Jueves 1 DE Octubre DE 2020
La Columna

Cuando el amor se agota

Follarismos.

Fecha de publicación: 12-09-20
Por: Raúl de la Horra

Parece mentira y es duro de aceptar, pero hasta el amor es perecedero como las refrigeradoras y ciertas ideas fijas. Es decir, en el mejor de los casos, cuando el amor de pareja (con todo lo que esta palabra pueda querer decir) ha logrado perdurar durante muchos años, un día aparece la parca con su guadaña y secuestra a uno de los amantes frente a la mirada impotente del compañero o compañera. Es la ley de la vida. Pero lo que más frecuentemente sucede es que el vínculo intenso que un día los o nos unió (generalmente los ocho, diez o doce primeros años de relación sentimental), consistente en una mezcla intensa de atracción erótica, de pasión y de ternura, de descubrimientos entusiastas y de mutua retroalimentación, ilusiones y proyectos, ese vínculo original empieza a deshilacharse y a convertirse en una relación que oscila entre la monotonía y la previsibilidad absolutas, situación en la cual deja de existir la pareja como tal, pues “el otro” o “la otra” se transforman sin querer en una especie de imagen refleja de uno mismo, como frente a un espejo, o sea, en alguien que hemos internalizado a tal punto que hay muy poco que decirse y nada que descubrir ni buscar en el ocaso de la relación, perdiéndose así, poco a poco, el entusiasmo y las ganas de juntarse, de joder y de jugar. Claro, también es cierto que con el advenimiento de los hijos y nietos la relación primigenia cambia tanto de calidad y de sustancia, que es lógico que los vínculos originales se vayan diluyendo hasta transformar a la pareja en una mera convención al servicio de la reproducción del sistema económico y social.

Nunca olvidaré el día en que mi segunda esposa, la alemana, al comunicarme después de doce años de una consistente vida de pareja que ya no estaba segura de si quería o no que continuáramos juntos, le pregunté extrañado –creo que los hombres en esto somos mucho más ingenuos y menos perspicaces–: “¿Por qué?!” A lo que ella, con esa franqueza propia de los alemanes, me respondió algo que solo después de una intensa terapia de más de un año en Alemania, logré comprender o más bien aceptar: “Porque uno cambia, Raúl, yo he cambiado, mis necesidades son otras.” Recuerdo estarla viendo fijamente a los ojos cuando me soltaba eso y me preguntaba qué putas está queriéndome decir, pero ella insistía: “Raúl, uno cambia, ¿es que no te das cuenta?” Hasta aquel día yo pensaba que uno siempre seguía siendo más o menos el mismo por dentro, ya que ni la familia ni la escuela nos enseñan que la vida cambia y da vueltas, ya tú sabes, chico, y por eso yo andaba en Babia. ¡Pues vaya trancazo el que me di! Pero como no había hijos, el asunto terminó fácil y nos separamos sin gritos ni tiradera de platos, guardando el cariño y la amistad, cada quien con su vida y sus nuevas querencias.

Hablo de esto, porque mi consultorio de psicoterapia está tapizado de lágrimas y sufrimientos de parejas deshechas o en trance de deshacerse. Y es muy difícil, en una sociedad mojigata, ignorante e hipócrita como la nuestra, acompañarlos en su dolor y enseñarles a superar el terrible miedo a la incertidumbre, a la inseguridad material y al qué dirán que los tiene acogotados. Afortunadamente que existen también parejas que por milagro o descuido de dios han sabido mantener vínculos creativos y productivos dentro de la estructura matrimonial, pero permítanme contarles que, tras largas observaciones internas y externas, subjetivas y objetivas, directas e indirectas, he llegado a la conclusión de que son una verdadera excepción a la regla. Cuando el amor se agota, la única solución es dedicarse al ejercicio cristiano de la resignación y de la meditación contemplativa, o salir caminando con la camisa o la falda remangadas por los montes escarpados en busca de sí mismo.