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Destino

De cómo una condesa sueca se enamoró de Panajachel; la historia de Casa Caqchiquel


En Panajachel, Sololá, existe una casona construida a finales de los años 40 que algunos conocen simplemente como “Casa Caqchiquel”. Ha sido una estructura camaleónica y demasiado versátil, pues dentro de sus paredes han funcionado diversos negocios y se han contado múltiples secretos. Hoy es un centro cultural, pero lo que pocos saben, a pesar de que la casa lo grita continuamente para quienes afinan la vista, es el ayer de esta joya histórica.

Muchos ignoran que fue construida por una miembro de la familia real sueca, que se incendió y que se inundó varias veces, que sirvió de refugio para los caqchiqueles pobres en la década de los 50 y hospedaje para celebridades extranjeras de la época y que, así como llegó, tan de repente y sin anunciarse, así también se marchó su primera dueña y fundadora.

Este es uno de los secretos de Panajachel, la historia poco conocida de Aimée Spens, la condesa que le dijo adiós al Báltico porque se enamoró de Atitlán. 

 

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Los mitos de los Spens

Como toda buena historia, la de la condesa está llena de mitos. Varios de ellos desmentidos y muchos otros inmortalizados en los relatos orales que flotan de boca en boca por toda Panajachel. Uno de los pocos consensos que hay en esta historia es que el nombre de la protagonista no se pronuncia como se cree: Aimée, no se dice Eymi, sino Aymé, con ese fuerte acento en la “e” que los caqchiqueles pronuncian con poesía. Fuera de eso, y de que Aimée Spens fue una condesa sueca que llegó a Panajachel a finales de los años 40, el resto de relatos son tan diversos como increíbles. 

“Mi madre nació en Lund, Suecia, el 24 de marzo de 1899. Su padre era el conde Harald Spens, que fue Capitán de Caballería en el famoso Regimiento de Húsares Skaanska y su madre era la condesa Herta Spens, también de una distinguida familia militar”, explica  Eiler Cook-Spens, uno de los dos hijos de la condesa, en un breve relato compartido a elPeriódico por los actuales administradores de Casa Caqchikel. Eiler recuerda que su madre nunca fue de estar en un mismo lugar. Vivió en diversos países y visitó una decena de naciones europeas, americanas y caribeñas antes de establecerse en Estados Unidos, a principios de los años cuarenta. “De joven fue enviada a la escuela en Alemania y ahí conoció y se casó en 1923 con mi padre, Robert Cook, un estadounidense de Cleveland, Ohio”. Durante los primeros años de matrimonio, la familia Cook Spens vivió en Estados Unidos, específicamente en Colorado, Ohio y Connecticut, y luego pasó breves periodos en Dinamarca y Francia. Fue durante esa época que se originó uno de los primeros mitos sobre la condesa. 

Cuentan desde Panajachel que “la condesa decía” que iba rumbo a Estados Unidos cuando se detuvo en Puerto Barrios, Izabal. Al parecer el barco había presentado problemas mecánicos y debía hacer una parada prolongada. “A mí me contaron que la condesa decidió ir a conocer el país y que por alguna razón, nunca llegó a la Ciudad de Guatemala, sino que tomó un desvío hasta Atitlán y así aterrizó en Panajachel”, cuenta Crisóstomo* un poblador de Panajachel. Don Braulio**, también oriundo del pueblo, pero un poco más anciano que su compañero, asiente y continúa con la historia: “Así cuentan, que después de ver el lago y conocer este pueblo, decidió quedarse a vivir aquí y que ante la negativa de la realeza sueca y de su esposo gringo, ella renunció a su título nobiliario, se divorció del gringo y se instaló aquí en Panajachel”, dice Don Braulio, simpático.

En las imágenes: postales del Lago de Atitlán y Puerto Barrios a finales de los años 40, un retrato de la condesa Spens en las calles de Panajachel y un extracto de una ficha de descripción del linaje de la familia Spens, cedida por el archivo de Casa Caqchiquel.

