Jueves 1 DE Octubre DE 2020
La Columna

Seguimos con el tema de las libertades

Follarismos.

Fecha de publicación: 29-08-20
Por: Raúl de la Horra

Este es un tema de nunca acabar, y es al interior de la noción de “libertad” donde reside el núcleo atómico de la problemática humana o de la paradoja humana. Desde el mito religioso de la desobediencia de Adán y Eva ante las advertencias de Dios, la humanidad judeo-cristiana y la intelectualidad tanto religiosa como no religiosa, no han cesado de intentar definir qué es la libertad, y si de verdad tal “cosa” existe o no, y si existe, hasta qué grado. Porque nuestra mente bifocal tiende en estos temas a ser de naturaleza digital o bipolar, y abusa del vicio de dividir el mundo en polaridades (todo o nada, sí o no, blanco o negro), cuando está visto que la realidad suele ser más bien de naturaleza analógica, lo que quiere decir que hay graduaciones o niveles de realidad y de libertad (¿Alguna vez ha contemplado usted la variedad infinita de verdes que hay en el bosque?).

Mi posición es que sí existe la potestad de elegir entre varias opciones, ya sean cognitivas o axiológicas (de valores), al menos hasta cierto grado. Viktor Frankl, el famoso psiquiatra austriaco fundador de la logoterapia, por experiencia propia en el campo de concentración donde estuvo prisionero, afirma que, en el peor de los casos, uno puede elegir la actitud a tomar ante ciertas circunstancias, lo que correspondería a una libertad ética. Las más de las veces, sin embargo, la posibilidad de optar por una u otra opción está limitada o determinada por una cantidad tan grande de factores, que hablar de libertad en términos absolutos es imposible. Digamos, como lo he dicho ya en otras ocasiones, que la libertad es siempre una función que se refiere a la potestad de pensar, decidir y hacer algo en concreto, es decir, libertad de qué y para qué, he allí el meollo de la cuestión.

Actualmente, con el Covid-19 ha surgido una corriente heterogénea de suposiciones azarosas –vamos a llamarlas “conspiroparanoicas”– que niegan desde la existencia misma del virus y de su capacidad destructiva, pasando por la idea de que todo es obra de poderes supra nacionales que desean controlar el mundo, hasta llegar a la conclusión de que esa vaina del uso de mascarillas y de la práctica del alejamiento social son restricciones inservibles que coartan al ejercicio de nuestras libertades individuales, las cuales forman parte de los derechos humanos fundamentales, sacralizados de manera pasional como un tótem o un unicornio rosado delante del cual debemos postrarnos y cantar aleluyas, porque en el centro de la realidad del mundo está el individuo proteico abstracto, ejerciendo un solipsismo mágico que es el verdadero motor de la realidad social, idea, por lo demás, en la que ya ni los discípulos de la sacerdotisa de esa religión, la famosa Ayn Rand, creen.

Como psicólogo y científico social, sé lo que significan las conductas llamadas “de riesgo” que, si la sociedad o el Estado no las limitan, pueden conducir a catástrofes individuales y colectivas. Y todas necesitan ser reguladas de alguna forma, aunque con ello restrinjan algunos de nuestros derechos. Por ejemplo, no fumar en los bosques, no conducir a más de X kilómetros por hora, utilizar cinturón de seguridad en carros y aviones, usar casco en moto o chaleco salvavidas en una lancha, y ‘last but not least’, usar mascarilla en lugares públicos y guardar cierta distancia social. Mientras no se demuestre de manera contundente que estas prohibiciones son más peligrosas que su abolición, lo inteligente es evitar toda conducta riesgosa, lo que es una manera responsable de preservar la vida propia y la de los demás.