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Mundo

Afganistán un año después de regreso al poder de los talibanes


El país está actualmente hundido en un espiral de crisis: financiera, económica y humanitaria. Millones de afganos viven en la pobreza.

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Un año después del impactante regreso al poder de los talibanes en Afganistán, surgen divisiones en sus filas frente a los colosales desafíos que enfrentan los exinsurgentes y nuevos dueños del país.

Su victoria puso fin a los combates y dio algo de respiro a los afganos, particularmente en zonas rurales devastadas por dos décadas de violencia.

Pero Afganistán está actualmente hundido en un espiral de crisis: financiera, económica y humanitaria. Millones de afganos viven en la pobreza, muchos se han endeudado por primera vez este año y algunas familias desesperadas han tenido que escoger entre vender a sus hijas pequeñas o sus órganos.

En este contexto, “hay una parte que promueve lo que considera reformas, y otra parte que parece pensar que incluso estas escasas reformas son demasiado”, explica Ibraheem Bahiss, analista de Afganistán para el International Crisis Group.

Cambios “simbólicos”

Algunos dirigentes han alardeado de un nuevo tipo de régimen pero, para muchos observadores, los cambios hasta ahora son superficiales.

Muestras sobre todo “simbólicas” para engatusar a Occidente, que ha financiado el país con ayuda externa en los últimos 20 años, y no verse aislados del sistema financiero mundial.

La tecnología o las relaciones públicas forman parte de la vida cotidiana de los funcionarios de Kabul, los partidos de críquet son aplaudidos en estadios llenos hasta la bandera y los ciudadanos tienen acceso a internet y a las redes sociales.

Las hijas pueden acudir a la escuela primaria y las mujeres periodistas entrevistan a responsables del gobierno, algo impensable durante el primer mandato talibán entre 1996 y 2001.

“Hay algunos casos donde podríamos señalar una evolución política pero seamos claros (…) estamos todavía en presencia de una organización que se niega a dejar atrás algunos puntos de vista dogmáticos muy retrógrados”, estima Michael Kugelman, especialista de Afganistán en el centro de reflexión Wilson Centre.

Numerosos colegios de secundaria para chicas siguen cerrados y las mujeres se ven excluidas de los empleos públicos. La música, la shisha o los juegos están estrictamente controlados en las zonas conservadoras, mientras que las manifestaciones son reprimidas y los periodistas se ven regularmente amenazados o detenidos.

Además, las nuevas autoridades ignoraron las peticiones occidentales a favor de un gobierno inclusivo.
El asesinato del líder de Al Qaida en Kabul hace unos días vuelve a despertar sospechas sobre el compromiso talibán a cortar lazos con grupos extremistas.

No capitular

En marzo, su jefe supremo Hibatullah Akhundzada sorprendió a propios y extraños al anular la anunciada reanudación de la educación secundaria para mujeres. Varios analistas lo atribuyen a la inquietud por no dar sensación de capitular ante Occidente.

La decisión disipó las esperanzas del restablecimiento de los flujos financieros internacionales, suscitando críticas incluso dentro de la comandancia de los talibanes en Kabul, algunos de los cuales se pronunciaron abiertamente en contra.

Después llegarían más medidas que recordaban al primer régimen brutal de los talibanes, para lamento de los diplomáticos extranjeros que se reúnen regularmente con el gabinete gubernamental pero no tienen acceso al líder supremo.Y es desde Kandahar, cuna de los talibanes, donde el sigiloso líder Akhundzada y su poderoso círculo de antiguos combatientes y clérigos continúan imponiendo su interpretación rígida de la sharia.

Sus asesores pretenden que el país pueda sobrevivir sin ingresos exteriores, aunque todos son conscientes de que el desbloqueo de los bienes congelados en el extranjero supondría un flotador salvavidas.

“Sabemos que los talibanes pueden ser mercantiles, pero no pueden aparecer como tal”, explica un diplomático a AFP.

“Las decisiones que él (Akhundzada) ha tomado hasta ahora están todas basadas en la opinión de los eruditos religiosos”, afirma Abdul Hadi Hammad, director de una madrasa y miembro del consejo religioso cercano al líder supremo.

“Las necesidades de los afganos son las mismas que hace 20 años”, ahonda Mohammad Omar Khitabi, otro de sus consejeros.

El mismo argumento blande el responsable del ministerio de la Promoción de la Virtud y Prevención del Vicio, Abdul Rahman Tayabi, otro colaborador del líder supremo. “Nuestro pueblo no tiene demasiadas demandas, como la gente de otros países puede tener”, asegura a AFP.

Descontento en su base

Hibatullah Akhundzada, cuya autoridad nadie se atreve a discutir, no se cansa de repetir que el movimiento necesita mantenerse unido. Según algunas fuentes, se esfuerza en guardar un equilibrio para apagar las tensiones entre numerosas facciones rivales.

Pero el enfado ya crece en el seno del movimiento talibán.

“Los guardias talibanes reciben sus salarios con retraso y sus salarios son bajos. Están descontentos”, declara un responsable talibán de rango intermedio en noroeste de Pakistán, bajo condición de anonimato.

Muchos regresaron a sus aldeas o fueron a Pakistán para encontrar otro trabajo, añade una segunda fuente de los talibanes.

Los intentos de diversificar las fuentes de financiación con la explotación lucrativa del carbón han provocado luchas intestinas en el norte, acentuadas por el sectarismo étnico y religioso.

Estas tensiones crecientes pueden agravar el repliegue conservador dentro del movimiento, advierte Kugelman. “Si los dirigentes talibanes empiezan a sentir amenazas reales para su supervivencia política, ¿serán capaces de cambiar?”.

Agencias
Las mejores agencias de noticias desplegadas por todo el mundo, reportando los hechos para elPeriódico.

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