Pero aunque Spens sí que cambió el frío del Báltico por el azul de Atitlán, la historia no sucedió del todo así, de acuerdo con el testimonio de su hijo Eiler. “Tras una separación y finalmente un divorcio, el espíritu aventurero de mi madre la llevó a viajar por España, Italia, Francia y Cuba”, explica Eiler desde Hendersonville, Carolina del Norte. Primero fue su divorcio, luego sus viajes y finalmente Guatemala. Nada de barcos averiados, extravíos por el país de la eterna primavera ni peleas con la Familia Real de Suecia. El inicio de la Segunda Guerra Mundial, en 1939, encontró a Spens en Miami, Florida, y la situación la obligó a establecerse allí hasta 1946, cuando con el fin de la guerra, la condesa decidió visitar Guatemala.

Arribo en un Master '86

Quien mejor se recuerda de esa visita a Centroamérica es Aimée Cook-Spens, la otra hija del matrimonio entre la condesa y el estadounidense de Ohio. “En el verano de 1946, mi madre y yo emprendimos nuestro primer viaje a Guatemala y después de una corta estadía en la capital, abordamos un autobús a Panajachel para explorar el hermoso lago del que tanto habíamos oído hablar”, relata Aimée también a través de una carta compartida a elPeriódico por los actuales administradores de Casa Caqchikel. La condesa se enamoró del lugar y no perdió tiempo en hacer arreglos para una estadía de al menos un mes en Hotel Tzanjuyu, construido en 1885 y ubicado sobre la Calle Principal del pueblo, a orillas del lago Atitlán. “En muy poco tiempo supe que mamá había encontrado ese lugar especial para construir su anhelada posada. Fue un tiempo ocupado y feliz para las dos y el comienzo de una nueva vida para ella”, relata Aimée.

En la imágenes: extractos cedidos por el archivo de Casa Caqchiquel de los testimonios de Aimée Cook y de Eiler Cook, hijos de la condesa y una fotografía del Hotel Tzanajuyú y de la condesa Spens, en los años 40 o 50.

A finales de 1946, la condesa puso un pie en Miami solamente para venderlo todo y preparar su partida de Estados Unidos hacia Guatemala. Propiedades, pertenencias, lujos. Se deshizo de todo. “Yo me fui a la universidad y Eiler ya no vivía con nosotros, así que mamá decidió irse”, cuenta Aimée y su hermano corrobora el relato. “Mamá se mudó a Guatemala en 1947. Para ese año, yo había sido reclutado para salir del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos y me había graduado de la Universidad de Harvard. Así que ella estaba sola en Miami y decidió marcharse. Pero no llegó sola a Guatemala”, recuerda Eiler. A la condesa la acompañaron su madre, la condesa Herta Spens, y su hermana menor, Elisabet Spens. Atraídas por lo que les contaba Aimée de aquel pequeño país centroamericano que escondía, entre sus montañas y volcanes, un lago paradisiaco, las Spens dejaron París por un tiempo y decidieron acompañarla al desconocido Panajachel. “Estuvieron un tiempo ahí y luego ambas Herta y Elisabet se mudaron a Cuernavaca, México”, detalla Eiler. 

En 1947, Spens emprendió ese viaje titánico para llegar hasta Panajachel. Se fue en un carguero con un puñado de pasajeros desde Miami hasta Puerto Barrios. “Acompañándola en la bodega del carguero estaba la única cosa que no vendió en Miami: nuestro coche familiar de confianza, un Chevrolet Master de 1936”, apunta su hija. Después de la travesía accidentada por mar, la condesa y el Master ‘36 emprendieron un viaje todavía más complicado por tierra desde Izabal hasta Sololá. “El trayecto a Panajachel fue sin duda una aventura en sí misma, ya que las condiciones de la carretera en esos años dejaban mucho que desear”, apunta su hija. La condesa llegó con el coche, mucho dinero y el sueño de poner una especie de posada u hotel popular. Rentó una pequeña casa en la que abrió una modesta tienda de regalos, que atendía cuando no estaba ocupada buscando terrenos e imaginando lo que en pocos meses se convertiría en la Casa Caqchiquel. 

