Lunes 1 DE Junio DE 2020
La Columna

El papel de la belleza

Lado B.

Fecha de publicación: 12-05-20
Por: Luis Aceituno

Una imagen que se repite en mi cabeza, luego de leer ‘El papel de la belleza’, la antología poética de Luis de Lión: un niño con una carga de leña sobre las espaldas que camina la ruta, aún sin asfaltar, que lleva de La Antigua Guatemala a las faldas del volcán de Agua. El poeta siempre buscó en todos sus escritos a ese infante. Una visión bucólica que, por un lado, lo remitía a un paraíso perdido para siempre y por el otro, lo llevaba a tomar conciencia de una tremenda injusticia. Son los dos polos que marcan su poesía, lo íntimo y lo social, ambos atravesados por una ternura y una tristeza infinitas. Luis, según testimonio de su hijo Ixbalanqué, fue durante su infancia en San Juan del Obispo el mejor jugador de trompo del mundo, también era bueno para los cincos y para las chamuscas de fútbol, jugadas en el mismo campo en donde un día él y sus amigos descubrieron la puerta del cielo. Era pobre, indígena, campesino, ayudaba a sus padres a cargar leña o fruta, pero además, era dueño de una imaginación desbordante que lo ayudaba a transmutar su entorno en el lugar de todos los asombros.

San Juan del Obispo era el “milperío” que rodeaba el primer palacio arzobispal de Guatemala, construido en 1668 por el prelado Francisco Marroquín. Una edificación a todas luces monumental cuya vista dominada la ciudad de Santiago de los Caballeros, y que luego de inundaciones y terremotos, se convirtió durante años, hasta mediados del siglo XX, en cobijo de gallinas, chuchos y cerdos; las ruinas donde los niños del pueblo cazaban lagartijas con sus hondas. Este contraste casi medieval marcaría a Luis de Lión en lo más profundo. Es el germen de su ejercicio literario y político. Testimonio vivo de lo contradictorio que puede ser la belleza. Es el espacio también en donde el poeta reúne todo aquello por lo que vale la pena estar en el mundo y es significativo que haya sido el lugar en donde fue a enterrar sus manuscritos y sus libros cuando cateaban su casa y la Policía Judicial le pisaba los talones por pertenecer al partido comunista.

‘El papel de la belleza’, publicado la semana pasada por la editorial Del Pensativo, es una de las contribuciones más importantes que se han hecho en los últimos años al ‘corpus’ de la literatura guatemalteca. Nos permite descubrir el lado más entrañable de uno de los más importantes escritores nacionales del siglo XX. Una producción repleta de esperanza y de futuro, de una devoción profunda por los suyos, por su tierra y todo lo que la habita, y de un respeto absoluto por la poesía. En este sentido, Luis escribió, es cierto, mucho trabajo por encargo, de compromiso con los seres humanos más desfavorecidos, de noble servicio a una causa en la que creía y por la que entregó su vida. Siempre dignificó, sin embargo, al poeta sobre el militante, aún sus panfletos más aguerridos contra el régimen, están atravesados por una inmensa carga lírica que los convierte en proclamas de amor por hombres y mujeres que se afanaban por construir una sociedad más justa, más libre, más buena para todos.