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Mundo

«Queremos asilo», para muchos migrantes la esperanza es una brecha en el muro de EE.UU.


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Con la sequía y las temperaturas abrasadoras que azotan poco antes del mediodía en Arizona, Gladys Martínez mal podía hablar cuando pisó suelo estadounidense: «Venimos buscando asilo», dijo con la voz temblorosa y mostrando fotos que afirma son del desfigurado rostro de su hija asesinada.

Debido al llamado Título 42, la medida sanitaria que desde marzo de 2020 permite la expulsión de quienes llegan a la frontera estadounidense sin una visa, tratan de cruzar a través del desierto, desafiando las corrientes de los ríos o saltando el muro, la gran reja que con hasta 9,1 metros de altura serpentea colinas y dunas dividiendo México y Estados Unidos, incluso hasta las rabiosas aguas del Pacífico.

Otros como Gladys intentan entrar por las enormes brechas del muro en Yuma, una pequeña ciudad fronteriza de Arizona. 

La brecha existe, afirma un policía local, porque la administración de Joe Biden paralizó las obras antes de instalar un portón para acceder a la represa en la vecina ciudad mexicana de Los Algodones.

La mayoría de los migrantes viene huyendo de la violencia de Centroamérica o de América del Sur. Muchos vuelan a México o Nicaragua, y siguen por tierra, con coyotes o por cuenta propia. Las historias son infinitas, pero una buena parte repite una misma frase: «Es muy sufrido».

Gladys recorrió los más de 4 mil kilómetros desde Honduras a Estados Unidos caminando algunos trechos. Llegó apenas con la ropa del cuerpo y documentos en una pequeña mochila. 

«Aquí están los papeles, ¡mire! ¡mire!», dijo señalando las fotos. «Me mataron a mi hija, me la mataron ahogada con una almohada y una bolsa», dijo afirmando temer por su vida. 

«No sé que hacer»

En Los Algodones, a lo lejos del muro una carretera corta las dunas y la vegetación árida. 

«No sé cómo entrar», dijo un salvadoreño de 59 años que decía haber huido de la violencia. «No quiero cruzar aquí para cometer un delito». 

Sin dinero y durmiendo en la calle junto a su familia, el hombre miraba la brecha del muro y repetía «no sé qué hacer».

«Estadounidenses pueden ir a México a fiestas sin usar máscaras y con gente no vacunada, pero quienes buscan asilo se quedan en el limbo escuchando que por el covid ellos no pueden entrar en Estados Unidos», lamenta Dulce García, de la ONG Border Angels, refiriéndose al Título 42, que por decisión de un juez este viernes seguirá en vigencia. El fallo será apelado por el Departamento de Justicia, anunció la Casa Blanca.

Para activistas, es el desespero que lleva a muchos a contratar coyotes para cruzar de forma ilegal.

En Los Algodones, en un descampado al lado de la carretera, los carros se detienen sucesivamente.  

Los migrantes bajan y son guiados por mujeres y hombres a través de los arbustos y los senderos de arena bajo temperaturas de más de 30ºC. La rotación es alta.

«Aquí cada uno tiene sus rutas, y a nadie le gusta que uno se meta en la ruta del otro», dijo un hombre apoyado en un carro bajo la sombra de un árbol.

Dijo trabajar en el comercio, pero a medida que la conversación avanzaba, advirtió: «Aquí no nos gusta la gente que anda haciendo preguntas». Señalando a un joven que sonreía en silencio a su lado, agregó: «Aquí quien da las órdenes soy yo, si le pido a él que te desaparezca, te desaparece».

«Hemos sufrido mucho»

Del otro lado, algunos migrantes corren cuando se aproximan a la brecha del muro, donde el flujo de patrullas fronterizas es constante. Los oficiales les ofrecen agua y les preguntan en español de dónde son o si tienen un teléfono. 

Les dan atención médica, como ocurrió con la esposa de Miguel, quien llegó herida en la cabeza.

«Alguien le tiró una piedra, esta es su sangre», dijo Miguel mostrando la camiseta blanca manchada de rojo vivo mientras su esposa era vendada por paramédicos. «Mami, me quiero ir», lloraba su hija abrazada a un barrote del muro. 

«Probablemente entraron en la ruta de alguien», comentó el policía que no quiso ser identificado.

A los pies del muro en Yuma hay piezas de ropa, paquetes de galletas inacabados, botellas de agua, pasajes de avión rotos, papeles con teléfonos de personas identificadas como «gringo whatsapp» o «primo Luis».

«Los que no son descubiertos por la patrulla fronteriza dejan todo para seguir viaje lo más ligero posible», dijo el policía mirando hacia las cosechas que se extienden en la zona.

Pero los que son interceptados por las autoridades son llevados a las oficinas de la patrulla fronteriza y probablemente serán enviados de vuelta en virtud del Título 42. 

Carlos Escalante Barrera, un hondureño que llegó junto a su familia cargando apenas fotos y documentos, se abraza a la esperanza al cruzar la brecha del muro: «Queremos asilo, hemos sufrido mucho. Lo que queremos es seguridad para nuestras vidas».

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