Lunes 1 DE Junio DE 2020
La Columna

La experiencia enjaulada

Follarismos.

Fecha de publicación: 23-05-20
Por: Raúl de la Horra

La palabra es el vestido o la ropa de la experiencia. Y si ésta –en particular cuando se trata de una experiencia negativa o traumática– no es nombrada y permanece desnuda y solitaria en el alma de la persona, si no llega a ser compartida y reconocida, entonces toda esa fuerza concentrada, toda esa energía hecha de átomos y moléculas prisioneras en el sufrimiento del que lo vive, se petrifica en la memoria, en el corazón y en el estómago, y se convierte en piedra o en desvarío. “Tengo piedra”, dicen en Colombia cuando algo te duele o te afecta y no logras sacarlo. Solo hasta que hablas de lo sucedido, hasta que empiezas a reconstruirlo a través de las palabras que van tejiendo un puente hacia la otra persona que te escucha o te lee, y en la que depositas simbólicamente tu sufrimiento y tu incertidumbre, es que se puede hablar de objetivación, o sea, de  convertir en objeto externo aquello que permanecía hasta hace poco al interior, a partir de lo cual es mucho más fácil tomar distancia emocional de los hechos para construir una maqueta o un mapa simbólico externo, es decir, una narrativa, una conciencia, que te permite convertirte en sujeto de tu propia experiencia y de tu propia historia, y dejar de ser un objeto o una simple víctima de las circunstancias.

Esto es, en pocas palabras, lo que constituye una psicoterapia a través de la palabra. Viene al caso, porque tengo un amigo médico joven, voluntarioso y bien preparado, que tiene a su cargo una unidad de pacientes del coronavirus en uno de los hospitales nacionales. Mi amigo está a punto de quemar fusibles, es decir, lo que en términos psicológicos y técnicos se llama “burn-out”, que antes se denominaba “surménage” y que consiste en una despersonalización progresiva de la identidad con pérdida de las capacidades cognitivas, hasta caer en una depresión profunda, todo ello producto de un estrés crónico exagerado. Mi amigo atiende, diariamente, un promedio de cuarenta a cincuenta pacientes, habla con ellos, los reconforta, intenta tratarlos como seres humanos y realiza obligatoriamente turnos de veinticuatro horas cada tres días, que no le son remunerados como horas extras. No tiene más que un día a la semana de descanso y actualmente no puede dormir en las noches, así que toma somníferos para conciliar el sueño y ansiolíticos para evitar la ansiedad. Está a punto del colapso y se siente profundamente, sideralmente, absurdamente, solo. Le pregunto: ¿Ustedes se reúnen en equipo alguna vez, tú puedes hablar con tus colegas, con tus jefes, hay comprensión de parte de ellos, existe algún tipo de mecanismo para sacar el vapor acumulado? Se ríe. No hay nada de eso, no hay ningún tipo de intercambio. ¿En dónde putas creés que estamos?, dice. Solo hay silencio e incertidumbre. Cuando él sale del infierno, lo único que desea es irse a casa y olvidarse del mundo. Pero no puede.

Y esta es la situación que vive actualmente el escaso personal médico, de enfermería, de limpieza y otros –todos mal pagados– en los hospitales nacionales, además del peligro de contagio y la precariedad de insumos, al extremo de que ha habido situaciones en las que no había jabón para desinfectarse, cada quien tenía que llevar el suyo. En países menos troglodíticos que el nuestro, existen una vez por semana o cada quince días reuniones de “debriefing” o supervisión institucional y terapéutica donde durante hora y media o dos, –tiempo remunerado–, tanto el personal médico, administrativo y enfermeras, como el personal de limpieza, hablan de las experiencias de la semana, de las dificultades, de los miedos, de las historias, simplemente para reconocerse como humanos, para escucharse y entre-ayudarse. Pero en nuestra linda y querida Guatemala, la consigna predominante aprendida es que cada quien vea cómo se las arregla y cómo se las apaña. De modo que aquí no se habla, no se protesta y no se saca uno la piedra. Porque si lo intentas, de seguro eres loco o comunista.

Nota: Siento mucho y pido disculpas por haber publicado la semana pasada una noticia falsa o bulo acerca del coronavirus. Cuando me enteré de ello, ya la columna había sido impresa.