Jueves 1 DE Octubre DE 2020
La Columna

Gracias por la independencia

Lado B.

Fecha de publicación: 15-09-20
Por: Luis Aceituno

Lo más parecido a un prócer de la Independencia que he conocido en mi vida es Mario Monteforte Toledo. Encontrarlo, ser su amigo, fue para mí un privilegio más que personal, histórico. Mario fue mi conexión directa con varios de los grandes acontecimientos que forjaron este país. Él fue protagonista de algunos de ellos, como la Revolución de Octubre de 1944. Platicar con él, aún de las cosas más nimias, siempre fue una cátedra permanente. Lo que no había vivido, lo había estudiado y su capacidad de narrar era tan extraordinaria que, por momentos, a uno le daba la sensación de que se encontraba frente a un mensajero que provenía de las edades más remotas.

Mario nació justo noventa años después de la firma del Acta de la Independencia, el 15 de septiembre de 1911. Corría la dictadura sangrienta de Estrada Cabrera y las conmemoraciones eran suntuosas, castrenses y cursis. Niños descalzos que marchaban cargando fusiles de palo por las calles de la ciudad. José Santos Chocano recitándole loores al dictador y a la Patria. Hay mucho de simbólico en su fecha de nacimiento, un tatuaje, un destino. Una vocación que le surge desde muy niño por la independencia y la libertad. Dos conceptos que atraviesan su obra académica y literaria y su vida personal.

Antes de conocer a Camus en el París de los años treinta, un encuentro que cimentó su independencia intelectual, su anticolonialismo y su preocupación por el destino de los hombres y las mujeres que habitan este planeta, Mario estuvo, como todo adolescente latinoamericano que atravesó la década de los veinte, muy influido por el pensamiento de Haya de la Torre y del primer Vasconcelos. Intelectuales que arraigaron en él la idea de un compromiso permanente con la liberación de los pueblos por medio de la educación, el arte y la cultura. A través del conocimiento. Esto lo conecta directamente con José Cecilio del Valle y el sustrato ilustrado de la Independencia patria, con todo esa herencia letrada que han tratado de sepultar las dictaduras políticas, a base de desfiles y demostraciones militares.

Conocer a Mario, a principio de los años noventa, fue para mí una reconciliación con la Patria, luego del descalabro y el horror de los años ochenta que me había orillado al destierro. Fue absorber la historia de este país de otra manera, reconocer que más allá de corruptos y matones, había hombres y mujeres que dignificaban conceptos como independencia, nacionalismo, libertad, toda esa retórica muerta y pomposa, demagógica, que me había perseguido en los años escolares. La relación de Mario con Guatemala fue, de cierta manera, fatal: demasiados exilios, demasiadas persecuciones, demasiadas injurias. Persistía, sin embargo, honraba como pocos, ese compromiso que se había sellado el día mismo de su nacimiento. En lo personal, me enseñó que significaba exactamente vivir a la altura de lo que uno piensa.

Mario era, sin embargo y por fortuna, mucho más que una lección de civismo. Lo nacional, para él, no tenía sentido si no nos abría a lo universal. Si no podías conectar una marimba que suena solitaria en un pueblo del Altiplano con el ‘Pájaro de fuego’ de Stravinsky, estabas perdido. Feliz cumpleaños, maestro, y gracias por la independencia.