Jueves 9 DE Julio DE 2020
La Columna

Todos los días pienso en la muerte

lucha libre

Fecha de publicación: 24-06-20
Por: Lucía Escobar

Desde que el encierro comenzó, siento que la muerte se ha vuelto una dura acompañante que le da sentido a mi vida con su amenazante presencia. Gracias a ella, intento disfrutar cada segundo. Parece fácil pero que cuesta. Vivir aquí y ahora es toda una filosofía, un ideal por conseguir.

Más o menos desde el mes de febrero que no abrazo a mi madre. Nunca había pasado tanto tiempo sin ella. Mi mamá tiene demencia senil avanzada y vive en una residencia médica especial para personas que necesitan cuidado profesional diario. Vivir ahí le mejoró la calidad de vida. Había dejado de caminar y ahora ya lo hace de nuevo. Y aunque su cuerpo físico se encuentra bien, lo que sucede por su mente sigue siendo un misterio para nosotras. Desde que mi papá murió, ella ya no habla, como que ese día hubiera soltado el último hilo de cordura que tenía para enfrentar la vida. Desde que el COVID-19 llegó a Guatemala prohibieron las visitas en las residencias ya que son muy vulnerables a sufrir contagios masivos. Toda precaución en estos lugares es poca. Un solo caso puede crear efecto dominó. El riesgo es demasiado grande. Ahora, solo puedo ver a mi mamá por fotos, nos mandan videos de ella comiendo y organizan reuniones por Skype tristes y dolorosas. Me conmueve la cara de desconcierto de mi madre tratando de enfocar en la pantalla algún rostro conocido, la emoción de reconocer nuestras voces pero no saber de dónde salen. Parece que no entiende y no puedo simplemente abrazarla, tocarla, sentirla a mi lado y darle todo el amor que requiere. Los médicos dicen que ese abrazo que tanto necesita podría matarla. Pero ¿qué sentido tiene la vida si no es para estar con la gente que amamos y que nos necesita?

Pienso en la muerte de mi madre. Soy lo suficientemente adulta para aceptar que eso va a suceder tarde o temprano. Solo espero que podamos estar con ella cuando esto pase, así como acompañamos a mi papá en sus últimos momentos. Mientras tanto, acepto esta separación porque no tengo otra alternativa y anhelo pronto poder abrazarla fuerte y por mucho tiempo.

Viviendo aquí, tenemos a la muerte siempre pisándonos los talones. En Guatemala la muerte tiene amigos poderosos en el gobierno que la tratan con demasiada cortesía y le dan grandes facilidades. La corrupción es íntima amiga de la muerte porque nos roba camas de hospitales, atención medica, respiradores, mascarillas y equipo de protección, sueldos, infraestructura. Eso nos deja mucho más vulnerables ante ella.

Por supuesto también pienso mucho en la posibilidad de mi propia muerte, y en la relación de esta con cada cigarro que he fumado en mi vida. Espero que sea leve la factura de mis pequeños excesos. Tengo claro que aún no me quiero morir. Mi curiosidad por el más allá puede esperar. No me urge saber qué me espera del otro lado del silencio. Si el cielo o el infierno cristiano, Xibalbá, la tierra oscura, el Valhallá o los gusanos.