Jueves 9 DE Julio DE 2020
La Columna

En el nombre del padre

Lado B

Fecha de publicación: 23-06-20
Por: Luis Aceituno

En alguna columna anterior, escribí que en este confinamiento me la he pasado discutiendo mucho con mi padre. Iba a decir “platicando”, pero preferí el otro verbo, porque nuestra relación consistió en una discusión constante. Me heredó para bien o para mal ese espíritu de contradicción que le era propio. Por supuesto, jamás fueron debates violentos o alterados, en los últimos tiempos habíamos aprendido a contradecirnos de manera muy relajada, como dos viejos adversarios que se conocen trucos y mañas, y ya no están para andar impresionando al otro. Pero ahí seguíamos discutiendo de todo, desde cosas muy personales hasta cuestiones históricas, sociales, políticas, no sé cómo llamarlas. Leía mi columna de los martes religiosamente y cuando ya no pudo hacerlo, le pedía a la enfermera que se la leyera. Rara vez me comentó alguna, pero para mí fue un reconocimiento demasiado importante: le interesaba lo que yo pensaba, aunque estuviera a años luz de sus propias concepciones sobre la vida y la realidad que nos envuelve. O quizá no, para nada, y estábamos más cerca de lo que queríamos admitir. Es, en parte, lo que me interesa comprender ahora, en estas largas discusiones de la cuarentena. Era un hombre reservado, con una seriedad amable que a ratos confundía y podía hacerlo parecer huraño –tal vez una coraza para evitar la tontería–, pero en el fondo era un gran seductor, con una conversación deliciosa, cuando estaba de buenas, con una memoria privilegiada que le robó la enfermedad.

Hablo de todo esto, porque el domingo pasado, mi papá hubiera cumplido 99 años. Le faltaron nueve para completar el siglo. Yo que soy especialista en olvidar fechas de cumpleaños y que varias veces olvidé el suyo (aunque siempre hubo a última hora un recordatorio salvador), me pasé el día con ello en la cabeza. Recuperé una fotografía suya, tomada el 20 de octubre de 1944, Día de la Revolución. Está ahí vestido como siempre de manera impecable, que nadie diría que hizo parte del grupo rebelde que se enfrentó a los soldados que protegían la Fuerza Aérea y que luego fue a tomar la Guardia de Honor. Tenía 23 años y yo quería recordarlo así, encontrar quizás un punto de origen, una conexión, un canal abierto para coincidir con él.

La fotografía tiene su historia, como todo entre nosotros. Ya hablé de ella en una crónica del libro ‘El día que mataron a John Lennon’. Me la regaló en una época en que discutíamos bastante sobre mi “rebeldía sin causa” (o con tantas, que eran difíciles de identificar). Estaba impresa en una revista médica y la reproducción era fatal. Pero la guardé conmigo como un legado precioso de un momento que me hubiera gustado vivir, y en el que me hubiera gustado ser él. El día en que la creí extraviada, me desmoroné, pensé que había perdido parte de una memoria que él me había encomendado. En mi más reciente mudanza, la encontré entre un relajo de papeles y de libros. Este encierro me ha vuelto propenso a las conexiones extrañas, así que me dije que algún mensaje oculto había en el hallazgo. Posiblemente no hay ninguno, solo el testimonio de un tiempo que se fue con él.