En la imágenes: el Chevrolet Master 1936 fotografiado con Aimée Spens y otra persona (sin confirmar) y otras imágenes con fines demostrativos del modelo del auto.

Rufino, ayudante o amante

Recién instalada conoció a quien se convertiría en su incondicional, su mano derecha, su compañero de aventuras en Panajachel y, según los relatos sololatecos, en su amante caqchiquel. “Claro, ella también encontró el amor aquí… la condesa Aimée”, dice Crisóstomo, con una sonrisa pícara y cantando la “e”. Pero antes del supuesto romance, hubo una estrecha amistad.

Rufino Vásquez (que comparte nombre y lugar de nacimiento con el atleta Luis Rufino Vásquez Figueroa), fue un indígena caqchiquel sololateco que ayudó a la condesa a asentarse en Panajachel y administró la Casa Caqchiquel hasta que la condesa murió. “Fue, sin duda, la gran compañía de Spens”, asegura Nicolás Ramos, actual administrados del lugar y encargado de su funcionamiento y mantenimiento. Los hijos de la condesa lo recuerdan con cariño. “Ninguna historia de la Casa Caqchiquel estaría completa sin rendirle homenaje al devoto ayudante de mamá, Rufino (…) Él permaneció con mamá desde el momento en que fue contratado, en 1947, hasta el momento en que mamá murió, en 1969, cuando se retiró de Sololá con su esposa vivir a las afueras de la Ciudad de Guatemala”, recuerda la hija de la condesa. “Rufino, su devoto ayudante fue un fiel enviado de Dios hasta el final”, subraya Eiler.

Pero más que ayudante, hay quienes aseguran que Rufino también ocupó un espacio muy selecto en el corazón de la condesa. Panajachel tuvo a su Romeo y a su Julieta; Rufino y Aimée. Dos almas que se encontraron en un lago paradisiaco. Ella, una acaudalada mujer proveniente de una dinastía real en el lejano país de Suecia y él, un indígena caqchiquel de Guatemala, de piel morena y manos fuertes. “Le digo, es una historia de amor secreta porque ella era una condesa y él uno más de por acá. Pero entre ellos hubo romance”, dice, con seguridad, don Braulio. Pero su relato es eso, un relato. Dentro de los documentos a los que ha tenido acceso elPeriódico, no hay ninguna mención sentimental acerca de Rufino ni de su amorío. Los hijos no revelan nada de esa supuesta relación en sus testimonios. El romance sueco-caqchiquel permanece solo en el imaginario de Panajachel y dentro de los secretos que guardan las paredes de la casa que ambos construyeron. Don Braulio dice que encontrará las pruebas, porque se trata de “una historia de amor de película”. 

El enfado de Xocomil

Con el terreno en mente y el dinero en la mano, la condesa compró el lugar donde construiría su posada. Ubicada en lo que hoy es la calle 14 de febrero de Panajachel y una de las más concurridas del pueblo, antes era un escampado en donde el monte crecía sin ley. Nadie supo ver el potencial del lugar, salvo Aimée. En 1948 colocó la primera piedra junto a Rufino y comenzó la construcción.

En la imágenes: la Casa Caqchiquel en construcción, la fachada de la posada ya terminada a finales de los años 40, principios de los 50 y retratos de la sala principal a inicios de los años 60.

Sin ingeniero, sin arquitectos ni diseñadores. Todo lo planificó ella y todo lo construyeron los sololatecos de Panajachel. “Después de estudiar varias revistas de arquitectura, mamá creó sus propios planos y con la ayuda de los trabajadores locales actuó también como contratista parcial”, recuerda la hija de la condesa. Un año más tarde, cuando la casa estaba casi terminada y solo faltaban los acabados del piso inferior, Aimée se mudó y la bautizó como “El Caqchiquel”, según los románticos, en honor a su amado Rufino, y según los puristas, en honor a la población indígena que predomina en esa zona de Sololá. Independientemente de la razón, la casa ya bautizada fue el hogar definitivo de Aimée quien se mudó allí tan solo unos meses antes de que una cruda inundación se llevara consigo muchísimas casas de Panajachel, incluida la pequeña tienda en la que vivía la condesa. En el pueblo se conoce a la tragedia como El enfado de Xocomil.

