los enterró, pero su hermana Brenda, de 25 años, nunca apareció.

La pesadilla no ha desaparecido para los sobrevivientes.

Samuel Morales perdió a su esposa y sus tres hijos. “Una de las máquinas halló al nene, salió entero, colgadito en el gancho de la máquina, pero cuando la máquina lo jaló se le quebró su cabecita, su cerebro, yo mismo con mis manos lo comencé a juntar”, dice el hombre de 43 años, y llora cuando recuerda que el 1 de octubre celebraba el Día del Niño y que le cumplió un último deseo a su pequeño: comer papas fritas.

En la desesperación por encontrar a su familia, Morales se enfrentó con una pequeña pala a los miles de metros cúbicos de tierra caídos. Días después, cuando no lo dejaron entrar más al lugar, se disfrazó de rescatista, y al final convenció a las autoridades para que maquinaria pesada escarbara en su casa, donde rescató los cadáveres de sus parientes.

Once días después del alud, Morales los enterró. Pero en mayo de 2016, seis meses después de la tragedia revivió el luto: el Instituto Nacional de Ciencias Forenses le notificó que encontró más restos de su esposa. Ahora, en el cementerio local hay dos nichos con los restos de Teresa Pérez.

“Ha sido un año muy duro, de llorar y llorar”, dice.

 

Etiquetas: