Sábado 15 DE Agosto DE 2020
La Columna

La riqueza del conocimiento

Follarismos.

Fecha de publicación: 25-07-20
Por: Raúl de la Horra

Admitamos de entrada que el acceso al conocimiento es una de las formas de libertad y de riqueza esenciales, tanto individual como colectivamente (igual que el acceso a la salud y a la vivienda, así como a un trabajo digno). Sería interesante que se hicieran estudios comparativos para establecer cuáles son los países más ricos y más libres que hay actualmente en relación a los conocimientos, al aprendizaje de habilidades y a la inteligencia emocional. Es posible que nos llevaríamos grandes sorpresas y descubriríamos que muchos de los países que uno considera más desarrollados desde el punto de vista capitalista, no son necesariamente los más ricos en cuanto al conocimiento individual ni en cuanto a la calidad humana de sus habitantes, no solo para con su propio pueblo, sino para con otros pueblos y culturas.

Creo que ya lo he contado, pero volveré a recordar esta anécdota, porque ilustra el núcleo de estupidez y de pobreza humanas que son frecuentes en países altamente “desarrollados”, simplemente porque viven en el desconocimiento y en la ignorancia de muchas cosas. Cuando yo y mi esposa, originaria de la antigua Alemania Oriental (país socialista antes de la caída del Muro en 1989) nos fuimos a Francia, ella consiguió trabajo en la sucursal de una banca alemana en París. Sus colegas, todos ellos altos y medianos cuadros ejecutivos con largos estudios en excelentes universidades, no podían creer que mi compañera viniera de la Alemania Comunista, pues siempre habían considerado que los habitantes de aquellos países eran poco menos que retrasados mentales. Resulta que ella hablaba dos idiomas bastante bien además del suyo (español y francés corrientemente, ruso e inglés con suficiencia), y esto no era una excepción en las universidades alemanas del Este, donde yo impartía clases, pues los alumnos traían una experiencia de estudios, de trabajo, de lecturas y de conocimiento vital que dejaban con la boca abierta a cualquiera de Occidente.

Por ejemplo, mi compañera había trabajado durante las vacaciones –como todos los jóvenes alemanes desde la escuela secundaria y también en el periodo universitario, al menos durante un mes al año–, en una fábrica distinta cada vez, percibiendo un salario, para convivir con los obreros y aprender a hacer el trabajo que ellos hacían. También los chicos aprendían a orientarse y a sobrevivir en bosques con técnicas de boy-scouts, y tenían un nivel de autonomía extraordinaria, pues desde los dieciocho años todos sin excepción, si lo deseaban, podían optar a las becas de estudio gratuitas del Estado y hacerse independientes de los padres. De modo que los colegas de mi compañera en el banco la observaban como a una hermosa marciana y nunca entendieron que provenía de ese mundo saturado de tristeza y de opresión que la propaganda capitalista les había metido en sus cerebritos. Mayor sorpresa suscitó entre sus colegas alemanes, cuando nos trasladamos a vivir a Múnich, sede del banco. Allí, sus colegas no creían que esa mujer era un producto auténticamente socialista. Y lo mismo sucedió con otras chicas y chicos, alumnos míos, que se trasladaron a occidente después de la caída del Muro.

Termino con esto: la miopía y ceguera de la mayoría de países occidentales capitalistas con respecto al resto del mundo es brutal y vergonzosa. Como vergonzosa e indigna es su ignorancia acerca de otras culturas y acerca de la historia colonial de su propio país. Son países pobres en conocimientos y ricos en ignorancia. No libres, sino esclavos. No solidarios, sino prepotentes e idiotizados. Y nosotros somos su caricatura.