Lunes 1 DE Junio DE 2020
La Columna

Superpoderes

Follarismos.

Fecha de publicación: 09-05-20
Por: Raúl de la Horra

Con esto de la pandemia famosa, estoy descubriendo que las mujeres tienen superpoderes, o cuando menos, están mucho mejor dotadas que los hombres para la sobrevivencia.

Hacía ya añísimos que no me veía en la necesidad de ocuparme de la cantidad interminable de labores domésticas que lo esperan a uno en casa, es decir: barrer, trapear, lavar ropa, planchar, hacer la lista de lo que hay que comprar para la semana, ponerse a cocinar, lavar los trastos, hacer la cama, quitar el polvo, ordenar, responder llamadas de teléfono, atender a los que llaman a la puerta, y eso que vivo solo, solamente acompañado de un gato que no requiere mayores cuidados, me pregunto entonces cómo hacen las “amas de casa” cuando tienen que ocuparse de varios inquilinos como serían el esposo y dos hijos por lo menos, y sin la ayuda de una empleada.

En mis pasadas vidas, siempre compartí las tareas de casa con la compañera con la que vivía, así que no era complicado. Si yo cocinaba, ella hacía la vajilla. O al revés. Igual con la lavada y planchada de ropa, y con la limpieza. Por turnos. Repartición de tareas. Sin embargo, con este calvario que nos está tocando ahora a los viejos solterones como yo, la verdad es que no sé cómo los demás lobos solitarios logran salir del paso, pero a veces siento que me estoy volviendo loco. Ni tiempo para leer me queda, y cuando puedo arrancar algunos minutos para mí, me pongo a ver televisión y me quedo “cuajado” como una morsa.

Antes de la epidemia venía una señora desde Amatitlán, Doña Genoveva, dos veces por semana, para hacer limpieza y cocinar, lo que era una ayuda –como se decía antiguamente–, “inestimable”. Además, yo solía almorzar afuera, cerca de la oficina, así que al volver en la noche, prácticamente no tenía nada pendiente. Ahora, no solo no puedo salir a ninguna hora por esto de la cuarentena, sino que encima tengo que realizar un sinfín de tareas, y es entonces cuando me acuerdo de mi madre y de su capacidad de trabajo, y me acuerdo de todas las mujeres solas que he conocido en esta vida, que eran y son auténticas heroínas espartanas que logran soportar a un marido huevón que lo único que hace es rascarse el ombligo sentado en un sofá tomando cerveza al volver del trabajo, incapaz de colaborar o de cocinar ni siquiera un par de huevos, además de tener que soportar a los “nenes” consentidos, absolutamente nulos hasta para levantar un calcetín, porque la “muchacha” o “mami” lo hace todo en su lugar.

Claro que esta esclavitud de las super-espartanas ha sido en gran medida aceptado por ellas e impuesto  por una cultura y una sociedad absolutamente machista que subsiste, casi sin darnos cuenta, bajo el modelo patriarcal de las familias terratenientes de antes, donde “el señor” llegaba polvoriento a caballo, se le ayudaba a quitarse las botas, se le entregaban las zapatillas, encendía la pipa y leía el periódico un rato, para dirigirse luego, refunfuñando, hasta la gran sala del comedor, donde lo aguardaba una lista de platos humeantes, además de una escalera de hijos con cachetes color manzana muy quietecitos que lo observaban sin chistar esperando la señal para empezar a comer, mientras la señora de la casa, ejerciendo sus dotes de bruja, daba los últimos toques para que una vez más, tanto los dioses del mundo como los demonios, estuvieran en equilibrio, un equilibrio falso, pero aceptable.