Jueves 1 DE Octubre DE 2020
La Columna

Rodolfo Abularach y el artefacto sonoro

Lado B.

Fecha de publicación: 01-09-20
Por: Luis Aceituno

En una visita al MoMA de Nueva York, en 1969, Rodolfo Abularach y su hermano Roberto encontraron un artefacto extraño construido por un ingeniero que respondía al nombre de Robert Moog. Era un instrumento musical compuesto por un teclado unido a una especie de central telefónica, que tenía la capacidad de sintetizar electrónicamente los sonidos de todos los instrumentos de una orquesta sinfónica clásica. En un reportaje aparecido en la revista ‘Mecánica Popular’ se aseguraba, además, que el artefacto era capaz de crear algo así como 7 millones de sonidos diferentes y que, para reproducirlos todos, un ser humano tendría que vivir 210 años. Parecía una de esas curiosidades tecnológicas que se muestran en las ferias mundiales, cuya manipulación o ejecución es tan complicada, que luego del entusiasmo inicial que despiertan, pasan al olvido sin dejar mayor noticia. En este caso, el aparato era tan raro que, desligado de su función esencial, se mostraba como un “objeto” en el museo de arte moderno.

Frente a lo que los hermanos Abularach se encontraban era el Moog Modular Synthesizer, el primer sintetizador electrónico del que se tiene noticia, un instrumento que cambiaría de manera radical no solo el rumbo de la música académica contemporánea, sino el de la música popular, del rock progresivo al techno, pasando por el funk y la Disco, y más allá…Robert Moog lo había creado en 1964, con la asesoría musical de Walter Carlos (más tarde Wendy, luego de una sonada operación de cambio de sexo a mediados de los años setenta). Fue este último, el que popularizaría el sonido del Moog Modular 3P, con la grabación en 1968 de ‘Switched-On Bach’, una versión electrónica de las obras del compositor clásico, que sorprendentemente arrasó en las listas de éxitos y se convertiría en una influencia definitiva para músicos como Keith Emerson y el japonés Isao Tomita.

Cuenta la leyenda que el entusiasmo de Roberto Abularach, uno de los pioneros del jazz moderno en Guatemala, frente al instrumento fue tal, que su hermano Rodolfo, el legendario pintor guatemalteco que radicaba en NY, buscó personalmente a Robert Moog para que le construyera uno. Hasta ese momento solo existían dos copias del Sintetizador Modular 3P, la de su inventor y la de Walter Carlos. El Moog que llegó a Guatemala en 1970, es la tercera pieza que se construyó en el mundo. Roberto lo puso a disposición de Emilio Aparicio, un joven pianista que trabajaba en su tienda de instrumentos musicales La Estrella, con una libertad absoluta para su uso. Ambos se encerrarían en una granja que la familia Abularach tenía por la zona 12 de la Ciudad, para ver qué resultaba de la experiencia.

La granja se convirtió en un centro neurálgico de experimentación sonora y artística en la Guatemala dictatorial de principios de los años setenta, un reducto de libertad y de imaginación creadora. De la experiencia surgieron cuadros “rarísimos”, como los calificaba su autor, de Rodolfo Abularach: ‘Diálogo vegetal’ y ‘El sueño’; y una serie de discos de 45 revoluciones realizados por Aparicio, las primeras grabaciones de música electrónica en Guatemala y buena parte de América Latina, que aquí pasaron inadvertidas, pero que hoy son tesoros que buscan afanosamente coleccionistas de medio mundo.

Rodolfo Abularach murió el fin de semana a consecuencia del coronavirus. Nos deja uno de los grandes artífices, uno de los grandes espíritus, del arte contemporáneo nacional en todo su esplendor.