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Mundo

Relatos salvajes de 2001: saqueos, represión y «corralito» en Argentina


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Un testigo de la represión que dejó 40 muertos en las protestas, un trabajador que perdió los ahorros de su vida y un comerciante que sufrió los saqueos ofrecen relatos salvajes como víctimas de la crisis de Argentina en 2001.

Represión y muerte

María del Carmen Verdú es abogada y titular de la Coordinadora contra la Represión Policial (Correpi). El 19 y 20 de diciembre de 2001, cuando estalló la rebelión popular contra el gobierno de Fernando De la Rúa, desafió el estado de sitio en las calles, como cientos de miles de argentinos. Presentó centenares de habeas corpus en favor de manifestantes detenidos.

«Fue una vorágine. Al anochecer del 19 se reunía gente en las esquinas con las cacerolas. Luego era una multitud que marchaba al Congreso», recuerda.

En las escalinatas del Parlamento la policía baleó a un manifestante que murió después. «Fue la demostración de que ya usaban balas de plomo», señala.

En la mañana del 20 de diciembre, la represión a las Madres de Plaza de Mayo resultó un búmeran para el gobierno. «Cuando las Madres llegaron a la plaza para hacer su ronda, la caballería cargó contra ellas. La imagen de las viejas apaleadas era insoportable», rememora Verdú.

Mientras ella resistía los gases policiales en el Obelisco, a metros de ahí su compañero, Carlos Almirón, de 23 años, cayó baleado por la policía sobre la avenida 9 de Julio junto con otros dos jóvenes.

«La orden del gobierno de De la Rúa era despejar la Plaza de Mayo, que no hubiera una multitud pidiendo su renuncia y gritando ‘qué se vayan todos'», la proclama que unificó las protestas.

De la Rúa renunció esa noche. Fue procesado por homicidio, pero la justicia lo sobreseyó. Falleció en 2019. Recién esta semana la Cámara de Casación confirmó condenas a 4 y 3 años de prisión a los entonces secretario de Seguridad y jefe policial.

Víctima del «corralito»

Ricardo Lladós es un analista de sistemas de 71 años, que en 2001 trabajaba para un banco en Buenos Aires, cuando sus ahorros quedaron confiscados en el «corralito».

«Había juntado 77 mil dólares en dos plazos fijos que tenía en el banco HSBC. Juntaba la plata pensando en mi vejez y porque a mi viejo lo tenía que ayudar yo. Un viernes mi jefa me dice que parecía que iban a hacer algo para que la gente no pueda sacar el dinero de los bancos», evoca.

El sábado 1 de diciembre el gobierno anuncia el «corralito». «La plata me quedó ahí, bloqueada», cuenta.

«No había un mango (un peso), la gente estaba loca. Ese diciembre fue terrible acá en Buenos Aires, había quilombo (lío) por todos lados, mucho descontento», recuerda.

Creyó que nunca iba a recuperar sus ahorros, pero tiempo después pudo recuperar parte del dinero: «De los 77 mil dólares que tenía, perdí 40 mil».

Las penurias siguieron. «En ese momento nos bajaron 30 por ciento el sueldo y en 2003 me echaron. Me quedó muchísima bronca (rabia), siempre la guita (dinero) se la llevan los mismos», afirma.

Malabares financieros

Bruno Söllner es un empresario de insumos industriales. En el 2001 su vida y su trabajo quedaron patas arriba.

«El ‘corralito’ no nos dejaba sacar más que 250 pesos (250 dólares por semana en aquel momento, cuando regía la convertibilidad). Con eso la empresa no puede manejarse», explica.

Para eludir el bloqueo «abrimos 12 cuentas bancarias: yo cuatro, mi socio cuatro y otras cuatro mi papá para ayudarnos. Una payasada ridícula».

Taller parado

Fernando Soto (57) era jefe de planta en una metalúrgica en Valentín Alsina (periferia sur de Buenos Aires). En 2001 el trabajo comenzó a escasear. «Recuerdo con mucha tristeza ver el taller parado, vacío», evoca.

La desocupación en Argentina rebasaba el 20 por ciento. En las calles, quienes lo habían perdido todo revolvían la basura. La pobreza que en 2001 era del 46 por ciento trepó a 66 por ciento en 2002.

Las ferias de trueque y las ollas populares para quienes no tenían qué comer florecían por doquier. En varias provincias, los empleados cobraban con bonos o «cuasimonedas».

«No voy a olvidar jamás la calle desolada con muy poca gente yendo a trabajar», recuerda. La fábrica quedó con 27 empleados. 

Sin embargo, «dos años después éramos 100 trabajando porque la cosa cambió radicalmente», dice sobre el rebote a partir de 2003, después de la brutal caída del PIB de 10,8 por ciento en 2002 y las «tasas chinas» de crecimiento que le siguieron (+8,8 por ciento).

Saqueado

Miguel Fabiano tuvo durante 47 años un comercio de electrodomésticos. Aquel aciago diciembre, fue saqueado.

«Volviendo del banco veo gente corriendo por la calle con televisores, colchones, cocinas… me bajé del auto como loco, estaban saqueando mi negocio», dice con la voz quebrada al recordar.

Forcejeó con algunos de los saqueadores para arrebatarles el botín, pero «no pude hacer nada, lo perdí todo».

Resurgió de las cenizas a fuerza de créditos pero se derrumbó a partir de 2016 con la nueva crisis. Malvendió todo y cerró. A sus 71 años sobrevive como mesero en un restaurante. 

«Evito pasar por el local que fue mi negocio. Cada noche doy un rodeo para no recordar», resume.

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