Lunes 1 DE Junio DE 2020
La Columna

Las voces de la lluvia

SOBREMESA

Fecha de publicación: 18-05-20
Por: María Elena Schlesinger

El tiempo corría despacio entonces, durante la primera infancia, sin aprietos de horarios y exigencias académicas, con espacios para las historias de espantos y lelos; escondites secretos debajo del tejado, como gatos acurrucados y miedosos y para la imaginación: sábanas enormes y limpias colgadas del tendedero, volando por el cielo gracias a las larguísimas cañas, como gigantonas de pueblo bailando al ritmo del viento.

Fueron tiempos felices al lado de mi madre. Cinco años completitos y hasta con ganancia de meses, sin horarios apretados y exigentes como el de las aulas, con temas desabridos e impersonales, los que enriquecieron y formaron mi conciencia con palabras, gestos, vivencias, humores, olores y colores luminosos

Con las lluvias de mayo, vienen de nuevo sus palabras y términos propios de esta época de paraguas y capas de hule. Decir, por ejemplo, aguacero cuando llueve muchísimo y que llueve “a cántaros” cuando la lluvia es copiosa y fuerte. Un temporal es cuando llueve sin parar y por muchos días, como los temporales que inundaban cada invierno la Ciudad de Guatemala a principios del siglo XX y en las calles empedradas se formaban grandes “avenidas” de agua y era necesario construir puentecitos de madera para pasar de banqueta a banqueta, como en la calle de Los Tres Puentes, abajo de la iglesia San Francisco.

Cuando llegaba mayo, ella me preguntaba si habíamos visto en el cielo el paso furtivo y minúsculo de los azacuanes, esas aves migratorias feísimas de ojos grandes como cincos que vuelan en tránsito por el cielo patrio buscando los parajes cálidos y verdosos. “Los azacuanes traen la lluvia en mayo”, me decía, “y cuando vuelan de regreso, huyendo de los fríos del Norte, a finales de septiembre,  se llevan las aguas de la lluvia.

Sabía a ciencia cierta cuándo era el tiempo de canícula o de ese veranito festivo que celebramos con júbilo a mitad de las lluvias, “porque ya no es posible que llueva más”, decía, mirando el tejado de la casa del centro cubierto por una espesa vegetación de musgos verdes y felposos debido al exceso de humedad. En aquellos días aprendí también que la Luna anaranjada significaba calor al día siguiente y que el Norte cubierto de nubarrones grises es presagio de frío.

Con las primeras lluvias de la temporada, nos contaba la historia de don Inocente Nolasco, su maestro de botánica y cálculo. A don Inocente lo imaginaba impecablemente trajeado de negro y con un sombrero de copa redonda, recorriendo calles y avenidas con su inmenso paraguas aludo negro. Don Inocente era un hombre ordenado y práctico y olía siempre a Agua de Violetas de Sierra. Siempre pulcro y reservado en sus costumbres, subía diariamente a darle lecciones de botánica, aritmética y redacción a su grupo de pupilas. Era tan metódico y ordenado, que cada 15 de mayo sacaba su paraguas del armario, lloviera o no, porque según el Calendario de Sánchez y de Deguise, en esta fecha iniciaba el inverno en Guatemala. De igual forma, el 15 de octubre, Don Inocente guardaba su paraguas, aunque estuviera lloviendo a cántaros porque para entonces estaba escrito que en Guatemala ya no llovería más.

En la Guatemala de antes, el tiempo se presagiaba observando las rutinas del cielo, sus vientos y la forma de las nubes. Con el trino de sus pájaros y el murmullo de los insectos. “No se preocupen, este calor infernal está por terminar”, me decía, mientras nos columpiábamos en las mecedoras del corredor tratándonos de refrescar con las brisas de la tarde. Los pájaros han comenzado a llamar el agua”. Aquella noche de calor intenso, una lluvia generosa refrescó el ambiente, llevándose el calor, el polvo y a los ronrones, haciendo que toda la casa oliera a teja mojada.