Jueves 9 DE Julio DE 2020
La Columna

Día de Corpus

Fecha de publicación: 22-06-20
Por: María Elena Schlesinger

Para quienes seguimos las festividades que marca el calendario católico, después de las procesiones viene el mes de la Virgen María, con olor a azucenas y cánticos marianos como música de fondo, y luego llega el Corpus, fiesta de grandes vuelos en la Catedral que este año estamos extrañando, de misa de tres padres, y día de feriado para quienes estudiábamos en colegio católico.

“Ya viene junio, el mes mojado” decían en casa. Llegaban las lluvias  torrenciales que inundaban las calles formando “avenidas de agua”. Aparecían las goteras, salían las sombrillas del resguardo en el armario durante el verano, las capas y  las botas  de hule brincacharcos, y era tiempo de empapadas con sus respectivos catarros y gripes con calentura: una Vitapirena muy caliente o una limonada tibia acompañada de un acidísimo Mejoral, porque… “Mejor, mejora Mejoral”, que fueron  las medicinas de la niñez. 

Y para quienes habitábamos el Centro, el inmenso, el más grande distrito habitacional que hayamos tenido y gozado en Guatemala, junio era festivo y alegre, porque a mitad de mes aparecía pomposa y llena de repiques de campanas, flecos amarillos y blancos, bombas cola de ratón y mucha quema de pólvora, la fiesta del Corpus Christi en la cual la antañona Catedral se engalanaba para la ocasión: cortinajes blancos y amarillos adornaban la fachada, y decenas de cordones con palomitas de papel de china revoloteaban en las alturas del atrio al compás del vuelo de campanas y de la oleada de palomas que empinaban el vuelo, asustadas, por el tronar de los cuetes y las campanas.

Las celebraciones religiosas iniciaban temprano en la mañana con  misa larguísima y cantada de tres padres, y la consecuente adoración del Santísimo: la custodia de oro se alzaba lentamente al toque de ciento de campanillas, entre incienso oloroso, como si estuviera surgiendo con esplendor divino, entre las nubes del cielo. Un coro de letanías y jaculatorias repetidas al unísono, como coro de suplicantes, formaron en mí, el más dulce y lúdico de mi imaginario: “Bendita sea su Preciosísima Sangre” “Bendito sea Dios en sus Ángeles y en sus Santos”.

Me sentía en el cielo, respirando el incienso y el vaho de las velas encendidas. Con el aroma fuerte de las azucenas frescas, muy blancas… Los cantos sagrados y el recinto decorado con ángeles, flores y cortinajes flotando como nubes sobre nuestras cabezas.

¿Qué más podía pedir aquella niña sentada en una banca al lado de su madre, vestida a lo Marilú, peinada con cola de macho estirada hasta achinar los ojos, de mente dispersa e imaginativa? Porque las marcas, los gustos y las insignias que nos acompañan siempre se imprimen en la infancia, cuando los ángeles vestidos de dorado vuelan de una columna a otra cantando “al amor de mis amores”. En la puerta inmensa de la iglesia llovía una lluvia fina de cuadritos de papel de china blanca  y amarilla, y las voces de las campanas  celebraban algo así como la entrada al cielo.

mariaelenaschlesinger@gmail.com