Lunes 3 DE Agosto DE 2020
La Columna

No hay verdaderos cristianos

Follarismos

Fecha de publicación: 04-07-20
Por: Raúl de la Horra

No sé ustedes, pero si yo fuera auténtico creyente, me alegraría ante la muerte de mis familiares o amigos y, en general, ante el privilegio que ellos tienen de que su alma se desprenda por fin del cuerpo para ser recibida amorosamente por el único dios verdadero, omnipotente y omnisapiente, es decir, el Dios cristiano que, según afirman sus agentes en la tierra –sacerdotes y pastores–, rige nuestros destinos a través de un plan magnífico e ininteligible que no tiene otro propósito que el de ensalzar su gloria a través nuestro, para mayor gloria de sí mismo, haciéndonos así partícipes de la felicidad y armonía eternas que reinan en uno de los cuatro mundos sobrenaturales que hay y que, según las Sagradas Escrituras, se denomina Cielo.

No quiero parecer sarcástico ni irrespetuoso. Lo que afirmo es cierto: yo hubiera deseado de corazón creer en esa promesa maravillosa del más allá con la misma convicción y entusiasmo con que los niños pequeños creen también en Santa Claus, pero la capacidad de raciocinio con la que vine equipado a este mundo, junto con la capacidad de observar, de asombrarme, de hacer preguntas y de absorber las experiencias, así como la capacidad de reflexionar y de aprender, de sufrir y de gozar, de escuchar y de comunicar, sintiendo cómo mi conciencia crecía como las alas de un pájaro destinado a volar por distintas regiones del éxtasis y del conocimiento, me impidió identificarme con esa curiosa leyenda de la pervivencia del alma y del goce eterno. ¿Renunciar a la capacidad de búsqueda y de razonamiento? Solo si alguna lesión cerebral me lo hubiera impedido, de la misma manera como una parálisis me habría impedido andar o hablar.

Sin embargo, muchos de los que se consideran cristianos no aceptan y no se alegran de que los seres queridos abandonen este mundo para realizarse como seres de luz que felizmente podrán por fin acceder en el otro mundo a un estado de beatitud absoluta. Muchos quieren retenerlos aquí de manera mezquina, porque no piensan en realidad en la dicha de los que se van, sino en el terrible sentimiento de desconsuelo que invadirá sus corazones carentes de verdadera fe en las creencias que dicen profesar y que, si lo vemos de cerca, nunca o casi nunca han sido asumidas como revelaciones vivificantes o como palabras reveladas de Dios. Es un poco como aquellos padres egoístas que no aceptan que el hijo o la hija se marchen de casa cuando estos están destinados a volar con sus propias alas, así que cuando se van, todo pierde sentido y se sienten desolados.

Entiendo que este es un tema complejo que, planteado así, genera escozor. Mi objetivo, al exponerlo de esta forma, es el de confrontar a aquellas personas que son religiosas de mentirijillas, obnubiladas por un sentido infantil de lo religioso debido a una aceptación dogmática y pueril de las leyendas y tradiciones religiosas, lo que en lugar de convertirse en una luminosa y vivificante vivencia de desarrollo espiritual, se convierte en una caricatura de creencia, una forma de autoengaño fabricado para lavar la conciencia de las responsabilidades no asumidas ante la propia existencia, ante la familia y ante la sociedad, cuando se está completamente hipnotizado, drogado y apendejado, en una especie de delirio psicótico, por el monoteísmo de mercado, el consumo de objetos e idioteces y las doctrinas de la prosperidad.