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Libros

El desasosiego de Pessoa


Méndez Vides aborda en este texto la figura del poeta portugués. Pessoa murió joven y sus interioridades solo se conocieron hasta décadas después de su desaparición, gracias a la publicación de su diario.

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El poeta Pessoa pasó del silencio en vida a la fama medio siglo más tarde, y de manera insólita se convirtió en personaje dúctil de ficción para el italiano Tabucchi, que en su ‘Réquiem’ lo describe caminando, como un fantasma atrapado en el limbo, por el cementerio de Lisboa; así como de José Saramago, que pensando en él escribió una novela genial, donde el protagonista resulta ser el principal heterónimo del poeta portugués en ‘El año de la muerte de Ricardo Reis’, que es probablemente uno de los pocos libros del siglo XX que sobrevivirá al paso del tiempo. Cada día se escucha más y más hablar del lusitano, de su poesía extraordinaria, pero también atrae su tragedia personal, la profunda soledad, el voraz deseo de contravenir la vulgaridad, la multiplicidad de personalidades internas deformando al individuo, todo lo que está contenido en ese libro publicado póstumamente: ‘El libro del desasosiego’, que es un autorretrato íntimo del complejo Fernando Pessoa, el poeta que siempre se sintió ajeno al mundo, que pasó como de puntillas por su época, que murió joven y logró captar la profunda dolencia del hombre de su siglo, anticipándose de manera reveladora. Murió en 1935 y, su diario, en el cual invirtió alrededor de veinte años de trabajo, se publicó completo hasta en 1982. Los primeros extractos conmovieron a los portugueses en 1961, pero se contuvo dos décadas más hasta que el libro formal salió a luz.

La obra está repleta de contradicciones, de brillantes razonamientos, de atrevidos ataques, de sentimientos de superioridad amparados en la seducción de la derrota, como cuando dice: “O estaré internado en un asilo de mendigos, feliz por la derrota completa, mezclado con la ralea de los que se creyeron genios y no fueron más que mendigos con sueños, junto con la masa anónima de los que no tuvieron poder para triunfar ni renuncia generosa para triunfar al revés”. Pessoa renuncia a su propia identidad dándole vida a Álvaro de Campos, Ricardo Reis, Alberto Caeiro, y a Bernardo Soares. Son otros los que triunfan, personajes inventados que escriben diferente a Pessoa, que solo con el tiempo se comprenden como heterónimos. Fragmentado, busca el fracaso completo como fórmula contraria del éxito, al punto que se parecen. Muy claramente él estaba convencido de su genio, y sabía que algún día sería reconocido, pero solo después de haber sido enterrado. Y se solazaba, porque sabía que llegado ese momento nos cobraría la cuenta.

El mundo es pasajero, el final nos aguarda a todos, igual que a la literatura y a cualquier creación posible. Así que triunfar o fracasar no importa. La guerra está perdida desde antes de comenzar los enfrentamientos.

El poeta destaca la importancia de las cosas pequeñas, de la monotonía frente a las grandes empresas: “Sabio es quien monotoniza la existencia, puesto que entonces cada pequeño incidente tiene un privilegio de maravilla. El cazador de leones no tiene aventura más allá del tercer león”. Y se siente solo en el mundo, considerándose como un individuo con alma anormal: “Convivir con los otros es una tortura para mí. Y tengo a los otros en mí. Incluso lejos de ellos, estoy forzado a su convivencia”.

En este libro Pessoa combate todos los esquemas limitadores, se opone a las reglas de la gramática, crea sus propios giros verbales, trata como transitivos los verbos que no lo son, busca ver más allá, crear desde lo profundo. Y su dominio del lenguaje es tal que asombra, perturba y nos deja a los lectores desasosegados. Leerlo es ingresar a un resbaladero, o al mundo del circo en moto, y después de una buena zangoloteada espiritual hace evidente que no somos bestias, que tenemos el poder de comprender el lastimoso final que nos espera: lo que llamamos conciencia.

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