Jueves 1 DE Octubre DE 2020
La Columna

Las amantes

Follarismos

Fecha de publicación: 05-09-20
Por: Raúl de la Horra

Me permito tocar hoy un tema delicado que, debido a nuestra cultura patriarcal campestre, profundamente hipócrita y saturada de convenciones, nadie trata. No es un asunto solamente guatemalteco, pero dado que el grado de descomposición social, de prejuicios y de ignorancia que hay en los usos y costumbres que nos constituyen como pueblote atrasado y feudal a lo largo y ancho de todas las clases sociales llamadas “ladinas”, es en Guatemala donde he visto este fenómeno florecer más que en otros países y culturas, como si se tratase de un gigantesco basurero moral en medio del cual nacemos, vivimos y morimos. Se trata de la facilidad con la que los hombres con pareja y familias institucionalizadas se lanzan a la conquista de otras mujeres generalmente solteras, divorciadas o viudas, convirtiéndolas en sus amantes e incluso fundando una nueva familia, sin atreverse a asumir enteramente sus responsabilidades ni con la una ni con la otra.

En mi práctica psicoterapéutica no ceso de toparme con este fenómeno que pone en evidencia las grietas inmensas de impunidad y de miseria afectiva y erótica que existen en una sociedad donde el Estado vale madres y donde las pocas leyes que hay no garantizan para nada la protección sobre todo de las mujeres seducidas y de los hijos surgidos de dicha relación. Es curioso, pero casi podría afirmar que una tercera parte de mis amigos guatemaltecos son hijos naturales de señores muy “respetables” que tenían situaciones sociales relativamente estables y que rarísima vez tuvieron los huevos (perdón por esta expresión tan popular y acertada) de asumir sus aventuras o aventurillas. En el mejor de los casos, dieron su apellido y algún apoyo formal al hijo o hija fuera de matrimonio, pero en la mayoría de casos no lo hicieron. Las consecuencias psicológicas de dichas relaciones “licenciosas”, tanto para los miembros de las familias oficiales, pero sobre todo para las familias “clandestinas”, son bestiales y destructivas, difíciles de evaluar.

Mi madre, al quedar viuda en Guatemala a la edad de cuarenta y cinco años con un hijo adolescente, tuvo que vérselas ante una jauría de hombres que se acercaban con muy poco estilo y mucho blablabla, sea para ver qué podían conseguir sexualmente y/o económicamente, o bien con la intención de establecer alguna relación afectiva duradera. Al cabo de cuatro años de soledad y de relativo desamparo sentimental, terminó aceptando la amistad y presencia de un tipo buena gente, empresario de cierto talento que acepté porque era gentil con ella. Sin embargo, estaba casado y tenía igualmente hijos adolescentes que nunca conocí. Él juraba que no se entendía más con su esposa desde hacía años y que en cuanto su hija cumpliera los dieciocho, en dos o tres años, rompería su relación oficial y declararía al mundo su amor por mi madre. Nunca sucedió. Nunca se atrevió. O nunca quiso. Él vivió con mi madre una bella fantasía ilusoria durante varios años, hasta que su familia se enteró y desencadenó un terremoto que le estalló también a mi pobre madre en la cara. Entonces él, como buen hombrecito típicamente guatemalteco que era, metió la cola entre las patas, regresó al redil, seguramente pidió perdón, e incluso se dio el tupé de culpar a mi madre por lo que había pasado. Por supuesto, ella quedó perpleja y devastada.

Si me he permitido contar esta historia es porque son varios los casos similares que conozco. Al recordarlo, me da una rabia profunda constatar que hay todavía tanto hijueputa irresponsable suelto, incapaz de asumir las consecuencias de sus actos. Mariquitas que les dicen, machos de plástico, hipócritas y cínicos. Mierda de gente. Mi desprecio y asco hacia ellos.