Miércoles 30 DE Septiembre DE 2020
La Columna

Una enfermedad mental social

Follarismos.

Fecha de publicación: 06-06-20
Por: Raúl de la Horra

Hay muchas enfermedades mental-sociales (es decir, creencias, actitudes y comportamientos caracterizados por un pensamiento único, obsesivo e inflexible aprendido en la vida social) que vuelan como pajarracos o bacterias o virus en los diferentes espacios y que al anidar en la cabeza de alguien que carece de defensas, ponen allí sus huevitos que, al crecer, producirán más pajarracos (es decir, creencias y comportamientos) los que colonizarán otros cerebros hasta crear así colonias enteras de auténticos zombis que no saben que lo son.

Los zombis son seres humanos de apariencia normal pero de pensamiento único y sin flexibilidad, incapaces de ser analíticos, creativos y críticos, sin habilidad de introspección y de sentido del humor, con pocas circunvoluciones cerebrales, inclinados a resolver a martillazos cualquier contradicción o malestar que incomode sus obsesiones. Parte importante de las diferentes enfermedades o virus mentales que anidan en la mente de los zombis son, por ejemplo, las diversas dependencias tóxicas y amorosas que existen, las dependencias a las drogas, a los juegos de azar, al sexo, a la religión, al trabajo, al éxito, al poder, al dinero y ‘last but not least’, la nefasta dependencia a la convicción –que forma parte de la enfermedad consistente en no aceptar aquello que es diferente a uno mismo– de que hay razas superiores e inferiores. Esta última obsesión ha parasitado muchas cabecitas en el mundo.

Quizás uno de los países donde esta enfermedad está más extendida y no ha podido ser erradicada, a pesar de que han pasado más de sesenta años desde que se anuló oficial o legalmente el sistema de Apartheid que allí imperaba, es en Estados Unidos. Y nos topamos hoy, a los veinte años de haber entrado en el siglo veintiuno, con que los cromosomas y genes mentales del racismo de entonces persisten todavía por tonelada métrica entre zombis enfermos por la obsesión del trabajo y el triunfo, de las drogas y la religión, enfermos, al final de cuentas, por la enfermedad dominante en el mundo: el capitalismo. Todas esas enfermedades se aglutinan en ese pueblote ignorante y pretencioso que se considera el centro del planeta, como antiguamente se pensaba que la Tierra era el centro del Universo.

El año 2020 es un año de crisis y de revelaciones. La pandemia del coronavirus ha revelado la terrible fragilidad de la vida humana y ha hecho temblar los cimientos sobre los que se asientan nuestros sistemas sociales y económicos. Lo que aún no está claro es si temblarán nuestras creencias y convicciones vinculadas a nuestra “zumbiedad” o visión unidimensional de la existencia. Al parecer, hay como chispas de esperanza, chispas de un despertar que quisiera convertirse en un incendio moral para que –al menos en el mundo occidental– entendamos que nuestra manera de vivir y de representarnos la vida no es la única posible, ni tampoco la más rica y adecuada. En el plano político, esperaríamos cambios importantes que se traduzcan en transformaciones en el sistema económico dominante y cambios en el ordenamiento social. Las protestas que se alumbraron en Chile, en Francia a finales del año pasado y a inicios de este, y las actuales en Estados Unidos, y muy pronto en Brasil y en otros países, probablemente anuncian un intento de terapia, de cura mental-social, e insinúan que no todo está perdido, que hay esperanza, que aún es posible tocar las utopías con la mano.