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En medio de la pobreza y la enfermedad


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La pobreza, más aguda en el sur del país, alcanzó un nivel desesperado, acentuada por la sequía y el aumento de precios desde la invasión de Ucrania por parte de Rusia.

Las salas desbordadas del deteriorado hospital del distrito Musa Qula, en el sur de Afganistán, son uno de los símbolos de la dramática crisis humanitaria que vive el país, un año después del regreso al poder de los talibanes.

El mes pasado, este hospital de la provincia de Helmand se vio forzado a cerrar sus puertas, salvo para las personas sospechosas de estar infectadas por el cólera.

La enfermería rápidamente se encontró repleta de pacientes apáticos, con agujas de perfusión clavadas en las muñecas.

Aunque la clínica no dispone del material necesario para diagnosticar el cólera, alrededor de 550 pacientes se presentaron en pocos días.

“Es muy difícil”, dice Ehsanullah Rodi, el jefe del hospital, agotado por la situación y que no duerme más de cinco horas diarias.

“No habíamos visto algo así el año pasado, ni antes”, asegura.

Los talibanes tomaron el poder en Afganistán el 15 de agosto aprovechando la retirada precipitada de las fuerzas extranjeras dirigidas por Estados Unidos.

Desde entonces, la violencia disminuyó, pero la crisis humanitaria se ha agravado rápidamente.

“Ni siquiera pan seco”

La pobreza, más aguda en el sur del país, alcanzó un nivel desesperado, acentuada por la sequía y el aumento de precios desde la invasión de Ucrania por parte de Rusia.

“Desde que el Emirato (talibán, ndlr) está en el poder, no podemos ni siquiera encontrar aceite”, lamenta una mujer en una cama del hospital en Lashkar Gah, la capital provincial de Helmand, junto a su nieto de seis meses que padece malnutrición.

“Los pobres son aplastados a sus pies”, añade a propósito de los talibanes esta mujer de 35 años, con el rostro escondido tras un velo.

Su nieto recibe tratamiento por quinta vez en el hospital Boost, un embrollo de edificios gestionado conjuntamente por el ministerio afgano de Salud y Médicos Sin Fronteras (MSF).

“Ni siquiera podemos encontrar pan seco”, se desespera Breshna, la madre de otra paciente. “No tenemos nada para comer desde hace tres o cuatro días”.

El personal “no tiene descanso”, asegura Homeira Nowrozi, la supervisora adjunta de enfermería.

“Tenemos muchos pacientes que llegan en un estado crítico” porque los padres no pudieron desplazarse antes, explica.

“No sabemos cuántos decesos (…) tenemos en los distritos” porque muchas personas “no vienen al hospital”, añade Nowrozi, que se esfuerza para hacerse escuchar en medio de los gritos y los llantos de los niños.

Ayuda humanitaria interrumpida

Aunque los problemas económicos empezaron mucho antes del regreso talibán, el cambio de poder colocó al país de 38 millones de habitantes al borde del precipicio.

Estados Unidos congeló los 9.500 millones de dólares de activos del banco central, el sector financiero se hundió y la ayuda extranjera, que representaba el 45% del PIB del país, se interrumpió repentinamente.

“¿Cómo aportar ayuda a un país del que no reconoces su gobierno?”, apunta Roxanna Shapour, de Afghanistan Analysts Network (AAN).

La ayuda humanitaria ante crisis como el terremoto de junio, que mató a más de 1.000 personas y dejó a decenas de miles sin hogar, es simple porque se trata de una ayuda “apolítica, es una ayuda vital”, explica.

También se han enviado fondos en avión para financiar la ayuda alimentaria y la atención sanitaria. Pero la ayuda para proyectos a largo plazo es más compleja.

“Si entras en el país y dices: Voy a pagar todos los salarios de los profesores, eso está muy bien”, dice Shapour. “Pero entonces, ¿qué harán los talibanes con el dinero que no destinarán a los salarios de los profesores?”, continúa.

En Musa Qala, la economía parece apenas subsistir gracias a la reparación de motocicletas, a la venta de huesos de aves de corral y a las bebidas energéticas conservadas a temperatura templada en sucios congeladores.

El gobierno les queda grande

La ciudad, testigo de algunos de los capítulos más sangrientos de la guerra de 2001-2021, está conectada a Lashkar Gah por una pista que remonta el lecho de un río reseco.

La carretera se reanuda más al sud, en Sangin, donde las paredes de adobe han sido tan dañadas por disparos de artillería que se hunden.

“Ahora, podemos ir al hospital, sea de noche o de día”, explica Maimana, cuya hija Asia, de 8 años, está siendo tratada en Musa Qala. “Antes, había combates y minas, las carreteras estaban bloqueadas”, recuerda.

El flujo de nuevos pacientes significa que hay “menos lugar” y “menos personal, con lo cual hay dificultades”, explica el director de sanidad pública de Helmand, Sayed Ahmad.

Sin embargo, este médico de voz dulce cuya oficina está decorada con libros de medicina, insiste en que “la situación global es mejor” que bajo el anterior gobierno, donde la corrupción era moneda corriente.
La bandera talibana ondea abiertamente en Helmand, izada sobre edificios agujereados por disparos.

Después de dos décadas suspirando por controlar el país, los talibanes lo han conseguido en el momento en que la nación está más arruinada.

“El traje del gobierno les queda demasiado grande”, dice un hombre en Lashkar Gah, que pide mantener el anonimato.

Agencias
Las mejores agencias de noticias desplegadas por todo el mundo, reportando los hechos para elPeriódico.

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