Corrían los últimos días de septiembre y los primeros de octubre de 1949 cuando ocurrió la tragedia. Hay muy poca documentación de esta, aunque un informe escueto titulado Open Jica Report que cita datos del Instituto Nacional de Sismología, Vulcanologia, Meteorologia e Hidrología menciona el suceso en una de sus páginas, al que se refiere como “una tormenta tropical de duración total del 27 de septiembre al 6 de octubre con pérdidas económicas de US$ 13.6 millones”. Así que la mejor crónica de la tragedia es la que narran los locales y la condesa. 

“En ese año, el río San Francisco, que es el que pasa por Panajachel, se salió de cauce debido a una tormenta tropical que azotaba la zona e inundó todo el pueblo. Cuentan los abuelos que la calle Rancho Grande, la calle Santander y la calle Principal se convirtieron en cauces del río, que pasó llevándose todo a su paso”, cuenta Ramos. El relato lo corrobora la hija de la condesa desde California. “Una inundación devastadora golpeó a Panajachel en 1949 y hubo graves daños: el suministro de energía y las comunicaciones se cortaron y la aldea quedó aislada. Particularmente afectados fueron los indígenas cuyas chozas, en su mayor parte, habían sido arrasadas. El Cakchiquel se encontraba en un terreno ligeramente más alto y no sufrió graves daños por agua”, relata según lo que le contó su madre.

Nicolás Ramos / Administrador Casa CaqchiquelSobre la inundación de 1949

La casa de la condesa se salvó porque la zona en dónde fue construida estaba un poco más elevada que el resto del pueblo y la calle 14 de febrero no corrió la misma mala suerte que las demás. Así, El Caqchiquel fue una de las pocas edificaciones en pie y sin daños. Ahí, a partir de esa tragedia, comenzó la historia de La casa de los muchos fuegos, el apodo más célebre de la posada.

En la imágenes: postales que se intercambiaba la condesa Spens con amigos y familiares, cedidas por el archivo de la Casa Caqchiquel.

La casa de los muchos fuegos

“Al enterarse de la difícil situación de los indígenas, mamá abrió sus puertas a varias familias sin hogar. La gran sala, cuyo piso permanente aún no se había colocado, fue para acomodar a estas familias y mamá les explicó que podían usar la gran chimenea para sus necesidades culinarias”, describe en su relato Aimée. Y así fue. La posada se convirtió en uno de los albergues más utilizados de Panajachel. Llegaban muchas familias a pasar la noche mientras la condesa dormía en una de las habitaciones del segundo nivel. Hasta que una noche, la despertó el humo.

Ramos explica que los caqchiqueles jamás utilizaron la chimenea. “No era propio de su cultura encender un solo fuego para que se calentaran unos pocos y dividir a las familias”, sugiere mientras señala la gran chimenea del salón, que aún se conserva. “Como el piso aún era de tierra al inicio de la década de los 50, la gente solía encender pequeñas fogatas para calentarse, una por familia. Y así, la casa fue apodada la casa de los muchos fuegos, por todas las fogatas”, detalla el administrador.

Pero quien bautizó con este nombre a la casa no fueron los caqchiqueles ni la condesa que se despertaba, noche tras noche, por el humo que llegaba del piso de abajo. Fue una escritora estadounidense que quedó fascinada por el relato y que, durante una visita a la posada, decidió inmortalizar la historia en un libro de cuentos infantiles que publicaría unos años después. El cuento, escrito en inglés, se llama The House Of The Many Fires y fue escrito por Alida Vreeland e incluido en su libro Carlos and Conchita in Guatemala publicado por la editorial Aladdin Books en 1952. Vreeland narra cómo la condesa solía impresionarse por la diferencia entre las culturas. “No entiendo a los indígenas… les he construido una chimenea para que se calienten, pero prefieren hacer su propio fuego, más pequeño pero con sus familias. Ahora entiendo que el fuego es sagrado (…) es un símbolo del hogar”, escribe en el cuento la escritora sueca, citando a la condesa Aimée. 

