Jueves 9 DE Julio DE 2020
La Columna

Fiesta clandestina

Fecha de publicación: 15-06-20
Por: María Elena Schlesinger

El viernes fue un día de aires viciados y oscuros. En la noche, el teléfono no paró de timbrar, como telégrafo, anunciando malas noticias relacionadas con la pandemia. Que si parece que hay monjas en cuarentena o infectadas, confinadas dentro de las altísimas paredes de su convento, algunas de ellas en estado delicado de salud. Luego, la aparente noticia de alguien que falleció a su ingreso a un hospital, o el alivio de un número que marcar para resolver dudas del COVID-19, y lo lamentable de un muro de lamentos en la calle donde las personas manifiestan que tienen hambre y necesitan ayuda para sobrevivir.

Cuesta mucho conciliar el sueño en estos días porque las noticias de la pandemia nos acorralan o revolotean como zopilotes, haciéndonos comprender que el lobo negro de la enfermedad está cada vez más cerca, haciéndonos comprender cuán vulnerables y frágiles somos, y de a poquito, sensibilizándonos, haciéndonos más conscientes de las grandes necesidades, dolores y carencias por las que atraviesa actualmente el país.

Entre contagiados, entierros clandestinos, un sacerdote maya asesinado y la noticia vespertina de los muchísimos nuevos casos de infectados y difuntos, nos sorprenden las primeras imágenes, en colores neón, de la celebración de los cien días de cuarentena de un montón de jóvenes.

El sabor salobre va del paladar y regurgita en mi garganta. Uno de esos males estomacales que provocan indignación por quienes descaradamente infringen la ley y las restricciones, y los de aquellos padres o tutores que supuestamente los avalaron.

Produce indignación las imágenes de patojitos irresponsables amontonados para la foto o la selfie, tomando biberones de boquilla verde, repletos con bebida de licor: “hasta empinarse la pacha”, pues.

Indignación por lo superfluo y banal; por la falta de empatía a los tiempos que vivimos y sobre todo a gente que sufre.

Jóvenes para quienes es sagrado el licor, lo que dicta una buena foto que atestigue el momento subida a las redes. Pero que fomentan la hipocresía: “callados porque afuera está la Policía” y delación, porque del mismo grupo se dio el chille.

Me siento indignada por este tipo de eventos, fuera de ley, en tiempos de restricciones sociales y toque de queda, por desalmados y peligrosos a nivel sanitario.

Le queda ahora a las autoridades actuar como corresponda y un mea culpa de parte de los organizadores, padres, si es que avalaron la juerga, y especialmente de los cachorros, con ánimo firme de su parte por redimir la ofensa ciudadana. No con dinero, por supuesto, si no con trabajo voluntario, de ese que tanta falta hace ahora en Guatemala.