Martes 7 DE Julio DE 2020
La Columna

El deshierbador

SOBREMESA

Fecha de publicación: 29-06-20
Por: María Elena Schlesinger

Muchos de los antiguos oficios que se realizaban en nuestra ciudad, tan importantes para la vida cotidiana y del ornato de antes, han ido desapareciendo con el paso del tiempo y la modernidad, borrándose de nuestro imaginario.  Oficios que hoy día nos parecen tan lejanos y extraños como el ser colchonero, carbonero, limpiador de cielo raso o alumbrador, oficio de quien al caer la noche encendía los faroles de gas que iluminaban la ciudad.

Uno de estos oficios, desaparecidos con la llegada del asfalto allá por los años treinta, fue el “deshierbador” o “quitamonte”, de quienes se dedicaban a desmontar las calles empedradas. En los meses de junio y julio, después de las primeras lluvias de mayo, comenzaba a crecer todo tipo de monte y mala hierba en los resquicios del empedrado y de las destartaladas banquetas.

Se decía entonces, que era tanta la hierba que crecía en las calles y sitios baldíos, que cuando se estrechaba el bolsillo y venía la hambruna, la gente más necesitada de la ciudad salía a recoger las hierbas que crecían en las calles y cercos para hacerse del sustento, hierbas que después preparaban en caldos y guisos sazonados con sal y algún tomate hecho chirmol.

Los vecinos eran los encargados por ley natural  de la limpieza del pedazo de calle frente a su casa, manteniéndolo no solo libre de basura y excrementos,  sino también de monte y hierbas. Al igual que de sus tejados, en donde la aves dejaban sembradas las semillas que luego se convertirían en monte floreciente,  amarillo  y verde,  sobre las tejas.

Para mantener limpias las calles de estos hierbajos, los vecinos contrataban los servicios de los quitamonte, señores catalogados de “humildes”, sin preparación ni destrezas para oficios mayores. Estos trabajadores anónimos, vestidos míseramente y descalzos, realizaban diversos oficios según las necesidades particulares y temporales de la ciudad.  En junio eran deshierbadores o quemadores de pólvora en los Corpus, en Semana Santa sayales de la procesión de La Merced, donde cargaban las imágenes de San Juan y María Magdalena. En diciembre se convertían en vendedores de musgo y patas de gallo a la salida del mercado.

Quienes se dedicaban a esta tarea eran, por lo general algo viejitos, o bolitos consuetudinarios que ya no podían realizar su oficio original. El deshierbador tocaba en las casas ofreciendo sus servicios, ya fuera por día o por trato, eran casi siempre muy mal remunerados, trabajaban por unos cuantos centavos o cuartillos a cambio de pasarse el día entero en cuclillas rasgando la tierra con un instrumento punzante, un cuchillo viejo, pedazo de metal punzante o filosos y gruesos chayes de botella.  El montecillo verde iba a parar a un costal, el cual era el premio a su esfuerzo junto con los pocos centavos que lograba ganar en la tarea.  Cada casa tenía un “arrancamontes conocido” que realizaba estas pequeñas tareas, almas solitarias y sufridas, olvidadas de este mundo.