Alida Vreeland / Carlos And Conchita in GuatemalaExtracto del cuento de "La Casa de los muchos fuegos" (traducido al español)

En la imágenes: el relato de The House Of Many Fires, extraido del libro Carlos and Conchita in Guatemala, ediciones Aladdin Books (1952)

Gracias a ese gesto, la condesa se ganó el corazón de los caqchiqueles. “En los meses y años que siguieron, muchos de los indígenas que habían encontrado refugio en El Cakchiquel durante la gran inundación pasaban por allí con regalos para ella, como fresas, cebollas o lo que fuera que estuvieran cultivando”, explica su hija. Los caqchiqueles jamás olvidaron su hospitalidad en los momentos difíciles. 

Fama, crisis y un largo adiós

De boca en boca, como solía suceder en tiempos en los que no existían las redes sociales y que las formas de comunicación eran escasas, la posada de la condesa fue haciéndose un nombre a nivel nacional e internacional. “El Cakchiquel prosperó durante la mayor parte de la década de 1950 con el apoyo de empresas como la United Fruit Line Tours, entre otros, que llevaba a sus empleados y turistas a esa posada. Además, el lago de Atitlán siempre es una parada popular, por eso los huéspedes de la posada a menudo incluían propietarios de fincas, artistas y escritores famosos”, detalla la hija de la condesa y no exagera. “En sus habitaciones durmieron personajes como el Che Guevara que aún no estaba en actividad revolucionaria la actriz Ingrid Bergman y también el escritor Aldous Huxley y el actor alemán Klaus Kinski”, recuerda Ramos y señala algunas de las fotografías de estas celebridades que cuelgan en la sala principal de la Casa Caqchiquel. 

De la estadía de los famosos se sabe muy poco. La condesa era muy reservada al relatar las historias de lo que hacían sus huéspedes y de qué conversaban. Solamente decía que eran buenos amigos. Pero ante el secretismo, los mitos hablan muy recio. Se dice que fue en esa casa, durante su estadía en Atitlán, que Guevara tomó la decisión de apuntarse a la causa revolucionaria aunque no hay fechas ni cartas que lo comprueben. Se dice que Kinski pasó por allí y que gracias a la experiencia en El Cakchiquel fue que regresó a triunfar en el cine, obteniendo su primer papel protagónico en una película; en este caso dirigida por  Werner Herzog, Aguirre, the Wrath of God y estrenada en 1972 pero no se conoce la fecha exacta de su estadía en la posada. Se dice que Huxley llegó allí ya durante sus últimos años de vida, frustrado porque había sido nominado para el Premio Nobel de Literatura en nueve ocasiones, ganando ningún, pero recién galardonado con el Companion of Literature por la Royal Society of Literature en 1962 pero tampoco se conoce el año en que viajó a Atitlán. Muchos mitos, y pocas comprobaciones, que hicieron que la fama de la posada traspasara fronteras. Hasta que llegó la política.

En las imágenes: Che Guevara, Ingrid Bergman, Aldous Huxley y Klaus Kinski, en imágenes de archivo.

“Los últimos años de la década de los 50 y principios de la de los 60 fueron tiempos difíciles en el país con revoluciones y agitaciones políticas en curso. Como resultado, los viajes turísticos disminuyeron drásticamente y las agencias de viajes estadounidenses desalentaron los viajes a Guatemala”, recuerda la hija de la condesa y su hermano también lo resalta en su relato. “Un clima político tumulto en Guatemala y Centroamérica en general había ahuyentado a los turistas, y la posada El Cakchiquel de mi madre sufrió las consecuencias”, subraya Eiler. Fueron los últimos años de la Primavera Guatemalteca que concluyó con el derrocamiento de Árbenz y los primeros años de la contrarevolución de Carlos Castillo Armas, con el apoyo de Estados Unidos, que abrirían las puertas para múltiples periodos de dictadura militar y corrupción.

