Sábado 15 DE Agosto DE 2020
La Columna

Una historia de amor

Fecha de publicación: 01-08-20
Por: Raúl de la Horra

En el verano del año sesenta y tres del siglo pasado, cuando yo tenía doce añitos, fui con mi madre a España por primera vez para conocer a mis abuelos maternos y paternos antes de que murieran, pues  estaban ya bastante mayores. Mi madre, para poder hacer el viaje a España, se había nacionalizado guatemalteca, pues los españoles republicanos en el exilio no tenían derecho a volver, so pena de ser encarcelados por la dictadura franquista. Mi padre, en cambio, nunca pudo regresar desde que se involucró en la guerra a los diecisiete años de edad, y jamás volvería a ver a su familia.

El caso es que hicimos escala una noche en México, y desde que llegamos al hotel yo noté que mi madre estaba nerviosa. Al anochecer, la vi hojeando con frenesí la guía telefónica sin que me explicara nada y llamó a varios teléfonos hasta que por fin, por lo que pude constatar, encontró el número que buscaba.

“¿Don Restituto González (¡vaya nombrecito, pensé!), no me reconoces?”, preguntó. Al parecer, del otro lado, el hombre no caía en la cuenta. “Soy una de las dos personas que te acompañaron en el puerto de Barcelona cuando zarpaste hacia México, ¿te acuerdas?” Por lo que entendí, el tipo debió lanzar una exclamación con el nombre de la hermana de mi madre, pero como si se tratara de una mala telenovela mexicana, mi madre, habiendo tragado saliva, aclaró: “¡No, la otra!” Entonces escuché saliendo del auricular una voz desgarradora: “¡Maríaaaa, me cago en la mar, pero desde dónde me llamas, dónde estás?”

Y fue así como me enteré, boquiabierto, que mi madre guardaba un secreto: que antes de conocer a mi padre al terminar la ocupación alemana en Francia, había vivido durante la guerra civil española un apasionado y tórrido romance con el tal Restituto, hombre de negocios de la República que emigró a México, como tantos otros miles lo habían hecho antes y después de la debacle. Por lo visto, al despedirse aquel día en el puerto, le prometió a mi madre que pronto la mandaría a buscar (promesa que muchos hicieron a sus novias y esposas al partir, pero una vez en América, la gracia y sensualidad de las latinas los disuadieron de tal idea).

Sin embargo, los días, las semanas, los meses y los años pasaron lentos e inmisericordes, y mi pobre madre nunca volvió a tener noticias de él, a pesar de las cartas que amorosamente le enviaba. Todo esto me lo contaba ella aquella noche en el hotel del Distrito Federal, entre emocionada y avergonzada, porque yo la observaba por el rabillo del ojo con la expresión de un Torquemada en miniatura.

Al día siguiente, a la hora del desayuno, Don Restituto González se plantó en el hotel dando tumbos, con un puro en la boca. Se hicieron las presentaciones del caso. O sea, que yo podría ser el hijo de este individuo, es lo primero que me pasó por la mente. Pero enseguida percibí que era una persona encantadora, y nos explicó que hacía poco tiempo que había descubierto que su hermana, que había emigrado después de él y que fungía como su secretaria, era la que había escondido todas las cartas que mi madre le enviaba a él, así como las que él le enviaba a mi madre, porque de toda la vida, esa hijueputa se había opuesto a aquella relación debido a las diferencias de clase social que había entre mi madre y su hermano.

Y bueno, asunto aclarado, colorín colorado, mi madre y yo nos fuimos esa tarde a España, pero en los años venideros fui con frecuencia a México y Restituto me trató siempre con mucho cariño, dándome regalitos para mi madre. Y a mi padre, en fin, todo esto le hizo poca gracia, pero ni modo, se tuvo que aguantar, esa ya es otra historia.