Lunes 1 DE Junio DE 2020
La Columna

Feliz día, mamá

SOBREMESA

Fecha de publicación: 11-05-20
Por: María Elena Schlesinger

Los actos a la madre comenzaban a eso de las 10, después de la Santa Misa, la comunión obligada y el rosario viviente. Una tarima de madera destartalada servía de escenario, la pared al fondo decorada con corazones rojos, flores de papel en colores chiltotes y un “feliz día, mamita linda” en letrotas azules.

El recinto era el estacionamiento de autobuses, regado de pino, decorado con vejigas y cadenas de papel crepé, en donde habían acomodado más de cien sillas plegables con letrerito en el respaldo de “Alquileres el Recreo, S. A.”, donde las dichosas madrecitas esperaban sentadas a que les celebráramos
su día.

Los actos iniciaban con la entrada del pabellón nacional y la bandera del colegio. Luego venía la entonación del himno con música de fondo de un disquito negro de 45 revoluciones, grabado por la sinfónica nacional, el cual repetía rayado varias veces la frase “más que el cóndor, más que el cóndor, más que el cóndor”, por lo cual el encargado de la música debía de estar chispudo para mover inmediatamente la aguja al siguiente surco.

Después del himno venía el llamado de atención hecho por el maestro de ceremonias: la niña más popular del colegio, envidiada ese día porque casi todas deseaban ser maestra de ceremonias y hablar por el micrófono.

La niña impecablemente vestida y calzada con charoles, creyéndose la divina garza ordenaba con voz suave “saludo a la bandera, uno”, y todo el público obedecía llevándose la mano a la altura del corazón. Ya, para entonces, algunas de las mamás comenzaban a sacar discretamente el pañuelo, los kleenex o el pedacito de papel toilet para enjuagarse las lágrimas, para cuando se anunciaba el primer número del repertorio: “Abrimos nuestro querido homenaje a la madre con la actuación de los alumnos de kinder, las lindas muñequitas que declamarán el poema: Un ángel eres tú”.

Venían las fotos, los aplausos y las lágrimas de las mamás y abuelitas, mientras que las pequeñas maquilladas con chapas rojas en los cachetes y pestañotas negras permanecían inmóviles del susto, como micos electrizados en la tarima sin poder disparar palabra. Se escuchaban carreritas detrás del escenario y el coro de maestras soplando los versitos de “mamita me ha dicho que Dios me mandó en esa canasta que aquí tengo yo”, al tiempo que la mayoría de las niñas lloraban a moco tendido, con el maquillaje chorreado por la cara.

El acto del día de la madre duraba más de cuatro horas, y por el tablado del escenario improvisado pasaba de todo: balletistas con fru-frú rosado y morado de la academia de Coralia Penedo. El coro a tres voces de las niñas de tercero, vestidas de gato. La actuación de los alegres payasitos de preparatoria; las sevillanas con el clavel rojo en el pelo. La dramatización de tío coyote, con su cola quemada, y la niña cantante con moñota rosada en el pelo y la estrella del colegio porque había participado en el programa del sábado del Profesor T.V.

El día terminaba con la entrega del regalo del Día de la Madre hecho en clase de costura, empacado en celofán amarillo o azul: un mantelito con orillita hecha en crochet, terminado precisamente por mamá la noche anterior, o el cuadro del pato hecho con frijolitos y semillas de colores o la panera decorada con uvas. Mamá regresaba cansada, pero contenta, creo, con sus regalos empacados por ella la noche antes, sintiéndose más querida que nunca. Y nosotros, alegando por el calor, por el disfraz de negrito cucurumbé, pegajosos y más chorreados que nunca, pues después de los actos, mamá nos llevaba a los Helados Arnold, pasadita La Torre, a comer una cornucopia con dos bolas de helado, una de vainilla y otra de chocolate.

mariaelenaschlesinger@gmail.com