Fueron también los últimos años de vida de la condesa. Aimée Spens vio el lago de Atitlán por última vez en 1969. “Mamá murió interesada en la mitología maya, pintando cuadros en tonos pastel y jamás dejando de hacer su rutina en el lago; nadaba diariamente y daba largos paseos a la orilla cuando el tiempo lo permitía”, recuerda su hija. “Por suerte, mi familia y yo estuvimos apostados cerca de la Embajada de Estados Unidos en El Salvador durante los últimos años de su vida y pudimos visitarla con frecuencia”, recuerda Eiler quien reitera que Rufino estuvo con ella “fiel hasta el final de sus días”. Según sus hijos, la condesa está enterrada en un pequeño cementerio sobre Panajachel con vistas a su amado lago de Atitlán. Los pobladores aseguran que se trata del cementerio municipal de San Andrés Semetabaj, ubicado dentro del sitio arqueológico del mismo nombre.

Por la memoria de Spens

Con la muerte de la condesa, la casa cayó en un olvido profundo. Rufino dejó Panajachel. “Destrozado y descorazonado, el caqchiquel se fue de El Caqchiquel, porque aquello ya no significaba nada sin ella. Spens se había convertido en su razón de vivir”, sugiere Don Braulio, poético. Los demás testigos, cuentan muy poco de la partida de la condesa. “Solo sabemos que la casa dejó de pertenecer a los Spens y desde el 69 ha habido varios dueños”, explica Ramos, que trabaja para el actual dueño. 

Lo que es un hecho es que El Caqchiquel rebautizado como Casa Caqchiquel pasó de ser una posada visitada y un punto de encuentro, a una casa olvidada y un lugar demasiado camaleónico como para tener integridad. Se encontraba casi en ruinas cuando en 2009 un grupo de personas interesadas por la casa y cautivadas por los relatos que narraron los hijos de la condesa en sus cartas fechadas en 2006, decidieron restaurarla.

En las imágenes: El Caqchiquel antes de ser restaurado y renombrado, una frase encontrada durante las restauraciones "un loco es un hombre que ha perdido todo menos la razón", una placa conmemorativa colocada en la Casa para recordar a Spens y la casa restaurada el día de su reapertura en 2009. Fotografías cedidas por el archivo de Casa Caqchiquel

“Se llevó a cabo un largo proceso, muchos cambios estructurales pero respetando siempre la arquitectura de la casa y cuidando las áreas históricas, como el cuarto de la condesa, la chimenea de la sala central y la fachada”, explica Ramos. Ahora, la casa hoy resiste como un monumento de la cultura de Panajachel. Expone fotografías, obras de arte y obras literarias, realiza eventos en vivo como espectáculos de comedia o música. En ella también funciona un pequeño restaurante de comida sololateca y hasta una cabina de radio local. “La casa sigue en pie porque es un buen testigo de la historia de Panajachel. Tanto la actual y moderna como la antigua. Además, es un punto de referencia”, sugiere Ramos. 

Crisóstomo sonríe. “Es común escuchar a la gente referirse a ese lugar como ‘La casa de la condesa’ o ‘La casa de los muchos fuegos’ todavía. Todos en el pueblo la conocen y siguen contando sus historias, porque de esa casa y de esa condesa hay muchas versiones”, apunta Crisóstomo. “Yo se lo voy a explicar mejor”, interrumpe Don Braulio. “Esa casa señala en dirección a la Casa Caqchiquel y Aimée Spens son parte de la historia de Panajachel y al ser parte del relato colectivo, están rodeados de mitos y leyendas alternativas que no necesariamente son ficticias, pero que contribuyen a inmortalizar a los personajes del pueblo”, explica el anciano.

Y luego, sonriendo reflexiona: “O tal vez, simplemente, todos estamos llenos de cuentos”.

*,**El nombre fue modificado del original, por petición de la fuente.
Juan Diego Godoy
Director Digital de elPeriódico. Periodista graduado de la Universidad del Istmo y Especialización en Comunicación y Análisis Político por la Universidad Alcalá de Henares. Es Máster en Periodismo Digital por la Universidad Autónoma de Madrid y la Escuela de Periodismo de EL PAÍS. Ha hecho periodismo en España, Italia y Guatemala. Columnista de elPeriódico y profesor universitario.

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