Domingo 9 DE Agosto DE 2020
La Columna

A propósito de confinamientos

Follarismos.

Fecha de publicación: 11-07-20
Por: Raúl de la Horra

En esta época de confinamientos inevitables me topé en ‘Netflix’ con el documental español ‘El silencio de otros’ (2017), de Almudena Carracedo y Robert Bahar, ganador de diversos premios internacionales. Este conmovedor documento nos muestra la lucha protagonizada por un grupo de hijos y nietos de las víctimas del franquismo para tener derecho a enterrar a sus familiares que yacen injusta y anónimamente esparcidos como basura a lo largo y ancho del territorio español, sin que jamás el Estado surgido de la mal llamada “transición democrática” haya pedido perdón a las familias de las víctimas por las desapariciones forzadas (114 mil 226 personas desaparecidas, de las cuales 50 mil fusiladas) a manos del régimen franquista entre 1939 y 1960, es decir, después del final de la guerra civil (que tuvo lugar entre 1936 y 1939),  guerra que significó la muerte de más de medio millón de españoles y el exilio de 200 mil personas.

Dicho documental y la situación de aislamiento en la que muchos nos encontramos hoy, me remitió inevitablemente a la historia de mi familia, porque del lado de mi madre, al menos tres de sus hermanos tuvieron que vivir escondidos en su casa de Cantabria, España, hasta 1945, sin salir más que al huerto que había detrás. O sea, durante cinco años, vivieron aislados en un escondite que mi abuelo fabricó en casa y que consistía en una doble pared de metro y medio de ancho por cuatro de largo, donde se encerraban cuando la Guardia Civil irrumpía para indagar si mis tíos, considerados como “rojillos” o “comunistas” (que no lo eran, pues eran simples defensores de la República) habían vuelto clandestinamente del exilio. De ser capturados, probablemente les habría correspondido la prisión (el régimen encarceló a 270 mil personas durante esos años de posguerra, de los cuales 4 mil murieron de hambre y de enfermedades), o el fusilamiento (50 mil murieron fusilados).

Yo, que tuve la suerte todavía de conocer a los 12 años la casa y la huerta de mis abuelos, vi el escondite aquel y me pregunté cómo era posible que hubieran aguantado tanto tiempo sin salir de casa y sin tener relación con el vecindario. Claro, eran casas campestres, distantes unas de otras, lo que favorecía el aislamiento. Pero lo más grave de todo fue el aislamiento mental que esta situación trajo y que finalmente se impuso a todos los habitantes del país los cuarenta años que duró la dictadura franquista, porque en los textos de escuela se borró buena parte de la historia, en los bares se prohibió hablar de política, al que leía ciertos libros lo llevaban preso y lo torturaban y, a la larga, lo que pasó fue que muchos de los hijos de mis primos y primas no tienen ni puta idea de lo que fue la guerra civil española y el franquismo, y hoy se han convertido en conjunto, en una generación desmemoriada y castrada.

Otros países sometidos a dictaduras sanguinarias como Chile, Uruguay, Argentina, Sudáfrica, Vietnam, Cambodia, incluso la misma Alemania y hasta Guatemala, han cuestionado y denunciado la ilegalidad de los pactos llamados “del olvido” o “pactos de amnistía”, como el que se realizó en España en 1977, cuyo objetivo era que prescribir todos los delitos cometidos en el pasado. Pero el asunto es que los llamados crímenes de lesa humanidad como los que cometió el Estado franquista, no prescriben jamás. Y mientras no se destape la verdad y no se haga justicia, los pueblos desmemoriados seguirán bajo un confinamiento mental que pudre la realidad y produce pus. Y como expresó Vicente Muñiz, un exiliado español: “Una herida cicatriza bien cuando se limpia bien. Pero si dejas el pus dentro, vas a tener que volver a abrirla para curarla. Piensan que el tiempo lo va a arreglar. Absurdo. Solo la justicia lo arregla”.